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Karina Sainz Borgo

LA POLAROID

Revilla y la mujer barbuda

Entre el ruido del osario de Franco y el mar de fondo de las concertinas, el político cántabro da un Do de pecho e invita a los ciudadanos a hacer cola para fotografiarse con él

Revilla y la mujer barbuda
Revilla y la mujer barbuda EFE

En una semana como ésta era difícil pasar por alto a Miguel Ángel Revilla. En línea con la política de entremés, horno funerario y avión a Bencàssim que ha marcado este verano -¡ay, la moción!-, y que remata ahora con el desalojo a la osamenta de Franco del Valle de los Caídos, la invitación que hizo el presidente cántabro a los ciudadanos para hacerse un selfie con él a las puertas de su despacho es algo así como la sobredosis del número de la mujer barbuda. Una entrega más del traga espada de la cosa pública que Revilla se ha empeñado ser. No es que el asunto esté mal, ¡faltaba más!, aquí cada quien es libre de montar su circo como mejor le parezca. El problema es justo ése: que la imaginación sólo da para el circo.

Telepolítico, campechano a tiempo completo y señor feudal del buenrollismo. Alguien que se mantiene fiel tanto a su amor propio como al que le profesan los ciudadanos. No en vano Miguel Ángel Revilla lleva casi quince años  como presidente de Cantabria. Se lo ha ganado a pulso, sin duda, y no sólo por los pactos con el PSOE. Esa perpetua estrategia de la venta, de no dejar libre ni un centímetro mediático colonizable, lo ha convertido en un hombre pueblo. Revilla: el del taxi y las anchoas de Zapatero, ¡mire qué bien!; el que le confiesa su sueldo a Pablo Motos en El Hormiguero, ¡ah caramba, qué transparente!, ¿no?; el que la gente persigue en romería por la Feria del Libro de Madrid, donde sus libros se venden como panes y las largas colas para que su autor firme un ejemplar evidencian, pues, la eficacia de la vieja estrategia populachera.

En la política de entremés, horno funerario y avión a Bencàssim que ha marcado este verano, remata -por bufa- la invitación que hizo el presidente cántabro a los ciudadanos para hacerse un selfie

Revilla tiene a su favor no ser un recién llegado, ni mucho menos un botarate. Es licenciado en Económicas, con diplomado en Banca y Bolsa. Fundó su propio partido regionalista y ocupó, claro está, el consabido cargo como Vicepresidente de Obras Públicas –una especie de rubro obligado, las obras públicas, en toda carrera política-. Ha sido profesor universitario, el paso previo a la carrera de tertuliano y hombre audiencia que ejerce en La Sexta o allá donde lo necesiten. Miguel Ángel Revilla posee los atributos indispensables para ser percibido como un hombre de bien, aunque en el fondo ejerza su campechanía en detrimento del buen gusto y como parte de una especie de silabario ciudadano: pocas ideas, dichas con palabras muy simples.

El asunto es el mismo: igualar a la baja. Populachear o, lo que es peor, dar brillo a un populismo de baja intensidad

Pedro Sánchez, que es más de Instagram y prefiere ejercer de influencer, podría aprender mucho de Miguel Ángel Revilla, y no por los aprestos mediáticos del presidente cántabro, sino por su capacidad de perpetuarse como presidente de una región, hasta el punto de convertirse en su reclamo turístico. Esa rara fundición que se genera al unir un cargo público y una personalidad pretendidamente carismática. Aunque hay que decirlo: Sánchez anda demasiado ocupado en desmantelar el Senado -ramalazo autoritario- y convertirse en el presidente español que sacó al  Franco del Valle de los Caídos, como para prestar atención a estas minucias de político de provincias.  Sánchez no come sobaos ni toma miel de un pringoso tarro. Lo suyo es más de café en vaso al bajar del Falcon.

Va a ser verdad lo que apuntaba el CIS del año pasado sobre que el 40% de los españoles no lee un libro jamás. Si lo hicieran, si de verdad leyeran aunque fuese los editoriales del periódico más modesto, alguien habría reconocido algo del Chanfalla y Chirinos de Cervantes e inclusohabría pillado ese tranquillo bufo con el que Miguel Ángel Revilla, y muchos como él, se dirigen a los ciudadanos. Gente que emplea el humor grueso y ramplón, acaso porque no  consideran capaces a quienes lo eligieron de entender algo más refinado o porque no pueden –ni quieren- elaborar algo más complejo. El asunto es el mismo: igualar a la baja. Populachear o, lo que es peor, dar brillo a un populismo de baja intensidad. Sacar a bailar a la mujer barbuda, mientras una fila de hombres y mujeres esperan su turno para fotografiarse con el traga espadas. La cosa pública como verbena.

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