Algunas veces decía la verdad. El defenestrado gurú de la Moncloa tenía razón cuando, con un tonito de jesuítica humildad, rechazaba ser el responsable de cuanta medida salía despachada desde Presidencia. "Todo me lo atribuyen a mí y no es cierto", aseguraba con impostada modestia, sin demasiadas ganas, no obstante, de compartir paternidades. Tenía razón. Iván Redondo, hasta hace seis telediarios jefe supremo de la factoría de ficción del Ala Oeste de la Moncloa, no ha sido el único personaje que ideaba estrategias o diseñaba operaciones a mayor gloria del líder supremo de la resiliencia progresista-feminista. Junto a él trasteaba en forma destacada Félix Bolaños, un fontanero de perfil discreto, sin apenas relevancia pública ni mayores aspiraciones que las de cumplir dignamente su cometido a la espera de que llegara su hora. Y llegó. La hasta ahora mano derecha de la mano derecha acaba de ocupar el puesto de primus inter pares en el riñón del máximo poder del Ejecutivo, a la vera de Pedro Sánchez. El prudente funcionario se ha convertido, súbitamente, en el controlador máximo de la sala de máquinas del aparato del Estado.

No todo salía de Iván. No todo era idea de Iván, pese a la leyenda, las apariencias y los cotilleos que él mismo alimentaba en numerosas tenidas con periodistas de toda condición. Las cacatúas que entonan sin reposo las loas al sanchismo se afanan ahora en subrayar los méritos de Bolaños, sus intervenciones, sus aciertos, su imprescindible participación en el asentamiento y consolidación de los tres primeros años del sanchismo. La exhumación de Franco fue, sin duda, el más aplaudido de sus logros, una abrumadora superproducción transmitida en directo para toda España, con un despliegue de medios sin precedentes, helicópteros, unidades móviles, treinta cámaras dispuestas entre el Valle y el Pardo como si se tratara de una etapa del Tour. Fue entonces cuando trascendió la existencia de ese Bolaños, pequeñito y silencioso, más ego por dentro que por fuera, adosado a la entonces vicepresidenta Carmen Calvo, la faraona de aquella ampulosa ceremonia.

Se difunde ahora también, en aras de adornar con aditamentos de enjundia el historial de sus grandes operaciones especiales, como el hecho de que fue Bolaños quien pergeñó junto a Pablo Echenique, la estructura del primer Gobierno de coalición social-comunista de la historia de España desde la II República. Emergen también, casualmente ahora, otros nombres para la gloria, como el de Margarita Robles, a quien se le atribuye, quizás con maldad, el empujón definitivo para que Sánchez impulsara la moción de censura que derribó a Rajoy tras la sentencia judicial por la trama Gürtel.

Ha metido cuchara en la 'operación reencuentro' con los separatistas catalanes y untado con melaza las relaciones con Yolanda Díaz para silenciar a la banda trapera de Podemos

Iván ideaba y Bolaños ejecutaba, dice la leyenda. El nuevo mayordomo presidencial culminó algunos proyectos, no siempre lustrosos, que desvelan ahora la trascendencia de su función. Desde el decreto del estado de alarma tumbado ahora por el Constitucional, a buenas horas, a las negociaciones con el PP para renovar el CGPJ, que Redondo incluso se encargó de entorpecer. Ha metido cuchara en la 'operación reencuentro' con los independentistas del procés, aunque es materia que controla casi en monopolio Rodríguez Zapatero y untado con melaza las relaciones con Yolanda Díaz para poner sordina a la banda trapera de Podemos en el seno del Gabinete. Y muchas más cosas que irán saliendo. A la sombra de Iván, al amparo de Iván e incluso, a espaldas de Iván. O al revés.

Manosear la Constitución

Bolaños ejerce de técnico sin brillo, minucioso, puntilloso, escaso de oratoria y bueno con las normas y los códigos. Es letrado asesor del Banco de España, trabajó en un conocido bufete como laboralista y se afilió bien joven al PSOE de cuyo Comité de Ética, valga el oxímoron, ejerció de responsable máximo durante algún tiempo. Madrileño, 45 años, ha asumido sus nuevas funciones con el poco contenido júbilo de esos actores a los que, al fin, les llega su papel soñado. Nadie duda de que lo estaba esperando. La sonora caricia que le dedicó a su predecesor en su toma de posesión sonó a vendetta cruel. "Los ministerios ni se demandan ni se rechazan". Algún asunto pendiente, al parecer. Cruces de navajas, y traiciones. Sus primeras declaraciones tampoco han pasado inadvertidas. En El País, es claro. Se le pensaba un fontanero esquivo y retraído, mesurado en el lance y receloso en la palabra. Todo lo contrario. Para no desentonar con su entorno, optó por la trola. Mintió con esa bellaquería tan de la casa ("hemos salvado 450.000 vidas"), ignoró aviesamente a su mentor, exhibió una inesperada arrogancia y esgrimió una innecesaria condescendencia al asegurar que "no hay que tocar la Constitución". Le faltó añadir: "Nos basta con manosearla hasta conseguir nuestros propósitos".

Le toca a Bolaños sustituir a una sombra, a una fábula, a una especie de mito de andar por casa. Iván el terrible, defenestrado y humillado, acuñó con astucia su quimérica ficción, erigió con tino su propio altarcillo. Hasta que le dieron la gran patada y casi ni se enteró. El zapaterismo redivivo, con Pepiño, Óscar López y los viejos visitadores, cortan ahora el bacalao de Moncloa. Le toca a Bolaños ejercer del nuevo villano de Palacio, el guardián de los secretos, el responsable de las jugarretas, las maldades y las vilezas. Los malvados oficiales, Calvo y Ábalos, cayeron inopinadamente en la gran degollina. Marlaska, con su tradicional arrojo y valentía, se ha esfumado sin apenas dejar rastro.

Será Bolaños, desde su puente de mando del Ministerio de Presidencia, de las Cortes y de la Memoria, quien asuma esa función. Su debut este martes en la rueda de Prensa del Consejo, ha mostrado su verdadera faz. Firme, duro, decidido y embustero, como en su falsaria explicación sobre los juicios franquistas y la amnistía. Dado su perfil administrativo y su aspecto de laborioso chupatintas, no parecía encajar en ese papel de chulángano implacable que le acaba de caer en suerte. Alguien tenía que hacerlo, alguien tendrá que servirle de escudo a Sánchez, de capataz, de verdugo y de brazo ejecutor para sobrellevar los dos años que quedan hasta las urnas.

Su florido ramillete de las alcaldesas happy teen tampoco parece diseñado para ese menester. Margarita Robles, que ha mostrado estos días su faz más feroz y menos constitucionalista, podría hacerse cargo del puesto. Lo haría bien. Es ladina, se mueve con habilidad en conjuras y conspiraciones y se maneja con prodigiosa habilidad en el tablero de la política y los medios. La titular de Justicia, Pilar Llop, también apuntaba maneras, pero, tras su primera comparecencia desde la Moncloa, entre el prompter y el plasma, se ha quedado en una lobita desdentada. Será Bolaños el nuevo hechicero en la sombra, el muñidor de sortilegios, el más fiel y fiero servidor de Su Fatuidad de la Moncloa. A ver cómo le sale. Iván se la está guardando.