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Miquel Giménez

Opinión

Colau no cree en reyes ni teléfonos

Ada Colau, alcaldesa de Barcelona.
Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. EFE

El día que el Mobile World Congress se vaya a Dubái, que se acabará yendo, alguien deberá demandar por daños y perjuicios a los que se hacen los valientes a costa del pan de todos. Los separatistas, sin duda alguna; la que dice ser alcaldesa de Barcelona Ada Colau, también. Son críos jugando con el revólver de papá.

Ahora no te junto

Tengo que decirlo: ni Barcelona ni Cataluña han estado nunca a lo largo de su historia en manos tan incapaces, irresponsables y catastróficas como en las que están hoy. La panda del derecho a decidir por un lado y los podemitas por otro han conseguido en un tiempo récord cargarse todo lo que costó décadas construir. Aquella Barcelona cosmopolita, divertida, culta, con vocación de asomarse a Europa y al mundo, la que se calificaba, y con razón, atracción de forasteros, la de la Feria de Muestras y la Exposición Universal que forjó con singular empeño aquel gran barcelonés que fue don Manuel Ribé - les aconsejo que lean su libro 'Memorias de un funcionario' y, si lo encuentran, verán que es un pura delicia - se ha ido a hacer puñetas. Colgando lacitos amarillos y pancartas en la fachada del ayuntamiento, Ada Colau cree haber cumplido más que de sobras su deber como cabeza visible del gobierno municipal. Sin tener ni repajolera idea acerca de cómo gestionar una ciudad con la enjundia de la capital catalana y poco más que una sonrisa más falsa que un duro sevillano y la mochila bien provista de todos los tópicos provenientes del comunismo más rancio, Colau ha ido destruyendo, uno por uno, todos los logros conseguidos en la Ciudad Condal no ya tan solo por los ayuntamientos democráticos, sino desde que Foronda instauró el primer servicio de tranvías.

Vivimos en una sociedad en la que quienes nos gobiernan son unos niños malcriados, de esos que tiran al suelo el plato porque no les gusta la papilla, pillan berrinches rayanos al ataque de histeria si no se les compra el juguete que exigen o incluso llegan a pegar a sus padres cuando estos no atienden al menor de sus caprichos. La culpa es nuestra. Una bofetada a tiempo cura muchas tonterías, y a esta generación de revolucionarios de boquilla y smartphones caros les hemos estado riendo las gracias demasiado tiempo.

Colau, en un gesto más en su larga lista de irresponsabilidades institucionales, ha dicho que no piensa recibir oficialmente a su majestad el rey Felipe VI con motivo del Mobile World Congress. Que, ya si eso, a la cena si que acudirá, así como al resto de actos previstos. Y se ha quedado tan ancha. Es difícil ser más maleducada, más infantil, más boba y mas inútil. Decimos maleducada, porque la representación institucional que detenta como alcaldesa es la de todos los barceloneses y no solo la de sus votantes, a los que hacía referencia como excusa para no recibir al jefe de estado; decimos infantil, porque al Señor en poco o en nada afecta la petulancia de esta señora, que el rey está muy por encima de ella en dignidad y categoría humana; decimos boba, porque ese pretender siempre quedar bien con unos y con otros es algo totalmente imposible, y menos cuando se ocupa una responsabilidad como la suya; para acabar, decimos inútil, porque con actitudes como la suya, los organizadores del MWC se van a marchar a Dubái, que ya les ha guiñado no un ojo, sino mil, y serán Barcelona y su economía las que acabarán perdiendo. Colau no, porque a ella le pagamos igualmente su sueldo astronómico, lo haga bien o lo haga mal.

Mire, señora Colau, usted confunde la política seria con el patio de su colegio infantil. Ahora no te junto y no te recibo, pero a la hora del bocadillo si que te junto. No es la única que nunca desperdicia la oportunidad de quedar como un cochero. Los de Palau tampoco son mancos en desaires.

A la Generalitat ni está ni se le espera

Boicot. No hay otra palabra para definir la postura que los orates dejados en sus cargos por Puigdemont han adoptado ante el MWC. Por cierto, ninguno de estos separatistas de Hermés y Diagonal Center ha dimitido en protesta de la terrible situación que, según ellos, vivimos los catalanes. Qué cosas.

