No hay por donde cogerlo. Aragonés se pasó toda la rueda de prensa insistiendo en la cantinela de siempre. Que si amnistía para los que están fuera – exiliados, les llama él -, que si referéndum de autodeterminación, que si fin de la represión. Un repertorio clásico con un acento, si ustedes quieren, más suave, pero uno no sabe cuando el separatismo es más peligroso, si cuando va de bonico o cuando sale en plan chulesco. Porque el fondo del asunto es el mismo. Aragonés insiste en que en Cataluña la mayoría está por perdonar a todos los que el Tribunal de Cuentas acusa, hacer volver a Puigdemont y demás comparsas limpios de polvo y paja y convocar ese referéndum que sabe que no se puede celebrar sin saltarse la ley. Curiosamente, al ser preguntado por uno de los periodistas sobre cómo podía hacerse eso, respondió enigmáticamente que le correspondía al Gobierno de España encontrar los mecanismos. Eso sí, mucho Consejo de Europa. Que si había un mandato –pesadísimos con los mandatos, oigan-, que España debía cumplirlo, que si tal y que si cual. Pura demagogia porque tanto el presidentín como todo quisqui sabe que ese informe del Consejo ni es vinculante ni se fundamenta más que en lo que le han susurrado al oído de un parlamentario letón, un tal Boris Cilevics, los de Ómnium Cultural, el Síndic de Greuges catalán, Rafel Ribó, y Amnistía Internacional. Todos muy ecuánimes e imparciales.

A eso se agarra como a un clavo ardiente el separatismo. Eso, y que no tienen voluntad de moverse ni un milímetro de su posición. En la rueda de prensa –todas las preguntas en catalán salvo cuatro en castellano, y una de ellas pidiendo disculpas por emplearlo– se le dijo que ir a negociar con un ultimátum no era de recibo. Fue la única pregunta con punch en medio de un océano de dulzura periodística, lo que demuestra hasta qué punto se ha degradado la profesión en mi tierra. Respondió que él iba a dialogar pero no pensaba renunciar a sus ideas. Hala.

Lo que sí sabemos es que Sánchez ha puesto mucho dinero encima de la mesa y muchas inversiones: desde el apoyo a la candidatura de los JJOO de invierno en Cataluña a la ampliación del aeropuerto de El Prat, pasando por la inversión en Cercanías

Uno podría deducir que a Sánchez le cayó un chorreo del quince, que Aragonés había ido a reclamar los fondos europeos, más inversiones y esa consulta ilegal. Pero cuando finalizó la comparecencia, en Moncloa surgió la brillante portavoz Montero para decirnos que todo había sido concordia, cordialidad institucional, que existe un conflicto político entre Cataluña y España –falso, es entre separatistas y la legalidad constitucional– y que Sánchez había desgranado una serie de propuestas que, resumidas, son: más pasta, convocatoria de la mesa bilateral estado-generalidad y en septiembre, pasada la Diada, se convocaría a la mesa de diálogo sea lo que sea eso.

El resto fue por ambas partes una serie de no sabemos, ya se verá, eso habrá que discutirlo, no hay fechas todavía, son los gobiernos quienes deben acordarlo, yo no estaba, a mi me parece, yo diría y un sinfín de excusas a cual más banal. Lo que sí sabemos es que Sánchez ha puesto mucho dinero encima de la mesa y muchas inversiones: desde el apoyo a la candidatura de los JJOO de invierno en Cataluña a la ampliación del aeropuerto de El Prat, pasando por la inversión en Cercanías. Eso sí, Montero, ay mi Montero, decía ufana que Sánchez le había dicho a Aragonés que creara un foro en Cataluña para que los vernáculos nos pudiéramos entender mejor, que ya estaba bien de no quererse.

Total, que si uno mentía, el otro no decía la verdad. Una verdad que nos incita a sospechar que lo que servidor lleva anunciando desde hace más de dos años, la solución Tardá, será la estación final de esta pantomima. Adiós derechos constitucionales, adiós principio de igualdad ante la justicia, adiós democracia. Con Iceta presidiendo la comisión bilateral, y perfilándose como el próximo vicepresidente con mando en plaza, lo que se nos viene encima será para verlo.

Socialisme és Llibertat, decían en Can PSC. Ya ves.