El Gobierno tiene prisa. Se le hacen bola los indultos. 'Apártanos este cáliz', ruegan los baroncillos socialistas que no pueden salir a la calle porque les chiflan. Así a Fernández Vara le abuchearon decenas de paisanos en Mérida por defender el guiño de gracia a los sublevados del procés. "Pido perdón, pido perdón", balbuceaba acobardado ante el micro de Herrera. Llanto por la dignidad perdida.

Los indultos ya llegan. Será el 22 o el 29, antes de que Pedro Sánchez siente en su mesa a Pere Aragonés, ese personajillo absurdo que ejerce de presidente de la Generalitat. El ministro de Justicia acelera los informes preceptivos. Tarea delicada. Ha de hilar muy fino para que la sala tercera del Supremo no desbarate todo el andamiaje de la vergüenza. Campo es un destacado jurista que no le hace ascos al endiablado cometido. Ni pestañea. Considera que obsequiar con medidas de clemencia a esa colla de delincuentes que reniega de la contrición y proclama la reincidencia es asunto que ha de tomarse "con naturalidad". Puro cinismo senequista, hipocresía de la casa. "Si alguien escapa con los calzones limpios del manejo de la política, escapa de milagro", asumen con Platón. Envilecidos y enfangados.

Carmen Calvo, experta en palabras necias y olímpicos resbalones, acaba de incurrir en una excepción y ha exhibido un destello de sinceridad que ha sembrado el desconcierto

Sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. Los ministros de Sánchez, que no son lo uno y quizás, tampoco, lo otro, jamás lo hacen. Es complicado encontrar más embusteros por metro cuadrado que en las reuniones del Gabinete de los martes en Moncloa. Carmen Calvo, experta en palabras necias y olímpicos resbalones, acaba de incurrir en una excepción y ha exhibido un destello de sinceridad en unas palabras a La Vanguardia que han sembrado el desconcierto. Sin ocultar el amargo trance por el que atraviesa el Gobierno, ha incurrido en una inusual apoteosis de franqueza, quizás involuntaria. Una especie de adivinanza: "En esta época hay que demostrar determinación aunque suponga un paso de las Termópilas".

¿El paso de las Termópilas ha dicho? Algunos miembros de la cúpula socialista reconocían en privado su incapacidad para entender el sentido de esta frase. No atinan a encajar tan anacrónico flash back en la actual coyuntura. Si hubiera hablado de Felipe V o de Wifredo el Velloso. Incluso de Pujol y la moreneta. Pero ¿qué pintan aquí Jerjes y los de Esparta?

¿Pensaba quizás en la Corona, a la que pretende humillar? ¿O en ese 70% de españoles que, según los unánimes sondeos, rechazan la medida de gracia?

Calvo no entró en detalles sobre su particular referencia a la batalla de la segunda guerra médica, por lo que cada cual hubo de perfilar su particular análisis. Claro queda que, en esas Termópilas, es el Gobierno de Sánchez a quien le toca asumir el papel del ejército persa, del invasor sin escrúpulos que debe atravesar tan inhóspito desfiladero para alcanzar sus fines. Lo que resulta más complicado de dilucidar es a quién le toca el papel de los valientes de Esparta, o sea, los heroicos 300 del rey Leónidas que se conjuraron para hacer frente al invasor. ¿Pensaba quizás Calvo en los constitucionalistas catalanes, que pugnan contra los sublevados separatistas con las escasas fuerzas que ya les quedan? ¿O en los miembros del Supremo que se han opuesto decididamente al maldito indulto? ¿O la oposición parlamentaria, que clama contra la medida venidera? ¿Acaso pensaba en la Corona, a la que Sánchez pretende humillar con la firma de este decreto infame? ¿O en ese 70% de la opinión pública que rechaza esa medida de gracia en las encuestas y que se vio representada en la plaza de Colón este domingo?

Lo único que queda claro es que, como con Pixi y Dixi, como el dinero público no es de nadie, Calvo no acertó plenamente con el ejemplo porque pinta al Gobierno como al malo de la película. Bueno, qué más da si al final gana. Así hará Sánchez, pragmático, ambicioso y resultadista, que arrollará a los 300, bien sean jueces, oposición, demócratas y hasta al monarca, al objeto de prolongar el respaldo de los sediciosos y mantenerse cómodamente en la Moncloa. Tienen prisa en cruzar las Termópilas. Se les hace bola. Piensan que tras superar el desfiladero de la vileza les esperan dos años de vacunas y fondos europeos, una floreada alfombra que les conducirá de nuevo a la victoria en las urnas. Se equivocan. Desde la gran pifia de Murcia, hay ambiente de cambio, síntomas inequívocos de un hartazgo incontenible. Iván Redondo no las huele. Ya no acierta. La última, lo de Biden. Gran ridi. El gurú mágico se desinfla. Ya solo ganan cuando votan los de la nómina y el carnet, como en Andalucía. Pierden cuando se vota en libertad como en Madrid. Calvo ha confundido las Termópilas con la Termomix.