Informaba este miércoles el diario El Mundo que Gustavo de Arístegui, actual embajador de España en India, y Gómez de la Serna, diputado del PP por Segovia, han mediado en la consecución de contratos públicos para numerosas empresas españolas en diversos países. Una actividad por la que, según este medio, habrían ingresado comisiones que oscilan entre un 2% y el 5% del valor total de las licitaciones conseguidas por las empresas.

En su descargo, ambos han alegado que obtuvieron el permiso del Congreso cuando eran diputados. Y que su actividad era asesorar sobre la idiosincrasia de los países y orientar a sus clientes sobre el terreno. Porque cada país tiene su propia “cultura” y unas puertas a las que hay que llamar en el orden oportuno. Claro que Arístegui y De la Serna difícilmente podrían haber proporcionado a sus clientes tan valiosa información de haber sido sólo modestos empresarios sin ninguna relación con la Administración o la política. Como también cabe sospechar que gracias a sus cargos políticos han podido postularse como conseguidores de postín para empresas de cierta entidad, obteniendo unos ingresos añadidos con los que aliviar su modesta economía.

Lo primero que cabe decir es que no se entiende que un embajador cobre comisiones por hacer precisamente aquello por lo que, poco o mucho, ya le pagan los contribuyentes, entre los cuales se encuentran los mismos empresarios asesorados. Y lo segundo, es inaceptable que un diputado, es decir, un representante electo, se lucre con actividades donde la línea que separa lo público de lo privado desaparece.

Arístegui y Gómez de la Serna deben dimitir porque en materia de corrupción el vaso hace tiempo que rebosó

Sea como fuere, el caso es que estos personajes y el partido al que pertenecen, el PP, esgrimen que en estas actividades no hay ningún delito. Que tanto el embajador español en la India como el diputado del PP por Segovia, han cumplido y cumplen escrupulosamente la ley. Siendo esto es así, y dado que las consideraciones éticas y estéticas parecen no tener cabida en la calle Génova, a otra cosa mariposa. Mariano mira para otro lado y deja hacer. Su filosofía en lo que a la corrupción del PP respecta se resume en aquel "somos como somos". Y no hay nada más que añadir.  

Ahí seguirá Gustavo de Arístegui, de embajador en la India, aprendiendo, es un suponer, mucho de la cultura local para, en su tiempo libre y por un precio razonable, ayudar a las empresas patrias a abrir nuevos mercados. Y en el caso de Gómez de la Serna, no sólo no va a dimitir –tampoco se lo han pedido en el PP- sino que irá en la lista para el 20D como número dos por Segovia. A lo que parece, en el Partido Popular ha calado tanto la cultura del emprendimiento que hasta los embajadores y diputados se tiran en plancha a la que ven una oportunidad de negocio. Una forma extraña y más que discutible de dar ejemplo al autónomo español.

Puede que una parte importante de la sociedad española se enternezca al ver a Soraya bailar o a Rajoy sincerarse en horario prime time, y que muchos españoles decidan finalmente su voto en función de las intimidades reveladas por los candidatos, por su humanidad y campechanía, en vez de por sus decisiones en materia política y su actitud ante la corrupción y sus numerosos derivados. Allá cada cual con la forma en que decida su voto. Sin embargo, otros no estamos por la labor de que se nos distraiga de la cuestión principal. Por más que la ley, con sus abundantes resquicios, pueda dar cobertura legal a estos turbios asuntos, entendemos que Gustavo de Arístegui y Gómez de la Serna deben dimitir. Y deben hacerlo, no sólo por la más elemental de las higienes, sino porque, en materia de corrupción, el vaso hace tiempo que rebosó.