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Miquel Giménez

Opinión

En días de tribulación

El nuevo arzobispo de Tarragona, Joan Planellas.
El nuevo arzobispo de Tarragona, Joan Planellas. Europa Press

“Suelen los pueblos católicos ayudarse mutuamente en días de tribulación”. Así empezaba la carta de los obispos españoles que daba apoyo a Franco. El nombramiento del nuevo Arzobispo de Tarragona nos permite evocar el papel de la jerarquía católica en nuestra tierra en días de tribulación. Como ahora.

Su Excelencia Reverendísima Don Joan Planellas ya ocupa la vacante dejada por su predecesor al frente del arzobispado tarraconense. Poca mudanza es, puesto que si el saliente, era partidario de la estelada, más lo es el entrante. Uno se pregunta en qué sutil forma habrá iluminado el Espíritu Santo al Papa Bergoglio para designar a este hombre. Recordemos, por ejemplo, su agria polémica con la esposa de Albert Boadella, Dolors Caminal, a propósito de las esteladas que colgaban de su iglesia, así como del repicar de campanas con motivo de actos separatistas. El ahora arzobispo se despachó con una seca respuesta “La estelada se puso porque el pueblo lo pidió, y yo no puedo ir contra el pueblo. Que se pongan la bandera española en su casa, si quieren”.

Sus sermones, cargados de odio a España, su indiferencia hacia la terrible situación que padecían los Boadella, sometidos a todo tipo de humillaciones, asaltos y escraches, su actuación como decano de la Facultad de Teología, harían pensar que no es persona de diálogo. Como si Sánchez nombrase a Toni Albá Delegado del Gobierno, cosa que, al paso que vamos, tampoco es descartable.

¿Sutil maniobra? ¿Una estrategia tan diabólicamente inteligente que no sabemos dilucidar el común de los mortales? A juicio de este pobre pecado, no. La Silla de San Pedro está ocupada por un personaje contradictorio, que igual se opone con dureza a los escándalos por pederastia – en la diócesis de Tarragona fue uno de los asuntos que más castigó al predecesor de Planellas – que afirma no querer visitar España hasta que no esté en paz. Esa ambigüedad tan vaticana, tan propia de una Iglesia con más de dos mil años de experiencia en diplomacia, no debería sorprendernos. En Cataluña los separatistas están convencidos de que su causa, más pronto que tarde, ha de imponerse de una forma u otra. La jerarquía católica catalana no es una excepción. Si el gobierno central ha sido terriblemente cobarde con los políticos separatistas, la Conferencia Episcopal ha actuado de la misma forma. Nadie, ni gobierno ni obispos, han tenido en cuenta a los catalanes que no comparten la fe del lazo amarillo.

Que en España exista una parte de la jerarquía católica alineada con la extrema derecha y otra con el separatismo es una paradoja que no se compadece con el mensaje de Jesús

Abandonados, pues, los católicos constitucionalistas catalanes sufren una doble decepción. La misma que padecieron los católicos de la República, perseguidos por sus compañeros y anatematizados por sus enemigos. Personas católicas como el general Vicente Rojo o el general Escobar, al que he citado en otras ocasiones, sufrían un íntimo y terrible dolor.

Bergoglio ha conseguido con este nombramiento que muchos creyentes hayan decidido no marcar la X en la casilla de la iglesia. Todo esto causa tristeza y rabia. Que en España exista una parte de la jerarquía católica alineada con la extrema derecha y otra con el separatismo es una paradoja que no se compadece con el mensaje de Jesús, que nos consideraba a todos Hijos de Dios.

Pero en política vaticana se trata de no perder comba, ser el perejil de todas las ensaladas y ponerle, ay, una vela a Dios y otra al Diablo. Son las altas esferas purpuradas, con ambientes selectos empapados de fragante olor a Vini di Meditazione – pongamos un Brunello di Montalcino - y tabaco cubano; políticas dignas de aquella Ruta de las Ratas que permitió a miles y miles de dirigentes nazis escapar a Sudamérica de su justo castigo, mientras los sacerdotes alemanes sobrevivientes empezaban a salir tambaleantes y con cicatrices en el alma de los campos de concentración. Nada que no sea habitual en la Secretaría de Estado. Sutileza, nada de precipitaciones.

No es esa la fe ingenua, pura y cargada de emoción de los niños que íbamos a recibir la Eucaristía por primera vez hace muchísimos años. Nadie nos habló de la política vaticana gestada en despachos opulentos. No sabíamos que, algún día, un Santo Padre iba a poner al frente de nuestra congregación a alguien que distingue entre catalanes y españoles. Por eso, el otro día dije en una red social que, salvando honrosas excepciones, hablo poco con curas. Pudiendo hacerlo directamente con Dios, me sobran encargados e intermediarios. Sí, son días de tribulación.

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