Opinión

Campanadas con el arpa de Nerón

Pedro Sánchez
Pedro Sánchez. Eduardo Parra / Europa Press

Se acaba el año, queridos lectores. Otro año más o quizá otro año menos, según se mire. Hoy no me siento preparada para lo que corresponde: los mensajes de Whatsapp para desearte un feliz año nuevo, con una imagen o un texto reenviados cuatrocientas veces; la expectación por el vestido de la señorita Pedroche o por la segunda mujer más influyente según no sé quién, que se va a comer las uvas en la televisión que pagamos todos, aunque la verdadera campanada ya la dio con un piquito hace unos meses...

Será que llego agotada a este final de año y no me quedan ganas para poner buena cara, mientras escucho lo de “próspero año nuevo”. Yo no les voy a mentir. No voy a ser como estos políticos nuestros, que dicen que nos desean prosperidad, pero solo trabajan por y para la suya.

Seamos honestos y justos con nuestra realidad. Tenemos un gobierno socialista y todos los países en los que el socialismo ha conseguido perdurar en el tiempo han sumido a su pueblo en la ruina más absoluta. Por si esto fuera poco, nuestro amado líder consigue mantenerse en el poder gracias al apoyo y pactos con comunistas, terroristas y delincuentes. Y para ponerle la guinda a este intragable pastel, media España votó para que esto sea así. Los que quieran escudarse ahora en que fueron engañados por un narcisista que no ha dicho una sola verdad en cinco años, que hagan el camino de Santiago descalzos o de rodillas, pero, por favor, a mí que no me cuenten cuentos. Que se los narren al Santo cuando lleguen, a ver si encima de tener que sufrir las consecuencias de su estupidez, voy a tener también que aguantar sus lloros. Ya ni siquiera consigo llorar, viendo que se entrega la alcaldía de Pamplona a un partido con delitos de sangre en sus listas y con asesinatos de bombas lapa en nuestras memorias, como para conmoverme por los “socialistos arrepentidos”.

Tampoco he logrado conmoverme estos últimos días del año escuchando cómo todos los progres de este país se declaraban hijos y nietos de señoras que fregaban escaleras. Sabiendo que no hay tantas escaleras como tontos en España, no voy a desearles ningún mal, todo lo contrario: ya que es un trabajo tan maravilloso y que dignifica tanto, les deseo que el año próximo acaben todos ejerciendo la loable profesión de esas madres y abuelas que se reprodujeron por esporas en su día, puesto que sus maridos estaban enterrados en una cuneta. Me falta el taxista marroquí en esta historia, pero es que no soy de izquierdas, no sé cómo encajar tanta fantasía.

Desear prosperidad con este cuadro, me resulta tan poco realista e incluso infantil, como plantar una moneda de un euro en una maceta, abonarla con nuestras heces y esperar que crezca un árbol que florecerá para darnos billetes de 500 euros. Supongo que es así como creen los palmeros de la izquierda que se crea el dinero, cuando aplauden todas las ayudas y bonificaciones absurdas, mientras gritan que las paga el Gobierno. Por supuesto, el Gobierno las paga con los billetes de 500 euros que crecen en los árboles del jardín de la alegría. Al jardín de la alegría quiere mi madre que vaya, a ver si me sale un novio que me saque ya de España. Perdón, que me ha venido una cancioncilla a la mente y ahora no me la saco de la cabeza.

Ataviado con una túnica blanca y coronado con una rama de laurel, saldrá a dar las campanadas con un arpa, cantando con su angelical voz “qué guapo soy y qué tipo tengo”, mientras ve España arder

Ya puestos, podía plantar más y así no tendría que subirnos nuevamente los impuestos de luz y de gas, mientras congela la subida del salario mínimo. Por lo visto, los impuestos no los paga el Gobierno con los billetes arborícolas, esos los pagan los ricos, es decir, todos los que ganen más de 20.500 € al año. Así está ya el país: si ganas más de esa cantidad, ridícula para cualquier europeo que no sea español, perteneces a la mitad rica de España. Si superas los 44.000 € al año, perteneces al privilegiado 10% de la sociedad con más ingresos. Es decir, que aún teniendo la fortuna de pertenecer a esa minoría exclusiva de ricos, ganas menos que un alemán medio, que ronda los 52.000 € al año. Unos dejándose la piel para ganar menos de la mitad que prácticamente cualquier europeo y otros partiéndose la cara por defender que las ayudas, bonificaciones y subvenciones las paga el Gobierno.

Y todavía tenemos que estar agradecidos del tiempo en el que nos ha tocado vivir, porque imagínense ustedes si con el panorama actual, en lugar de vivir en estos tiempos, lo hiciéramos en los del Imperio romano. No tengo ninguna duda de que esta Nochevieja, nuestro amado líder, saldría al balcón principal del Palacio de la Moncloa, ataviado con una túnica blanca y coronado con una rama de laurel, a dar las campanadas con un arpa, cantando con su angelical voz “qué guapo soy y qué tipo tengo”, mientras ve España arder y disfruta del baile de las llamas sobre cada ciudadano. Dicho así, no me parece que haya mucha diferencia con lo que estamos viviendo.

Solo nos queda agarrarnos a la felicidad. Así que esta noche, intenten ustedes disfrutar de la cena en compañía de sus seres queridos y procuren hacer caso omiso del arpa que suena de fondo. Piensen que cada fotografía o texto que les reenvían es una prueba de que alguien se acordó de ustedes en una noche especial. Estén más atentos a las campanadas que a quienes quieren dar la campanada, que las uvas pueden ser muy traicioneras y esta noche hay que tragarlas todas para tener buena suerte el año que entra, aunque de buenas tragaderas ya vamos bien dotados. Y recuerden que aunque nos pueden mentir y robar muchas cosas, no nos pueden arrebatar las ganas de ser felices.

Sed felices, amigos. Feliz 2024.