Análisis

Mariano y el triunfo del voto del miedo

              

Mariano Rajoy celebra con los suyos la victoria del 26J.
Mariano Rajoy celebra con los suyos la victoria del 26J. EFE

Mariano Rajoy cosechó ayer los frutos de la estrategia en la que ha venido trabajando a conciencia en los últimos tiempos. El partido de la derecha orientó la campaña del 26J con la intención, clara y sin disimulos, de polarizar la batalla entre dos únicas fuerzas: PP y Podemos. Nosotros o el caos. Era una apelación al voto del miedo. Había que elegir entre orden y anarquía, entre seguridad y riesgo, entre buena gestión (se supone) e ignorancia absoluta. Para Mariano y su estado mayor no existía otro contrincante que Podemos. Se trataba, de paso, de ignorar a Pedro Sánchez, que bastante tiene con lo suyo, y de hundir a Ciudadanos con el discurso de la necesidad de agrupar el voto útil del centro derecha. No ha habido más programa en el PP de Rajoy. Nadie sabe hoy qué es lo que ha propuesto Mariano, si es que ha propuesto algo, para España en los últimos meses, salvo los consabidos lugares comunes que apuntan a que a nosotros nos corresponde gobernar porque somos los que mejor sabemos hacerlo y, además, es que hemos nacido para ello o casi. Y en la ausencia de un proyecto liberal para España, ha terminado ocurriendo lo que tantos temían: que el ciudadano medio ha vuelto a votar PP como valor refugio frente al miedo.

Hay Mariano para rato, lo que, en términos de regeneración democrática, es una desgracia sin paliativos para España

Las clases medias españolas decidieron ayer taparse la nariz y, olvidándose de la agobiante corrupción que padecemos, volver a dar su confianza a un partido que es el inmovilismo más absoluto salpimentado de variopinta corruptela, pero que también es percibido como garantía de estabilidad, de orden, de seguridad frente al riesgo que para su estilo de vida representa el discurso de cambio radical que predica Podemos. Mariano cabalga de nuevo. Es, repito, la victoria del miedo. La paradoja de la situación política española se agiganta hasta adquirir tamaño catedralicio cuando se repara en la situación, que es casi contradicción existencial, de muchos de esos ocho millones de ciudadanos que ayer votaron PP tapándose la nariz y sintiéndose esclavos de un partido que les ha defraudado, cuando no simplemente asqueado, en tantas cosas, pero del que se sienten rehenes a la hora de otorgar su voto, porque esas siglas, que no les gustan, que detestan incluso, les protegen del riesgo de soluciones populistas, cuasi revolucionarias, que ponen en peligro no ya su sistema de valores, sino algo tan sagrado como su nivel de vida.

Hay Mariano para rato, lo que, en términos de regeneración democrática -un proceso que, para quienes sentimos y pensamos en liberal, pasa por la regeneración del propio PP, con rearme ideológico, primero, y cambio de liderazgos, después-, es una desgracia sin paliativos para España, con todos mis respetos, que son muchos y sinceros, para los millones de españoles que ayer decidieron votarlo. Una de las pocas cosas buenas de Mariano es que no acostumbra a disfrazar sus intenciones. Él ya ha dicho que si volviera a gobernar seguiría haciendo lo mismo que ha hecho siempre, es decir, casi nada. Mariano, un gestor mediocre no particularmente disciplinado es, por eso, continuismo en estado puro. Continuismo con corrupción. Justo lo contrario de lo que reclaman los sectores más dinámicos de nuestra sociedad. ¿Qué queremos que sea España el año 2040? ¿Qué España ideal nos gustaría imaginarnos en el 2050? ¿Vamos a resignarnos a seguir viviendo en el país carcomido por la corrupción y el desprestigio de las instituciones que ha venido siendo desde los años noventa, o vamos a ser capaces de parecernos de una vez por todas a esas democracias a las que tendemos a idealizar y cuyas instituciones envidiamos?

Los votos de Ciudadanos regresan a la casa del padre

Inútil esperar respuesta a estas preguntas de Mariano Rajoy Brey, un tipo que concibe la gobernación de España del mismo modo, o muy parecido, que la gestión del Liceo Casino de Pontevedra. El gallego se llevó ayer por delante muchas de las aspiraciones de Ciudadanos a convertirse en ese motor del cambio democrático que reclaman nuestras instituciones. Una parte importante del voto cosechado por Albert Rivera el 20 de diciembre pasado decidió ayer, acuciado por las espuelas del miedo, regresar a la casa del padre, volver al redil del PP para hacer frente al supuesto tsunami de Podemos que la estrategia de los populares se había encargado de sembrar a lo largo y ancho del territorio español durante estos meses. Es el cambio fundamental producido ayer con respecto a lo ocurrido el 20D: el trasvase de votos de Ciudadanos al PP cumpliendo los postulados del voto útil.

El bello Pedro volvió a cosechar otro resultado “histórico”, dejándose en el lance 5 de los 90 diputados logrados el 20D

Rivera ha sido, pues, la víctima propiciatoria de esa dialéctica de polarización, aunque no más que un Pablo Iglesias que ayer vio frustradas sus aspiraciones al cacareado sorpasso. “La sonrisa de un país”, el eslogan podemita de la campaña, se convirtió ayer en mueca de una generación de picos de oro que ha visto frenado su ascenso en seco, aunque en su descargo quepa decir que el Coletas ha conseguido consolidar una opción de izquierda radical que jamás, en los 40 años de democracia, había logrado pasar de las magras cifras del PCE, primero, y de Izquierda Unida, después. Perdedor, también, Pedro Sánchez. Curioso: Sánchez ha fracasado cuando ha pretendido ser Podemos, y a Iglesias le ha pasado lo propio cuando ha querido ser el PSOE. El bello Pedro volvió ayer a cosechar otro resultado “histórico”, dejándose en el lance 5 de los 90 diputados logrados el 20D. Aunque Susana Díaz tampoco ha salido favorecida del envite, al de Ferraz no le queda otro camino que anunciar su retirada, incluso a costa de sumir al PSOE en un dilema shakesperiano: decidir si se suicida con la pastilla roja o con la pastilla azul. Si se abraza a Podemos y a toda una serie de fuerzas antisistema y antiespañolas, o si, tapándose ojos, nariz y oídos, decide, por activa o por pasiva, permitir un Gobierno del PP.

La suma de los teóricos bloques izquierda-derecha otorga desde ayer una posición de ventaja a la opción PP-Ciudadanos (169 diputados, 6 más que el 20D), frente a la de PSOE-Podemos (156 diputados, 3 menos que el 20D). De nuevo la pelota en el tejado del PSOE. Como hace 6 meses, cualquier solución pasa por el PSOE. Lo que Pedro Sánchez ya no podrá decir es que “el pueblo” quiere un Gobierno de izquierdas. Buena parte de ese “pueblo” ha preferido la estabilidad frente al miedo. Mariano se queda, lo que significa que la regeneración del sistema tendrá que esperar. Un mal día para los románticos.    



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