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Manuel Alejandro Hidalgo

Opinión

Errar es de humanos

La cultura predominante es que quien asume responsabilidades no se puede equivocar. Sin embargo, lo natural es que quien tiene boca es el que se equivoca

Imagen de una sede de la Agencia Tributaria.
Imagen de una sede de la Agencia Tributaria. EP

Errar es de humanos; rectificar, de sabios. Creo que pocas personas pueden estar en contra de estas palabras. Sin embargo, y aún así, somos bastante intolerantes con el que se equivoca. Muchas veces se piensa que la equivocación es una muestra de incapacidad o de debilidad. Sin embargo, debemos reconocerlo, cometemos errores muy habitualmente, lo que es lógico. Es más, el error es el mejor maestro posible, pues lo que somos y donde estamos es el punto final de un camino forjado en la prueba y el error.

Una vez, hablando con un cargo, le comenté la posibilidad de evaluar una medida que el anterior gobierno había llevado a cabo. El objetivo no era sacar los colores a los anteriores gestores. Solo se buscaba no persistir en el error o insistir en el acierto. Era una medida de política pública con mucha repercusión. Los datos estaban y solo había que elegir hacer el estudio y publicarlo. La respuesta del cargo fue: “¿Y si sale mal?” Obviamente, mi respuesta fue que nos serviría para aprender. Pero que ya alguien, sin responsabilidad directa con la gestión anterior de otra administración tuviera esa idea grabada a fuego en la cabeza, decía mucho. Y es que la cultura predominante es que quien asume responsabilidades no se puede equivocar. Sin embargo, lo natural es que quien tiene boca es el que se equivoca y que, precisamente por ello, su mayor responsabilidad no es no equivocarse, sino aprender de los errores. Nos caemos para volvernos a levantar.

Margen de error

Hasta que no haya un cambio radical en esta cultura nunca podremos abandonar las reticencias públicas a que se evalúen las políticas llevadas a cabo. El argumento es que si el dinero público, el dinero de todos, no es eficientemente gestionado o no sirve para los propósitos marcados, debería reconsiderarse su aplicación. Por el contrario, tememos ser objeto de fiscalización y, además, muy severa. Y es que no ayuda que no sean pocos los que crean que una gestión que no alcanza los objetivos marcados debería, incluso, ser objeto de judicialización. Estas ideas, por suerte, lejos de que sean factibles, no dejan de echar leña al fuego de la sensación de que no cabe margen al error. Y si lo cometemos, lo negamos, aunque sea con evidencia de que lo hacemos.

La Administración, en su objetivo de mejora y reforma, debe promover una cultura favorable a la evaluación

En este sentido, la Administración, en su objetivo de mejora y reforma, debe promover una cultura favorable a la evaluación. Para ello hay que inocular la idea de que en las administraciones existe un deber con la sociedad respecto al manejo de los fondos que han sido obtenidos mediante impuestos. Y que si se va a usar ese dinero obtenido de manera coercitiva, se debe como mínimo rendir cuentas. Y lo que no funciona, abandonarse. Para ello, como he dicho, hace falta un cambio cultural. Pero además hace falta una imposición legal y una reforma del funcionamiento de la gestión pública en su totalidad.

Los objetivos de la norma

Es exigible que las administraciones impongan la evaluación por ley. Que sea una imposición normativa dentro de los objetivos de mayor y mejor transparencia. Para ello se debe prever los organismos que la gestionarán y el mecanismo para garantizar su independencia. Las exposiciones de motivos de estas leyes, nacionales y regionales, deben explicitar claramente los objetivos de la norma y cómo se alcanzará. Debemos abandonar caminos que no han tenido éxito, por no garantizar la independencia (como la difunta AEVAL), o caminos extraordinarios como el que actualmente desarrolla con voluntarismo y éxito la Airef. Hay que dotar de presupuesto y normalizar una actividad evaluadora.

Necesitamos integrar la información administrativa, base fundamental para la evaluación

Pero además hace falta gestionar toda la infraestructura necesaria para lograr este objetivo. Necesitamos integrar la información administrativa, base fundamental para la evaluación. Es necesario, además, prever en cada medida, programa o política a desarrollar la información que necesitaremos, no solo para gestionar el procedimiento administrativo, sino además para poder hacer una evaluación finalista ex-post de esta. Es decir, la evaluación de políticas exige que esta se planee con antelación, tenga los recursos necesarios y que vaya prácticamente a trastocar el modo de gestión pública desde el principio hasta el final. Sólo así será posible dar ese paso.

Evaluar es fundamental, pues no solo implica un compromiso por reconocer los errores cuando se cometen, es ante todo un compromiso con los ciudadanos

Subvenciones, ayudas, contratos, etc. Todo ello mueve miles de millones de euros al año. Muchos sabemos que no pocas tienen su utilidad. Otras, sabemos que no funcionan. Muchas más debemos estudiarlas. Por ello, evaluar es fundamental, pues no solo implica un compromiso por reconocer los errores cuando se cometen, es ante todo un compromiso con los ciudadanos. Es un compromiso de una administración realmente responsable con quienes son sus verdaderos clientes: nosotros.

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