Las redes sociales han tenido un impacto notable en la transformación de las campañas electorales de los últimos diez años, en algunos casos beneficiando la participación y representación de las demandas ciudadanas, y en otros, polarizando y manipulando el debate todavía más. Para los ciberoptimistas, como los bautiza Laura Alonso, doctora en Ciencias de la Comunicación, las potencialidades con las que cuenta Internet favorecen la participación, el intercambio y la deliberación, mejorando así el discurso público. Estos consideran que los medios sociales ayudan a reconfigurar las relaciones de poder existentes y permiten a los ciudadanos ejercer de contrapoder. Mientras tanto, los ciberescépticos se muestran reacios a creer que las tecnologías digitales y las redes sociales son intrínsecamente democráticas. Pese a su potencialidad, creen que su uso no es siempre lo positivo que debiera ser y que pueden afianzar a regímenes autoritarios.

No es fácil decantarse por una u otra visión, pues ambos tienen algo de razón. Es por ello importante que reflexionemos acerca de una serie de tendencias que se han visto agravadas por el uso masivo de las redes sociales y sus efectos en el ejercicio de la democracia.

Menores costes pero mayor debilidad

Las redes sociales han dado visibilidad a protestas y reivindicaciones que no habían conseguido atraer la atención mayoritaria. El fenómeno del MeToo y las movilizaciones de la Primavera Árabe egipcia son prueba de ello. Si un número elevado de personas expresa su intención de manifestarse, con las redes sociales es más probable que el miedo a hacerlo solos desaparezca de la ecuación y el coste de oportunidad disminuya. Cada vez más, la relevancia en estas plataformas convierte automáticamente un suceso en noticioso. Esto lo hemos visto también en las campañas electorales. El diferencial entre la inversión en publicidad televisiva de Trump frente a la atracción mediática obtenida se explica por la capacidad de situar, a través de su estrategia en redes sociales, temas en la agenda política. Trump actuó como un influencer.

Esta capacidad de las redes sociales para influir en la creación de opinión pública puede, sin embargo, distorsionar la realidad. En el mundo de las redes sociales, la percepción es la realidad y esto hace que a menudo se sobredimensionen problemas o demandas que no afectan o que no son respaldadas por un número tan elevado de personas. O peor aún, que se minimicen otros más importantes que no acaparan tanta atención. ¿Cómo? Con la diseminación de fake news, la proliferación de bots o el microtargeting, que contribuyen a frustrar la deliberación pública, agravan la polarización política y facilitan la difusión de información errónea. En el caso de las campañas electorales, un partido político puede presentarse de forma engañosa como un single-issue party para cada individuo, con una posición anti-inmigración muy marcada, por ejemplo, y trasladar una percepción sesgada a su potencial votante, porque esta posición no sea una prioridad una vez llegue al poder.

Las redes sociales facilitan la participación en protestas sumándose a plataformas digitales de recogida de firmas, por ejemplo, pero con un nulo compromiso por parte de sus usuarios

Si bien es cierto que posibilita una mayor involucración de los ciudadanos en la discusión pública, existen dos efectos colaterales importantes. Por un lado, la debilidad de esta involucración, relacionado con el fenómeno del clicktivism. Esto es, las redes sociales facilitan la participación en protestas sumándose a plataformas digitales de recogida de firmas, por ejemplo, pero con un nulo compromiso por parte de sus usuarios: muy pocos asumirán los costes de salir a la calle a realizar la misma acción. Por otro lado, se mantienen los sesgos que ya encontramos en las formas de participación convencional: los más interesados e informados son los que más participan.

La difusión de discursos de odio

Internet ha desintermediado, democratizado el acceso y permitido la generación de información, pero también ha abierto la puerta a la generación de burbujas, filtros y cámaras de eco ideológicamente sesgadas que evitan que los usuarios entren en contacto con ideas que desafían su forma de pensar.

