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Javier López-Astilleros

Tribuna

Libertad de culto en el Islam: Conciencias humilladas

Un grupo de ciudadanos que profesan el Islam.
Un grupo de ciudadanos que profesan el Islam. EFE

La falta de libertad de culto en la gran mayoría de los países donde el Islam es religión mayoritaria, es una de las señales que indican la debilidad de un Estado, y por extensión, de unos individuos que resultan mutilados en su conciencia, aquel lugar donde nadie debe, ni puede, penetrar.

Aunque la libertad de culto es un precepto coránico: “No hay coacción en religión”, no hay Estado que no manipule la religión para crear un Islam nacional-domesticado. Y esto no es casual: la religión estatal produce sopor y sueño, pero también es un instrumento formidable de propaganda, agitación, y finalmente revolución.

Es cierto que el sentido de comunidad religiosa en el Islam está unido a la carta de ciudadanía, es decir, que un código normativo como el islámico constituye la piedra en la que se erige todo el edificio social. Es fácil entender el pavor que causa cuando un musulmán abandona su religión por otra, lo que equivaldría a una traición a su propio Estado.

Un individuo así provoca enorme zozobra social. Produce más inquietud que aquel musulmán cultural que abandona las prácticas religiosas, y se echa al monte de la disidencia. Es evidente que la furia del converso siempre asusta en todas las partes del cuerpo social.

El monopolio de la libertad de conciencia por parte de un buen número de Estados, alienta a sus supuestos antagonistas. Aparecen así los defensores de la libertad- muchos de ellos confesionales- con el convencimiento de que cuando unos gobiernos-a la defensiva- no toleran la libertad de culto, es que están sustentados sobre una religión falsa y manipulada.

Es fácil entender el pavor que causa cuando un musulmán abandona su religión por otra, lo que equivaldría a una traición a su propio Estado

Ese sentimiento se extiende a miles de ciudadanos de la koiné democrática. Efectivamente, existe la certeza de que la madurez social llega cuando el Estado-Nación no necesita imponer una religión en la que creer.

Esa misma condescendencia ciudadana la encontramos en las instituciones democráticas de numerosos Estados occidentales. Son pocas las voces que piden libertades en países donde el candado está cerrado y, además, vigilado. Es cierto que es una puerta difícil de franquear. Una vez vadeada, ya no hay marcha atrás.

Corren pues los misioneros de todo tipo, héroes dispuestos a ocupar un hueco-refractario y receloso- en el Norte de África y Oriente Próximo.

En la Cabilia argelina, o en el norte de Marruecos, aprovechando la sensación de abandono de su población más marginada, el cristianismo más irredento se cuela por las grietas del Estado. Hoy, miles de misioneros trabajan a destajo con especial frenesí.

Fíjense en Albania; algunos pueblos, en bloque, se pasan a otras creencias, en actos de efervescencia colectiva.

La negación de la libertad y la opinión en países como Egipto o Argelia, es tan poderosa, tan aplastante, que ejercerla supone una heroicidad que se confunde con la temeridad. Y esa coacción es principalmente social. Cuestionar la cultura local islámica equivale a negar a la sociedad misma.

La negación de la libertad y la opinión en países como Egipto o Argelia, es tan poderosa, tan aplastante, que ejercerla supone una heroicidad que se confunde con la temeridad

Los más sensibles a la cuestión religiosa piden reciprocidad. Solo un Estado o imperio que progresa, que tiene confianza en sí mismo, aún y a costa de afrontar riesgos, permite la libertad de culto. Pero decenas de gobiernos-la mayoría-prefieren el orden a la libertad de conciencia, porque erróneamente calculan que esa libertad romperá el status quo y generará inestabilidad.

Por otro lado se puede argumentar que la consecuencia de las colonizaciones establece la lógica del candado. Si fueron ellos los que trajeron las carreteras y los misioneros, las vías de tren y los evangelios, los hospitales y los templos de culto, ¿cómo abrirse a esta posibilidad de nuevo, cuándo en muchos casos los colonos tuvieron que ser expulsados a sangre y fuego?.

Pero el colonialismo no llegó con el único interés de expoliar, sino con el de poner los mimbres del Estado Nación. Y esto se produce en sociedades que desde una perspectiva histórica, han brillado por un urbanismo de carácter universalista ajenas a la lógica occidental.

El control sobre el discurso de los ulemas, y el férreo control policial hasta en el más mínimo pueblo, embrida una disidencia que se ha manifestado en numerosas ocasiones. Pero los Estados que manipulan el discurso religioso, tienen que contar cada vez más con mayor oposición. Como señala Abdullahi An Na’im, profesor de la Universidad de Emory: “los políticos no están ahí para decir a la gente cómo debe comportarse en la vida privada, por lo que no deberían intervenir en los asuntos privados, aunque estén relacionados con la religión. Esta actitud es un ataque tanto a la religión como a la política. En su lugar, la función de un partido islámico debería ser la de crear una ambiente de libertad que permita actuar con una libertad de conciencia”.

El pánico es tan grande, que en la declaración del Cairo de los Derechos Humanos (1990), en su artículo 1, podemos leer:

La humanidad entera forma una sola familia unida por su adoración a Allah y su desdendencia común de Adán. Todos los seres humanos son iguales en el principio de la dignidad humana, así como en el de las obligaciones (para con Allah) y las responsabilidades sin distinción de raza, color, lengua, sexo, creencia religiosa, filiación política, nivel social o cualquier otra consideración. Sólo la verdadera religión garantiza el desarrollo de esa dignidad por medio de la integridad humana”.

Tampoco la más reciente declaración del Consejo Islámico Europeo defiende la libertad de culto en su sentido estricto. En realidad, se trata de una respuesta a la Declaración de los Derechos Humanos (1948). “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Para la declaración “de los derechos humanos del Cairo” el Islam es la religión “indiscutible”, mientras que para la declaración proclamada 42 años antes, no hay constricción alguna en materia religiosa

Es evidente que para la declaración “de los derechos humanos del Cairo” el Islam es la religión “indiscutible”, mientras que para la declaración proclamada 42 años antes, no hay constricción alguna en materia religiosa. En definitiva, tenemos una declaración que rechaza el liberalismo religioso, y lo más sorprendente es que este rechazo se enmarca en el fenómeno de la diversidad. Lo diverso nunca puede ser igual. Mientras que una declaración concentra, la otra diluye. ¿Es este el diálogo de civilizaciones?.

Hoy podemos decir que el dogma de mantener la cohesión social, a través del control religioso, solo atenta contra la propia religión. Erosiona su credibilidad, impone límites humillantes, y ataca los principios básicos que deben de regir en cualquier sociedad. Crea adictos al poder, sostenidos únicamente por clientelas corruptas atadas al ejercicio del poder religioso-político. Así no puede haber diálogo. Y mucho menos de civilizaciones.

Mienten los que sostienen este orden con el objetivo de controlar hasta la respiración de los sufrientes creyentes. Y determina una máxima bien conocida: La religión es un formidable negocio donde se consumen las almas de los creyentes de Estado.



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