Análisis

¿Hay pinza del PP y Podemos?

Ya no habrá mayorías absolutas, ni el apoyo de los nacionalistas será vital. Todo se juega en el pacto a dos o tres partidos.

El jefe del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, saluda al líder de Podemos, Pablo Iglesias.
El jefe del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, saluda al líder de Podemos, Pablo Iglesias. EFE

No, no hay “pinza”. El PSOE se basta y se sobra para hundirse, y Ciudadanos debe aún encontrar una identidad. Los supuestos autores de la “pinza”, el PP y los nuevos de Unidos Podemos, hacen su política, que consiste básicamente en tener un discurso que, sin perder su votante, consiga absorber o desmotivar al del adversario. La idea de denominar a la labor del otro como “la pinza” surgió de las entrañas del felipismo, aquel caudillismo socialdemócrata que se asentó sobre la expansión del Estado de bienestar y la inexistencia de una alternativa real. El eslogan apareció como producto del victimismo, de esa pretensión de que el PSOE era la Democracia –sí, con mayúsculas-, y el resto eran meros invitados que pretendían asaltar el poder. “La pinza” suponía una ilegitima guerra de ideas a derecha e izquierda, frente a una opción de centro, sensata, y alejada de la crispación. Aquella frase servía para desautorizar a los que disputaban el poder al PSOE.

La volatilidad del voto, la desafección y la tentación de la abstención han crecido mucho en el electorado español

Esto hoy no es así. La volatilidad del voto, la desafección y la tentación de la abstención han crecido mucho en el electorado español. Del mismo modo que la identidad partidista y la tradición familiar han dejado de ser claves para el voto. Ya no habrá mayorías absolutas, ni el apoyo de los nacionalistas será vital. Todo se juega en el pacto a dos o tres partidos de ámbito estatal. Los elementos de “la pinza”, además, poco tienen que ver con los de 1994.

El PP es hoy un partido medio noqueado que busca las cuerdas para recobrar fuerzas y cambiar de cara, al menos de gesto, antes de que suene el gong electoral. En esta legislatura se ha desprendido de la fidelidad de los votantes, que no le perdonan el abandono del ideario liberal-conservador a favor de la tecnocracia y el economicismo, tan propios de los socialdemócratas. Mientras no cambien el discurso de “Nosotros representamos la buena gestión”, por el de “Nosotros defendemos la libertad”, no habrá nada que hacer. Que se desengañen los que piensan que una amarga victoria, pasar de 123 a 130 escaños, salva al PP. Eso prolonga la agonía de un partido que necesita una reprogramación completa desde hace una década. Elegir bien los tiempos es la clave de la política.

Lo que puede salvar al Partido Popular es que le fuercen a la batalla de las ideas, asunto para el que está desentrenado por el vaciamiento ideológico de la era Rajoy, pero que le puede dar una identidad de la que ahora carece. Es el tiempo de la Política, de exhibir valores y principios, lo que no es solo una cuestión de conocimientos y de estrategia, sino también de actitud. Porque lo que nos jugamos es la democracia frente al populismo. No se trata de un fácil juego de palabras, ni de que “esto” no sea una “democracia pura”, sino de salvar los mecanismos legales que todavía permiten el libre mercado y la concurrencia pacífica, plural y periódica de opciones distintas a las urnas. Y es aquí, en la batalla política, donde la “nueva guardia” del PP debe aparecer. La denuncia de la nefasta gestión municipal de Podemos, algo tan cercano al votante y fácil de comprender, es, por ejemplo, una enorme baza a su favor. Por eso, la polarización política, el enfrentamiento con Unidos Podemos, les viene bien. De momento, no hay “pinza”.

Pero tampoco al otro lado. El populismo socialista de Iglesias y Garzón, cumplido aquel sueño compartido desde 2011 de formar un frente de izquierdas que ganara las elecciones, se va cumpliendo. Quieren una Sociedad Nueva, por lo que todo lo convierten en política; desde el nombre de una calle, los guiñoles, la cabalgata, hasta la vestimenta o la higiene íntima de la mujer. Son hijos de la Nueva Izquierda de los años 70, que pretendía la renovación del marxismo asumiendo todo aquello que pusiera en cuestión las costumbres e ideas tradicionales: feminismo, ecologismo, tercermundismo, misticismo, multiculturalismo, colectivismo,… ¿De verdad que frente a esto no se puede dar la batalla de las ideas, y solo presentar un programa más socialdemócrata de gasto social? Porque el “proceso constituyente” de Unidos Podemos no se limita a cambiar las instituciones y hacerlas “populares”, sino que quiere transformar el orden social completamente. La envoltura democrática de su propuesta, ese “hágase la voluntad popular”, encubre un plan autoritario y excluyente. No hay término medio ni pinza que valga entre una democracia y un régimen populista.

En esta campaña política decisiva, el PSOE es un partido en el desguace de la historia y de las ideas

No hay pinza, en definitiva, porque en esta campaña política decisiva que se nos avecina, el PSOE es un partido en el desguace de la historia y de las ideas. Y Ciudadanos, que podría haber sido quien recogiera esas ganas de cambio, quedó atrapado por un discurso regeneracionista que intentó capitalizar el cabreo social y la desafección política pero que, como a aquellos que en la Historia de España lo utilizaron, ha fallado en la construcción de una alternativa. No hay nada que pinzar. PP y UP capitalizarán la campaña, marcarán la agenda, pondrán sobre la mesa dos proyectos de sociedad, y los supervivientes de Sánchez y los volubles de Rivera, ese centro táctico, tendrán que decidir. 



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