Las plataformas sociales viven de la publicidad que pagan sus anunciantes, del número de usuarios que las usan, del tiempo que estos permanecen en ellas y de los datos que se generan a partir de sus interacciones. En ese sentido, los algoritmos tienen como objetivo mantener a los usuarios el mayor tiempo posible conectados. Para ello les muestran lo que considera que puede resultarles más interesante, les reafirma en sus convicciones, los retiene más tiempo o hará que vuelvan más frecuentemente a la plataforma. Esto se produce a través de los filtros burbuja, que interpretan los datos personales de los que disponen (edad, ubicación, gustos…), generan un espacio único para cada usuario, y reducen la diversidad de fuentes de información a las que son expuestos. Combinado con las disposiciones psicológicas humanas, producen una suerte de cámaras de eco que alimentan las ideas preconcebidas, laminan la pluralidad y aumentan la polarización. Al no enfrentarse con las opiniones contrarias, se radicalizan las propias.

Por último, el anonimato tras el que las redes permiten ocultarse a muchos individuos u organizaciones, la dificultad de control por parte de los gobiernos, debido a su carácter descentralizado, la falta de rendimiento de cuentas y la viralidad de noticias, han fortalecido la diseminación de formas de discurso y actuación antiliberales como el acoso y las expresiones de odio, dando lugar a fenómenos como la “cultura de la cancelación”.

Control y censura estatal

Contrariamente a la creencia popular que confiaba en la descentralización de Internet y la posibilidad de mantener el anonimato de sus usuarios, el control por los Estados se ha materializado más allá del mantenimiento del statu quo. Gobiernos autoritarios como el de China o Irán se aprovechan de estas herramientas para someter a sus ciudadanos cercenando sus derechos y libertades. Desde restricciones más directas y duras como el bloqueo o filtrado de contenido, o el cierre de servicios de Internet móvil, a algunas más indirectas y suaves como la realización de campañas de propaganda, contrainformación o desinformación, o la vigilancia. Pero, lamentablemente, algunas de estas prácticas se han extendido a las democracias liberales. Como señalan desde Freedom House, en el último año muchos gobiernos no autoritarios han utilizado como excusa el peligro del coronavirus para justificar el refuerzo de la vigilancia y el despliegue de nuevas tecnologías que hasta el momento se consideraban demasiado intrusivas, como la inteligencia artificial, los dispositivos biométricos y las herramientas de big data. Esto suele estar caracterizado por la falta de transparencia, de supervisión independiente y de rendimiento de cuentas.

Tienen capacidad para echar del mercado a cualquier posible competidor que les quiera disputar la hegemonía, como sucedió con Parler cuando Twitter decidió cerrar la cuenta de Trump

A todo esto se suma el poder cada vez mayor que tienen plataformas como Facebook. Estas empresas facilitan, voluntaria o involuntariamente, la difusión de noticias falsas y desinformación, o noticias que aunque no sean falsas, contribuyen a la polarización, la fragmentación social y política y distorsionan la realidad. Y lejos de perseguir a los generadores de este tipo de estrategias (organizaciones políticas, empresas e individuos) o limitar los algoritmos que las permiten, sus intervenciones trasladan la responsabilidad a los usuarios y se han enfocado en la limitación de la libertad de expresión.

Además, tienen capacidad para echar del mercado a cualquier posible competidor que les quiera disputar la hegemonía, como sucedió con Parler cuando Twitter decidió cerrar la cuenta de Trump y Facebook e Instagram bloquearon sus mensajes durante 24 horas y retiraron el vídeo en el que denunciaba el robo de las elecciones presidenciales. Esto les da todavía más poder para influir en los flujos de información y la construcción de la opinión pública.

En definitiva, las redes sociales, aunque tienen muchas ventajas, se han convertido en espacios de politización de demandas, gracias a su importante carga emocional. Han acabado por “sentimentalizar” y polarizar la conversación pública y la democracia representativa, con los riesgos para la cohesión social, la confianza interpersonal y la cultura cívica que esto conlleva.