Hubo reinos que desaparecieron por no tener poetas que los cantasen y verdades que murieron de inanición por no alimentarlas nadie. En estos tiempos donde la mentira se perpetra para aniquilar la esencia del ser humano y se imponen cerrojos a la libertad de pensamiento es una cuestión de supervivencia decir lo que sucede. El silencio bordea la traición, escribió en su última morada, un húmedo calabozo de la Gestapo, el político y poeta Albrecht Haushoffer. No quisiéramos incurrir en ese delito y por eso debemos proclamarlo: como sociedad, deberíamos avergonzarnos. En medio de tanta autosuficiencia, de tanta cortina de humo, de tanto vacío espiritual, debemos sentir vergüenza como españoles, como europeos, como hijos de la cultura occidental. Hemos permitido por pereza, por indigencia intelectual o, mucho peor, porque nos parecía bien que todo el mundo tuviese derecho a decir su opinión que la toxina del odio se apodere de calles y hogares. No es cierto que ser demócrata consista en respetar todos los puntos de vista, porque nadie puede respetar a un asesino o a un tirano.

Pero so capa de ese progresismo admitimos que en la sede de la soberanía nacional se sienten quienes nos han masacrado durante décadas, quienes están vendiendo a su patria a diario, quienes comercian con ideologías que solo buscan el mercadeo interesado o, mucho peor aunque no lo parezca, los que pretenden sustituir toda una civilización milenaria por un carnaval horrendo de máscaras ridículas, sectarias y pornógrafas. Es para avergonzarse como pueblo. Pero también como individuos, que no se le olvide a nadie, puesto que todos somos responsables de lo que sucede en nuestro país. Fenecieron los tiempos en que podíamos cargar las culpas al otro. Demasiada comodidad, y esta es una época nada confortable si se quiere uno mirar al espejo a diario sin sentir nauseas.

Todos somos cómplices de lo que sucede porque una sola persona puede marcar la diferencia si se lo propone. Ese es el primer tótem que intentan abatir los que desde la oscuridad dirigen el mundo, el individuo

Cuando el Gobierno arremete contra el poder judicial o contra la unidad de España somos todos quienes, por activa o por pasiva, estamos a su lado. Todos somos cómplices de lo que sucede porque una sola persona puede marcar la diferencia si se lo propone. Ese es el primer tótem que intentan abatir los que desde la oscuridad dirigen el mundo, el individuo. Todo ha de ser colectivo, todo ha de convertirse en masa, en grupos difuminados, desdibujados, todo ha de ser gris y nunca ni blanco ni negro.

Pero es el individuo, la persona, quien logra alcanzar los retos imposibles, los esfuerzos más grandes, los horizontes aparentemente inalcanzables. Y la suma de esos individuos es, por lógica, la nación. No al revés, que nadie se equivoque. Nosotros somos quienes damos sentido y orientación al destino nacional, y mal asunto cuando las cosas suceden en sentido contrario y es esa falsa nación mal representada en las cámaras la que nos dice a las personas cómo debemos ser, qué debemos pensar o que está bien y que está mal. Aceptar formar parte de esa masa es vivir condenado a la derrota y, por tanto, una vergüenza. En este momento crítico de nuestra historia debemos reivindicar al individuo como centro de todo, el eje sobre el que articular la sociedad, entendiendo al individuo como máxima expresión del potencial intelectual y espiritual. Si hablamos de humanismo es justamente por eso, por el ser humano, por girar alrededor de cada mente todo lo que de mejor y bueno podemos dar de nosotros. Y  para los creyentes, por encima de todo, Dios.

Gritemos ante el oculto titiritero que somos seres libres y aspiramos a seguir manteniendo nuestra total libertad como individuos y como nación

Huyamos del número que pretenden grabarnos en el cuello los devotos partidarios del horrendo pesebre falsamente progresista y gritemos ante el oculto titiritero que somos seres libres y aspiramos a seguir manteniendo nuestra total libertad como individuos y como nación. Si no somos capaces de hacerlo, mejor será que convoquemos un día de la vergüenza y aceptemos que esta civilización ha llegado a su fin.