Acogiéndose a la estupidez que decía Colau, que es la consigna que toda esta tropa sigue, a saber, "Estamos viviendo un momento en el que se vulneran derechos y libertades", no acudirán a los actos previstos ni el secretario general de empresa Pau Villòria ni el de competitividad Joan Aregio. Se ve claramente que ambos apuestan firmemente por las empresas competitivas que, supuestamente, debe ser alguna fábrica textil que fabrique camisetas para la ANC. Si no, no se entiende.

Otro de los que tampoco piensa dejarse ver junto al monarca es el secretario de tecnologías de la información, Joan Puigneró. Dice que el rey ha perdido la legitimidad que esperaban de el a raíz del discurso, cito literalmente, del "a por ellos" del pasado tres de octubre. Ciertamente, occidente entero asistirá a las ausencias de tan preclaros prohombres, preguntándose como es que declinan regalar al mundo con sus presencias ilustres, con angustia y zozobra. Vamos a ver, señores, ¿se puede ser más fatuo, más sectario, más provinciano que estas gentes?

Y no vaya usted a decirles que el MWC es importantísimo o que genera puestos de trabajo o intente siquiera explicarles el formidable impacto que tiene sobre la economía barcelonesa, que les da igual. Les hago un somero repaso a las cifras que desprecian tan olímpicamente, para que se hagan ustedes una idea de su estulticia. El año pasado el MWC acogió, es decir, Barcelona acogió, más de noventa y tres mil visitantes. Eso representa la friolera de unos cuatrocientos treinta y seis millones de euros que se quedaron no tan solo en la capital catalana, sino en el resto de la autonomía. Ese dinero afecta de manera importantísima a sectores como el del alojamiento, el transporte, las compras o la restauración. Es decir, nada de capitales que se van a paraísos fiscales – por cierto, Anna Gabriel está en Suiza, ¿no? - ni mucho menos. Es el taxista, el camarero, el personal de limpieza de los hoteles o los propietarios de comercios quienes se benefician de todo este evento. Lo que yo llamo en términos económicos la fiel infantería. Se trata del impacto inducido, el de los empleados contratados por las empresas proveedoras que pueden gastar gracias a ese trabajo. Vamos, lo que en mis épocas mozas entendíamos como salario directo e indirecto. La microeconomía, señores, la que circula en los barrios, la que, al fin y a la postre, hace funcionar la máquina.

Eso por no hablar del IVA que genera todo este gasto. Pues bien, en la tierra de la que se han ido más de tres mil empresas, esta panda de irresponsables no tiene el menor reparo en boicotear con su chulesca y mendaz actitud un evento por el que matarían en Roma, Nueva York o Londres. Se pegan tiros en nuestro pie, claro, porque a ellos nadie va a descontarles ni un euro de su salario. Cobrarán igual a final de mes, pase lo que pase.

Yo propongo no pagarles ni un céntimo hasta que empiecen a trabajar en serio por los intereses de los ciudadanos. Dirección por objetivos, se llama. Tantas empresas que vengan a instalarse, tanto dinero que se consiga en inversiones, tantos empleos que se creen, tanto cobrarán a final de año. No me importaría nada que se ganasen la vida cual millonarios, porque sería señal de que están cumpliendo su trabajo. Pero largarles una pasta para que se estén tocando los pelendengues y, de paso, nos los toquen a todos, eso sí que no.

No quisiera estar en la piel de Don Felipe, teniéndoles que explicar a los que organizan este evento la clase de gente que votamos en estos pagos. Sería bueno que alguien, quizás el señor Millo, delegado del gobierno, susurrara al oído de estos señores aquello de que buen rey si hubiera buenos vasallos, que ya sé que no es la cita correcta ni somos vasallos de nadie. Si acaso, vasallos de esta grey que nos lleva derechos a la ruina más absoluta. Para que luego me digan que como es  que me niego a tener una república. ¿Se imaginan a Colau de presidenta? Yo sí, porque me gustan las narraciones de horror y soy un gran admirador de Howard Philip Lovecraft. Vota Cthulhu, vota Colau, vota Puigdemont. Es lo mismo. Y que Shub-Niggurath nos pille confesados.

Miquel Giménez



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