De nuevo ayer Europa fue golpeada por el terrorismo. Esta vez en Niza. Un ciudadano francés de origen tunecino, a bordo de un camión causó una masacre (84 personas asesinadas y más de 100 heridas) el día en que Francia celebraba su fiesta nacional, la conmemoración de aquel 14 de julio de 1790 en que fue tomada la Bastilla y marcó el inicio de la Revolución Francesa. Esa fecha simboliza el final del Viejo Régimen y una transformación que no fue coser y cantar. Pues sólo después de años de sangre, sudor y lágrimas, Francia superó el peligro de la deriva totalitaria que la revolución trajo consigo, e instauró el principio de separación de poderes y de libertad política, certificándose por fin la liquidación del Viejo Régimen y la transición a una sociedad abierta, de ciudadanos libres e iguales ante la ley.

Que el 14 de julio haya sido escogido para causar una masacre de semejantes proporciones no es casual

Así pues, que el 14 de julio haya sido escogido para causar una masacre de semejantes proporciones no es casual. De hecho, la clara intencionalidad del asesino, sus cómplices y aquellos que les animan y dan soporte, de cometer la matanza en fecha tan significada debe servir para que nos reafirmemos en unos valores que, quizá, damos por supuestos pero que, en realidad, no defendemos con la convicción e intensidad necesarios. Y he ahí el quid de la cuestión.

La seguridad es una ilusión

Como suele suceder después de un atentado de estas características, el tema de la seguridad copará el debate. De hecho, la pregunta que hoy muchos formulan es cómo un camión de esas dimensiones pudo circular en una zona que se suponía cerrada al tráfico, sin caer en la cuenta que para haberlo evitado con todas las garantías habría sido necesario colocar poco menos que obstáculos antitanque. Sea como fuere, nuestros gobernantes y fuerzas de seguridad harán un exhaustivo análisis sobre lo sucedido con el fin de ver la manera de implementar nuevos procedimientos para prevenir y evitar nuevas masacres. Y a buen seguro, los ciudadanos, angustiados e indignados, darán por buenas muchas iniciativas que, a priori, nos proporcionarán una mayor sensación de seguridad. Es de temer, sin embargo, que muchas de esas medidas, como otras que ya fueron adoptadas en su día, lleven aparejados inconvenientes y restricciones al ejercicio de nuestras propias libertades. Pero aún así daremos por buena su aplicación en la confianza de que servirán para que vivamos más seguros.

Desgraciadamente, no será así. Si hay un principio elemental que rige en la guerra –y esto lo es- es que cualquier nueva estrategia que podamos desarrollar, nuestros enemigos la asimilarán, encontrarán sus puntos débiles y adaptarán su modus operandi a las nuevas condiciones. Por lo tanto, está bien que las autoridades, fuerzas de seguridad y expertos colaboren en la búsqueda de nuevos protocolos para ser más efectivos, pero pensar que con ello los terroristas van a dejar de atentar es un error. Los asesinatos, lamentablemente, continuarán.

Es en el terreno de las ideas donde se ganan o pierden la guerras, y donde los ciudadanos occidentales –y especialmente nuestros políticos- debemos espabilar

Son las ideas

La lucha en la que estamos incursos requiere mucho más que medidas de seguridad. Requiere un ímpetu renovado en la defensa de los principios de la sociedad abierta. Una sociedad abierta que no es sólo, ni mucho menos, Estado de bienestar, sino que requiere, además, de un manifiesto equilibrio entre deberes y derechos que hoy, desgraciadamente, parece no existir. De hecho, los países occidentales, y muy especialmente los europeos, si bien trasladan la imagen de paraísos del bienestar, lugares donde la sanidad y la educación son gratuitas, donde las oportunidades laborales abundan y las personas gozan de infinidad de derechos que en muchos lugares del mundo ni alcanzan a imaginar, no transmiten con la misma intensidad la otra parte del contrato: los deberes en los que se sustentan estos derechos, y que no consisten sólo, ni mucho menos, en pagar impuestos, sino que van más allá, tal cual es renunciar a toda actitud contraria a los valores de la sociedad abierta, por más que se pueda alegar que forman parte de una determinada cultura. En definitiva, la democracia no es un bien facultativo del que podemos coger lo que nos conviene y prescindir de lo que nos incomoda: es un paquete completo. Menos aún podemos justificar nuestros actos alegando que la Democracia no nos ha dado todo cuanto esperábamos de ella.

Es ahí, en el terreno de las convicciones y las ideas donde se ganan o pierden la guerras, y donde los propios ciudadanos occidentales –y especialmente nuestros políticos- debemos espabilar, porque quizá seamos los primeros que, con nuestra frivolidad y egoísmo, con nuestros intereses particulares y cuitas, trasladamos la idea de que la civilización Occidental consiste en derechos y ninguna obligación. Que aquí todo el monte es orégano. Y no es así. No puede serlo. No hay que olvidar que los terroristas que hoy atentan en Europa no vienen de montañas lejanas, sino que a todos los efectos son ciudadanos europeos, muchos de ellos nacidos aquí. Y lo que resulta aún más llamativo, muchos no tienen una larga tradición islamista; muy al contrario, hasta hace poco eran personas en las antípodas de la religión y de cualquier cosa parecida a la fe. Algo muy grave está pasando para que, quienes viven entre nosotros, respiran el mismo aire que nosotros y participan de las mismas instituciones que nosotros, se arrojen en los brazos de la violencia y se conviertan en miserables asesinos.

Occidente no ha llegado hasta la democracia y el Estado de bienestar sin pagar sangrientos peajes. Lo que hoy pensamos que siempre estuvo ahí, en realidad es relativamente nuevo

Occidente no ha llegado hasta la democracia y el Estado de bienestar sin pagar sangrientos peajes. Lo que hoy pensamos que siempre estuvo ahí, en realidad es relativamente nuevo. Y ha costado sangre, sudor y lágrimas. Si queremos que nuestro mundo no se desmorone, además de decenas de miles de policías, cámaras de seguridad, controles y sofisticados servicios de inteligencia, debemos asumir nuestras obligaciones, dar ejemplo con nuestra conducta y trasladar al exterior, al forastero, que nuestras democracias, además de Estados de bienestar, son sociedades comprometidas con la causa de la Libertad y que existen líneas rojas imborrables, actitudes y conductas que jamás admitiremos y perseguiremos implacablemente. Sólo mediante el compromiso, la reafirmación en nuestras convicciones y la recuperación de un principio tan elemental como que todo derecho lleva aparejado un deber, podremos distinguir al amigo del enemigo, a la persona pacífica de la violenta, al demócrata del totalitario. Sólo así seremos lo suficientemente consistentes como para confiar en la máxima de que el que resiste, gana. Ojalá seamos nosotros. Ojalá sea la democarcia.