Opinión

A mesa puesta

“Mujeres mayores que dicen “basta” a cocinar en Navidad”. Y me parece fantástico

  • En la cocina, su presencia permanente, su entrega dedicación

Bucear entre los recuerdos no es como abrir el catálogo de los Reyes Magos y seleccionar un juguete al gusto. Una nunca elige lo que guarda del pasado y, sin saber por qué, algunas secuencias de la infancia se quedan largo tiempo macerando en la cocina de nuestra memoria. Hay una, por ejemplo, que vuelve a mí con frecuencia.

Yo tendría entre diez y doce años y, como marcaba entonces la rutina, a eso de la una de la tarde solía siempre regresar a casa. Nada más atravesar la puerta de mi habitación, mi mochila del colegio caía encima de la cama como un satélite a la tierra. Después, me ponía un viejo jersey sobre el uniforme y acto seguido me sentaba a mesa puesta. Recuerdo un día en particular que hacía frío -sería tal vez invierno, no lo sé- y había sopa y filete por menú. Tengo nítido el color anaranjado que aquel manjar le otorgaba al plato blanco, también los garbanzos que parecían caramelos deshaciéndose en la boca y el placer que me proporcionaba meter entre pan y pan el trozo de chorizo que siempre guardaba para el final. Aún hoy me veo en aquel banco de madera que había en el comedor y que se abría y servía para almacenar cosas. El mantel amarillo a juego con la pared, la televisión encendida y la silueta de mi madre que se percibía a través de la cristalera que separaba aquella estancia de la cocina. Ella andaba perdida entre el humo de la sartén en la que freía la carne con patatas de segundo. Porque en esa otra vida se comían dos platos en los hogares. Y postre. Y todo casero. Hecho desde el principio, sin trampa ni cartón de congelado. Y yo observaba atentamente a esa mujer que rondaba los cuarenta y que era aparentemente incansable, capaz de todo y de más. Y yo no entendía, pero hoy sí que comprendo. Vaya si comprendo su esfuerzo, su entrega y su sacrificio, el peso de la capa que llevaba a cuestas como una heroína.

Durante décadas se estableció como norma que una mujer, no un hombre, debía mantener a su prole con la boca llena de alimento fresco y preparado con sus propias manos. Pero, ¿quién pensó en esas personas que se encerraban horas y horas entre fuegos, especias, verduras, legumbres y cazuelas?

De una a tres de la tarde, sus hijos dejaban las clases y volvían a sus brazos para alimentarse a mesa puesta. Como un ritual. Con todo lo que eso suponía. Sin comedores escolares de por medio, salvo en días excepcionales. Y era ese -de una a tres- el mismo tiempo que ella tenía también para hacer un paréntesis en la oficina. Pero, lejos de la pausa, seguía trabajando, cocinando más bien, para su familia. Jamás creo que lo agradecimos lo suficiente siendo aquel otro oficio tan exigente como cualquiera. Hace ya unas semanas, en una tertulia radiofónica, hablaban precisamente de este asunto. De lo poco que valoramos y que valorábamos el hecho de que alguien se encargara a diario de hacernos y servirnos la comida. Durante décadas se estableció como norma que una mujer, no un hombre, debía mantener a su prole con la boca llena de alimento fresco y preparado con sus propias manos. Pero, ¿quién pensó en esas personas que se encerraban horas y horas entre fuegos, especias, verduras, legumbres y cazuelas? ¿Quién pensó alguna vez en todo lo que dejaron ellas? La respuesta es nadie. Aquel era su día a día. Su obligación no escrita. Su fatalidad o su destino.

No hay relevo generacional

Cuántas sobremesas se ha perdido mi madre. Cuántas conversaciones. Cuántos fiestas navideñas, cuántos vinos en familia por estar con el delantal puesto y con apenas una ventana para poder mirar el mundo de soslayo e imaginar la vida más allá de un guiso. Siempre ella, siempre sola en la cocina. También en Nochebuena, Navidad, Nochevieja. “Me he hecho mayor”, me decía recientemente. “No hace falta que hagas nada -le dije-, podemos llevar cada uno una cosa para que no tengas que estar trabajando”. Se empeñó, sin embargo, a sus setenta y pico, en mantener una costumbre que se pierde y contra la que muchas coetáneas ya se han rebelado. Lo leí el otro día en el periódico: “Mujeres mayores que dicen “basta” a cocinar en Navidad”. Y me parece fantástico. Su dedicación se extingue. Es un reflejo de esta sociedad en la que vivimos, de las nuevas rutinas, de los nuevos hábitos alimenticios, de la falta de tiempo. De que lo último que queremos es llegar a casa y seguir en la faena, enfrascadas en un arte, el de cocinar, que quita mucho y se agradece poco. Ya no hay relevo generacional para ellas. 

Es todavía de noche en la mañana. Oigo las gaviotas que merodean el mar calmo, aún descansando como las calles de la ciudad. Cojo temprano un autobús para dirigirme al trabajo y apenas veo a unos pocos paseantes y corredores madrugadores bordeando La Concha. Ayer fue Navidad. Hoy ya no. Y todo sigue. Y todo deja huella por muy pequeña que sea, aunque hay pisadas -en zapatillas, por las baldosas de la cocina- que no daremos ya con tanto ahínco.  

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