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Manuel Toscano

Opinión

Tiempo y desconfianza

Sánchez e Iglesias se encuentran en el punto más dramático del 'juego de la gallina'. Cualquier signo de debilidad resultará decisivo en el pulso de la izquierda

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, durante un encuentro en La Moncloa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, durante un encuentro en La Moncloa. EFE/ Kiko Huesca

Septiembre no sólo da inicio al curso académico, sino que tradicionalmente es el mes de la segunda convocatoria de exámenes. Tras el letargo de agosto, se reanuda también la actividad política. El nuevo curso político depende ahora de lo que suceda en segunda convocatoria con la investidura de Pedro Sánchez. En la última votación del 25 de julio no alcanzó la mayoría simple que necesitaba, lo que abre un periodo de dos meses para formar nuevo Gobierno; de no ser así, iríamos a nuevas elecciones generales en noviembre, las cuartas en cuatro años.

¿Aprobará Sánchez en segunda convocatoria? Que no lo sepamos aún es bien llamativo. Con la actual distribución de escaños en el Congreso de los Diputados, no hay Gobierno alternativo al del partido socialista. Más aún, el candidato del PSOE dispone, con los números en la mano, de tres mayorías posibles para formar Gobierno: una Grosse Koalition con el PP; un acuerdo con Ciudadanos o un pacto de izquierdas con Unidas Podemos, que sumarían 183, 180 o 165 diputados respectivamente. Que los dos primeros escenarios sean impensables políticamente es un claro reflejo del grado de polarización de la política española, o las deficiencias de nuestra cultura democrática. Sánchez se ha limitado a pedir que ambos partidos se abstengan para facilitar su investidura sin contrapartida alguna. De ese modo, como ha repetido incansable, su Gobierno no tendría que buscar el apoyo de las fuerzas independentistas. No deja de ser un mensaje curioso como apelación al sentido de Estado, naturalmente de los demás.

En realidad, como deja claro en la entrevista del pasado fin de semana al diario El País, Sánchez sólo ha contemplado un acuerdo con Unidas Podemos, pero las relaciones con el llamado ‘socio preferente’ tampoco permiten asegurar el éxito de la investidura. El presidente es rotundo al descartar la negociación de un Gobierno de coalición, como propone el partido morado; es la consecuencia inevitable de los desencuentros que hicieron encallar la investidura en julio, sin que ninguna de las partes se recatara a la hora de exhibirlos públicamente. Ahora la oferta es otra: un gran acuerdo de legislatura basado en un ‘programa común progresista’, con Unidas Podemos como apoyo parlamentario pero fuera del Gobierno. Ese sería, en todo caso, el escenario deseable para Sánchez.

Dos factores resultan cruciales en este proceloso trámite de investidura, el tiempo y la desconfianza. Sánchez ha jugado con el tiempo desde las elecciones del 28 de abril, una gestión poselectoral que algunos analistas califican de chapucera e irresponsable. Comparemos por ejemplo el largo proceso de negociación de la gran coalición en Alemania, que llevó meses, con las semanas de inactividad de Sánchez en mayo y junio. Pero la política consiste en jugar con los tiempos y esa ha sido la gran baza estratégica del candidato socialista: apurar los plazos con la amenaza de nuevas elecciones. En la entrevista mencionada, la periodista le pregunta cuándo empiezan las conversaciones con UP y el líder socialista vuelve a repetir que hay tiempo de sobra.

Hacia el choque frontal

La situación estratégica entre ambos partidos ha recordado a algún comentarista lo que en teoría de juegos se conoce como el ‘juego del gallina’ (chicken game). Hay una conocida escena de Rebelde sin causa, repetida en otras películas de adolescentes norteamericanos, que ilustra el juego. Dos jóvenes conductores dirigen sus coches el uno contra el otro para ver cuál es el que se asusta y se aparta antes. O se aparta uno o se aparta el otro, y cada jugador pretende que sea el otro el que ceda. Para conseguirlo un conductor ha de apurar lo más posible, confiando en que el otro se desviará en el último momento, y mostrará en todo momento firmeza u obstinación; cualquier vacilación sería interpretada como debilidad e incitaría al adversario a continuar en la creencia de que uno cederá. En una negociación con este formato las partes tienen un incentivo perverso para adoptar un comportamiento inflexible o temerario, explotando hasta el final el miedo del adversario al choque frontal. El choque puede terminar produciéndose por un error de cálculo, pero es lo último que quieren las partes en liza.

