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Agustín Valladolid

Opinión

Entre la crisis sanitaria y la pandemia de histeria colectiva

El miedo a lo desconocido incluye inevitables dosis de temor justificado. Lo que no se entiende es que sean los responsables políticos y parte de los medios de comunicación los que más contribuyan a la propagación del pánico

Decenas de personas cargadas con provisiones esperan para poder pagar en un supermercado
Decenas de personas cargadas con provisiones esperan para poder pagar en un supermercado Europa Press

He hablado con muchas personas sobre el Covid-19, la mayoría de ellas profesionales de la sanidad; he escuchado bastantes audios de médicos reales o supuestos, españoles e italianos; soy incapaz de contabilizar los wasap recibidos con recomendaciones, a veces contradictorias, enviados por gente preocupada pero que no se ha tomado la molestia de contrastar la fiabilidad de la fuente. He hablado off the record con políticos que siguen de cerca la evolución de la crisis. Y he llegado a una conclusión: puede que estemos ante una epidemia, pero lo que es seguro es que nos enfrentamos a un extraordinario episodio de desconcierto político, de histeria colectiva y de alarmismo exacerbado, del que todos, todos, somos responsables.

Cada uno de nosotros conoce, o le han contado, el caso de alguien joven, incluso menor de edad, que ha fallecido a causa del coronavirus. Excepciones que confirman la regla. Yo tengo información de varios personajes públicos que han dado positivo y se recuperan discretamente en sus casas, sin darle tres cuartos al pregonero para no generar más alarmismo, a base de cama y paracetamol. Sin duda, más allá de lo que denominamos grupos de riesgo -las personas mayores de 75 años y las de 65 con patologías previas, además de los pacientes inmunodeprimidos- hay víctimas mortales que están fuera de estos parámetros. Son los más llamativos, pero son los menos, y por tanto los que más interés despiertan, por aquello de la rareza.

Con el coronavirus han cristalizado como nunca las consecuencias de la infame cultura televisiva implantada en nuestro país por unos tipos a los que nada importamos

Al anciano que supera los 80 años y muere como consecuencia del agravamiento de su enfermedad crónica, provocado por el Covid-19, los informativos lo despachan sin demasiados comentarios con el latiguillo “víctima de avanzada edad”, y con la naturalidad y deshumanización con las que solemos acompañar los medios el relato de las muertes prescritas. Asunto distinto es el contagio de alguien inesperado, o los incómodos detalles del caso, que a todos nos han contado, de la víctima a la que, de forma negligente, le diagnosticaron un dolor de cabeza y acabó en la UCI con el bichito chino hurgando en sus entrañas.

Treinta minutos de telediario dedicados a la plaga. Treinta, sesenta, cientos de minutos diarios a base de conexiones en directo, de primeros planos de mascarillas inservibles y carritos de la compra atestadosde papel higiénico; horas y horas acumuladas de opiniones ignorantes, de mero relleno; de crónicas a pie de hospital en las que se ofrecen detalles inútiles sobre los pacientes ingresados, de tertulias en las que se hace recuento de infectados con música de fondo tipo Gladiator, como si de un carrusel deportivo se tratara. La cristalización en fase crítica de la infame cultura televisiva implantada en nuestro país por unos sujetos cuyo negocio ha consistido en la propagación sistemática de otro virus que lleva camino de convertirnos -si no lo somos ya- en un país menor: la burricie.

Dice un ilustre colega que no hay que disparar al periodista, que el periodista “hace lo que puede”, que lo que ocurre es que los ciudadanos están preocupados y reclaman “información continua, incluso con anticipación” (sic), sin añadir que muchas veces esa información no está mínimamente contrastada, que lo que se exige desde las televisiones a ese periodista es que haga hincapié en lo escandaloso, que de lo que se trata no es de informar con equilibrio, sino de ganar la carrera de la audiencia a cualquier precio, incluido el que sirve para financiar la histeria colectiva, ese bucle diabólico que primero alimenta la alarma para luego recoger los frutos del pánico generado en forma de cuota de pantalla. Excesos mediáticos que contrastan con la cobardía política, con la demora de medidas supuestamente impopulares que sugiere la prudencia para, sin solución de continuidad, encontrar en el otro extremo la adopción de decisiones de dudosa eficacia como contrapunto a la pasividad del contrincante.

La broma esa de mandar a los niños con los abuelos

Es evidente que entre las decisiones de no prohibir la manifestación feminista del 8 de marzo y el cierre de las aulas en la Comunidad de Madrid hay nítidas diferencias, en tanto que la primera, visto lo visto, y sabido lo que ya se sabía antes de su celebración, apunta a una flagrante irresponsabilidad. Pero una y otra comparten la misma pauta: el oportunismo partidario, la gestión del poder no en función de criterios ponderados según el interés general, sino del propio. Medidas que se adoptan no para mitigar la crisis, coordinarse con otras administraciones y sosegar a la población, sino para distanciarse del antagonista político. Mientras unos mandan a los escolares a compartir parque y mantel con el grupo de mayor riesgo (los abuelos) y otros reúnen a los presidentes autonómicos con semanas de retraso, el inapropiado manejo de la crisis amenaza con derivar en un crac que entorpezca cualquier opción de repunte de la economía y destruya aceleradamente empleo.

En España mueren casi 30.000 personas al año por EPOC sin que a nadie se le haya ocurrido acumular por esa causa toneladas de papel higiénico

No resto gravedad a la situación. El riesgo de colapso del sistema sanitario, debido al elevado grado de concentración temporal de las infecciones, es un escenario de un alcance difícilmente evaluable en estos momentos, pero que va a repercutir en la calidad de la atención que requieren los afectados y la que pueden dejar de recibir los enfermos de otras patologías. Tampoco sabemos a ciencia cierta la duración y alcance exacto de la epidemia. Pero lo que no debiéramos olvidar es que en España, por poner un estremecedor ejemplo, mueren casi 30.000 personas al año por EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) y los fallecimientos por gripe alcanzaron la cifra de 6.000 en 2019, con sus picos y puntuales colapsos hospitalarios. Como ahora, en su mayoría afectan a pacientes en edad avanzada que arrastran enfermedades crónicas o a personas inmunodeficientes.

El Covid-19 ha venido para quedarse. Ya se anuncia un repunte en otoño. Una nueva amenaza fruto de la globalización y los nuevos usos sociales. En un futuro, hasta que al menos exista la adecuada vacuna, a cuatro de cada cinco personas nos afectará con mayor o menor intensidad, y en una gran mayoría de casos lo superaremos sin mayores contratiempos. Entiendo que el miedo a lo desconocido incorpora inevitable dosis de temor justificado. Lo que no me parece admisible es que, además de algunos medios de comunicación, sea buena parte de los responsables nacionales y autonómicos, la que, por un exclusivo interés político, más contribuya a la propagación de un pánico que ni con 35, 100 o 200 muertos está justificado.

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