Contadme si esta historia la habéis escuchado antes: el gobierno de (inserte nombre de presidente de algún sitio aquí) postpone la aprobación/tramitación/presentación de (inserte medida polémica) hasta después de las elecciones (gentilicio al azar).

Es decir, la vieja maniobra política, mil veces repetida, de un político retrasando alguna decisión porque cree que puede ser dañina para su partido en unos comicios que se van a celebrar a corto plazo.

Por supuesto esta es una historia conocida, porque es algo que todos los presidentes del gobierno han hecho alguna vez durante su mandato. Es algo que además parece estar sucediendo cada vez más a menudo, según los calendarios electorales de las comunidades autónomas van divergiendo del tradicional ciclo de cuatro años de las regiones de régimen común.

Dirigir un país es una tarea difícil, y no es del todo mala idea que los jefes del ejecutivo en España sean cautelosos. Tampoco está del todo mal que los políticos prefieran hacer cosas populares a tomar medidas que no lo son; en general soy de la creencia que la mayoría de las buenas ideas en política son populares. Pero la combinación, en tiempos recientes, de gobernantes un tanto pasivos o demasiado preocupados por las encuestas y un goteo constante de convocatorias electorales han acabado por dejar a España en un limbo de decisiones aplazadas un poco demasiado a menudo.

Desde el 2019, en España hemos tenido estas pausas para esperar a que alguien vote nueve veces; dos elecciones generales (donde el parón legislativo está al menos justificado), unas europeas, unas valencianas, autonómicas de régimen común, gallegas y vascas (estas el mismo día), madrileñas, y municipales. Los dos últimos años no es que hayan sido precisamente demasiado tranquilos, así que un gobierno enérgico y con ganas de tomar decisiones quizás hubiera sido necesario en algún momento. Pero un para un Ejecutivo tan obsesionado con mirar sondeos e inseguro de sí mismo como el de Pedro Sánchez, lo de esperar a que pase la siguiente votación tampoco es que le vaya mal del todo.

En Estados Unidos, la cosa es aún más cargante porque la Cámara de Representantes se renueva cada dos años, dejando ventanas muy estrechas para gobernar

No nos engañemos: esta disfunción política no es única a España. Los alemanes llevan años lamentándose de que el ciclo de elecciones en los Lander (y allí no hay régimen común, cada región vota cuando le apetece) hace que la política federal sea un arrancar y frenar constante. En Estados Unidos, la cosa es aún más cargante porque la Cámara de Representantes se renueva cada dos años, dejando ventanas muy estrechas para gobernar.

Lo frustrante de todo este asunto, por desgracia, es que no tiene una solución fácil. Forzar a las comunidades autónomas a esperar su turno y votar cada cuatro años como sucede en los ayuntamientos es tentador, pero dista mucho de ser práctico. Las comunidades manejan directa o indirectamente la mitad del gasto público en España, así que dejar a una sin un gobierno efectivo durante varios años porque el partido gobernante se ha peleado con sus socios no ayuda demasiado a mejorar la gestión. Las comunidades históricas y forales, además, dudo mucho que acepten que les retiren uno de sus juguetes favoritos, especialmente los catalanes, que cada vez que votan (otra vez) todo el país se detiene para ver el espectáculo.

Una decisión valiente

Siempre podemos ser más exigentes con los presidentes del gobierno y pedirles que presten menos atención al calendario electoral para tomar decisiones. Es hora de ser valientes, etcétera, etcétera, y si creen que las medidas son buenas y necesarias para el país, las saquen adelante lo antes posible, porque saben que la prosperidad resultante les ayudará a ganar elecciones, etcétera. También podemos recordar ese viejo chiste de la serie “Sí, ministro” en las que un funcionario le explica a otro que la mejor forma de hacer que un político no tome una decisión es describirla como “valiente”, porque esas son la clase de ideas que te hacen perder elecciones.

Los políticos son cautelosos, y no es del todo malo que sean así, ya que a menudo es preferible la inacción a la estupidez. Pero hay días en que no está de más recordarles que las elecciones del 2023 no se ganan con los titulares de prensa del 2021, sino con los efectos de las medidas de política económica y social que uno tomó este año. La receta para ganar elecciones no es complacer a las páginas de opinión de este augusto periódico hoy, sino en ofrecer resultados concretos y tangibles de aquí al final del mandato. El horizonte temporal de los votantes es, con muy pocas excepciones, los seis meses anteriores al día de la votación; todo lo que haya sucedido antes está casi olvidado.

Los votantes son como los perros, que pueden oler el miedo. Si un dirigente parece temer su propio programa, es difícil que lleguen a confiar en él

Sí, eso deja al pobre tipo de tu partido que se presenta a unas elecciones catalanes, vascas, madrileñas o lo que toque fuera de ciclo teniendo que responder preguntas incómodas, pero los votantes no es que sean idiotas. De nada le sirvió a Gabilondo que el Gobierno central aplazara todos varios meses para protegerle, que se llevó una paliza igual. Si un político parece desconfiar de los efectos de una sus propuestas como para ocultarla unos meses, el electorado asumirá que esa propuesta es horrible y terrible, te penalizarán de todos modos. Los votantes son como los perros, que pueden oler el miedo. Si un dirigente parece temer su propio programa, es difícil que lleguen a confiar en él.

Puede parecer una obviedad, pero vale la pena repetirla: la mejor manera de ganar elecciones es gobernar bien. Menos miedo, menos huir de tu propia sombra, menos sondeos, y más intentar arreglar problemas de una vez.