Es bien notorio que Sánchez e Iglesias no se fían el uno del otro, como las negociaciones de julio pusieron de manifiesto

El paralelismo, sin embargo, falla en nuestro caso. Si la colisión es la convocatoria de nuevas elecciones, cada partido afronta de manera muy distinta tal desenlace. Si hacemos caso de las encuestas, Unidas Podemos sufriría una reducción de votos y escaños, mientras los socialistas aumentarían su representación parlamentaria. El actual Gobierno de Sánchez seguiría en funciones hasta entrado el 2020 y durante la campaña sería fácil descargar las culpas por la falta de Gobierno progresista sobre el socio preferente. De ahí la posición de ventaja con la que juega Sánchez dejando que corra el reloj. O cede el otro o va a elecciones que reforzarán seguramente su posición.

Y luego está el papel crucial de la confianza en todo esto. Es bien notorio que Sánchez e Iglesias no se fían el uno del otro, como las negociaciones de julio pusieron de manifiesto. El propio Sánchez lo explica en la entrevista concedida a El País cuando señala que la desconfianza entre ambas formaciones fue la causa del fracaso de la investidura y hace inviable un gobierno de coalición.

Digamos que también juega con el asunto de la confianza, de nuevo en su favor. Que Iglesias quisiera entrar en el Gobierno es prueba de que no se fía del partido socialista, según dice; pero esa desconfianza es incompatible con el buen funcionamiento del Gobierno, luego los de Podemos no deberían entrar en el gobierno. A cambio les ofrece el siguiente arreglo: acordar un programa de acción, con 300 medidas o las que hagan falta, para que lo gestione en solitario un Gobierno del partido socialista. Obviamente, esa opción deja las manos libres al socio en el Gobierno, incluso para incumplir el acuerdo si llega el caso, con el socio subalterno fuera. Dicho de otro modo, como los de Podemos no se fían de Sánchez y Sánchez no confía en quienes no se fían de él, les pide que depositen su confianza en él sin más garantía que un papel. Suena paradójico, además de ventajista.

Por lo demás, el asunto ilustra bien el papel de la confianza como lubricante de la cooperación, del que hay amplia literatura en ciencias sociales. Pues, al igual que hay una espiral virtuosa de la confianza, por la que colaboramos más con aquellos que nos merecen confianza y la colaboración fortalece la confianza mutua, podemos decir que hay un círculo vicioso de la desconfianza. Si uno no se fía de las intenciones del otro, si cree que no cumplirá su parte del trato, que nos engañará o traicionará cuando le convenga, difícilmente se comprometerá en una empresa conjunta, vigilará con suspicacia los movimientos de la otra parte o resolverá no cumplir con la suya si llega el caso. La desconfianza, sencillamente, alimenta la desconfianza. Funciona en la vida social como una profecía que se autorrealiza.

Podríamos lamentar que la ausencia de confianza sea un lastre para la formación del Gobierno y no faltará quien lo haga. Pero sería apresurado. Como alguna vez ha dicho la filósofa Onora O’Neill, la cuestión no es tanto la carencia de confianza en la vida pública o en las relaciones personales, como saber en quién poner inteligentemente nuestra confianza. Ahí está el quid de la cuestión. ¿Es Unidas Podemos un socio fiable para formar gobierno? No lo parece si recordamos su conducta ante la crisis abierta por el independentismo catalán, su defensa del derecho de autodeterminación, o que hablen de ‘presos políticos’ cuando estamos a la espera de la sentencia del Supremo. Los ejemplos podrían multiplicarse, de la Monarquía a la Unión Europea o la política internacional, y Sánchez lo sabe. Lo difícil de entender es que tome por socio preferente a quien resulta una compañía tan dudosa en los grandes asuntos de Estado.

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