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Miquel Giménez

Opinión

Barbarie

Los separatistas formulan una disyuntiva: independencia o barbarie. Pues bien, el resultado de ambas cosas es lo mismo, pura barbarie

Corte de la frontera de la AP-7 por La Junquera, en la mañana del lunes, por Tsunami Democràtic.
Corte de la frontera de la AP-7 por La Junquera, en la mañana del lunes, por Tsunami Democràtic. Efe.

Sería inútil tratar de convencerlos, pues no admiten más razón que la suya ni más derecho que el que se han arrogado. Todo lo que han emprendido hasta la fecha se fundamenta en una única manera de entender la sociedad, la de la mentira, el engaño y la imposición por la fuerza de sus ideas, alejadas de todo marco convivencial y de todo respeto hacia quien discrepa de ellas. Bien sea en las instituciones -que llevan prostituyendo a lo largo de décadas con la complicidad de la pseudoizquierda social-comunista-, bien en el terreno asociativo -que han inundado de dinero para acallar conciencias y comprar voluntades-, bien en los espacios comunes a todos -que han invadido de manera ilegal y totalitaria-, los nacional separatistas han dejado claro que el dilema no es elegir entre su delirio o el caos, porque ellos son ese caos con el que pretenden amenazarnos.

Y el caos es siempre fascismo, palabra que han devaluado de tanto utilizarla contra todo aquello que les plantase cara. Es una de las paradojas más grotescas, los fascistas tildando de lo mismo a quienes defienden la democracia, la igualdad, la libertad, el orden y la ley. Nadie les dijo en su momento que ellos representaban las mismas cosas que el nacional socialismo, que su racismo deriva de Arana, de Robert, de Gener, pero también de Howard Stewart Chamberlain o de Gobineau, y que su desprecio hacia lo español es un calco del que experimentaban Rosenberg o Goebbels con los judíos. De ellos han copiado también sus métodos propagandísticos y su total falta de empatía con la gente de a pie, no importándoles en absoluto si viven bien o bien mal por culpa de sus despropósitos. Un eslogan circulaba estos días entre ellos: “Lamento que mi protesta colapse tu tránsito, pero tu indiferencia colapsa a mi país”. Es toda una declaración de principios, al igual que las llamadas a perder el trabajo si la causa lo exigía efectuadas por Toni Comín desde Bruselas.

Culto al líder; mixtificación de la historia; negación de la realidad; enemigo secular a quien perseguir; una bandera que lo oculta todo; clasismo de pertenencia, esas son las “virtudes” del nacional separatismo a las que ahora podemos añadir la violencia justificada siempre que se ejerza contra quien no pertenece a nuestro pueblo, a nuestro colectivo, a nuestra secta.

Es el nuevo populismo totalitario etnocentrista que viene a decir lo mismo que los viejos fascismos pero envuelto en el celofán de las redes

Son barbarie, porque todo lo que no sea democracia y ley es otra cosa, otro régimen, otro sistema, y la historia nos ha demostrado miles de veces que siempre suelen ser infinitamente peores. Es el nuevo populismo totalitario etnocentrista que viene a decir lo mismo que los viejos fascismos pero envuelto en el celofán de las redes, ese placebo terrible y letal para el músculo democrático.

Mientras las palabras no vuelvan a cobrar su sentido no conseguiremos llegar a ningún lugar. De ahí la importancia de llamar barbarie a lo que ellos denominan actos de protesta y partido de extrema derecha racista a quien los defiende y fomenta. Es igual que la consigna que nos están repitiendo hasta la náusea acerca de que Vox es extrema derecha y el Gobierno de Sánchez e Iglesias sería progresista. Vox es un partido de derecha conservadora – así se los denomina en el Parlamento Europeo – con un programa económico ultraliberal que se aleja del estatalismo fascista, y lo de Sánchez sería un Gobierno de extrema izquierda bolivariana con el apoyo de bilduetarras y separatistas amigos de Otegui.

La barbarie se ha instalado en el epicentro de la política española y será difícil erradicarla, porque ellos se han apropiado, además de todo lo anteriormente dicho, de las palabras. Y ese es el primer combate que los demócratas deberíamos plantearnos ganar.

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