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Jorge Vilches

OPINIÓN

Fidel Castro, el dictador consentido de Occidente

Fidel Castro entró en La Habana el 1 de enero de 1959 diciendo que iba a restaurar la democracia, pero el revolucionario tenía otro plan: no dejar nunca el poder.

Hugo Chávez y Fidel Castro.
Hugo Chávez y Fidel Castro. EFE

La vida de Fidel Castro demuestra que los grandes personajes históricos del socialismo y del comunismo fueron burgueses. No hubo obreros que lideraran una revolución o uno de esos partidos “vanguardia de la civilización” que pregonaban, y lo siguen haciendo, la “necesaria superación del capitalismo con la dictadura del proletario”. Fueron siempre burgueses, gente que provenía de una familia sin problemas económicos, o que vivieron sin trabajar por cuenta ajena, desde Karl Marx, Lenin a Mao Zedong, pasando por Fidel Castro. Hubo excepciones, como IosivStalin, pero fueron peores.

El padre de Fidel Castro era un hombre de buena posición, español, y casado con otra mujer. No reconoció a su hijo hasta que éste cumplió diecisiete años. Le compensó con una buena educación y evitando que tuviera que trabajar.

El padre de Fidel Castro era un hombre de buena posición, español, y casado con otra mujer. En consecuencia, no reconoció a su hijo hasta que éste cumplió diecisiete años. Le compensó con una buena educación y evitando que tuviera que trabajar. Cursó los primeros estudios en instituciones religiosas de pago, y le sufragó los estudios de Derecho en la Universidad de La Habana en 1945, lo que entonces era un lujo y aseguraba a Fidel un buen futuro profesional.

Esa vida burguesa no impidió que tuviera ideas izquierdistas, y se unió al Partido Ortodoxo, de ideología socialdemócrata, donde quiso hacer carrera política. Incluyeron su nombre en una lista electoral para los comicios de 1952 a pesar de que estuvo involucrado en el asesinato político del estudiante Manuel Castro. Y cuando se veía diputado electo de la Cámara de Representantes, Fulgencio Batista dio un golpe de Estado. A la represión le siguió la guerra de guerrillas de los opositores, a la que contribuyó Fidel con el mitificado “asalto al cuartel Moncada”, en julio de 1953. Le pillaron y tuvo una condena de quince años de cárcel, donde disfrutó de todo tipo de lujos, y que no acabó cumpliendo. Es más; se afincó en México donde él y sus amigos fueron entrenados hasta que en noviembre de 1956 se embarcaron en el yate “Granma” y llegaron de nuevo a Cuba. Nuevo fracaso “militar”, y refugio en Sierra Maestra.

Ahí comenzó la mitificación de un personaje y de un movimiento de la mano del periódico The New York Times. Las armas contra el dictador, la justicia social, y la utopía de otro mundo posible parecían tan románticos y progresistas, especialmente para esa Nueva Izquierda occidental que hacía la guerra a la generación de sus padres. Sin embargo, el Estado Mayor del dictador Batista, corrupto y enriquecido ilegalmente, igual que hicieron después Fidel Castro y los suyos, había decidido no combatir a “los barbudos” y embolsarse el dinero.

Las únicas cifras claras son las de muertos –unos siete mil-, los encarcelados por su opinión política –hasta 40.000-, y los dos millones de exiliados

Huyó el dictador, y Fidel Castro entró en La Habana el 1 de enero de 1959 diciendo que iba a restaurar la democracia, pero el revolucionario tenía otro plan: no dejar nunca el poder. Hasta EEUU creyó que establecerían un sistema nacionalista e intervencionista. La URSS proporcionó a Castro la ideología y la financiación necesarias que le sirvieron de coartada para establecer su dictadura. No hubiera cambiado nada si Fidel hubiera sido comunista desde el principio: represión, ajuste de cuentas, e ingeniería social. Expropió empresas cubanas, estadounidenses y españolas, y puso al Che Guevara, un asesino, de economista.

Las únicas cifras claras son las de muertos –unos siete mil-, los encarcelados por su opinión política –hasta 40.000-, y los dos millones de exiliados, cuyas propiedades, como casas, coches, dinero y obras de arte se quedaron los privilegiados del régimen comunista. Los Comités de Defensa de la Revolución, en una orwelliana red vecinal, controlaban cada paso, palabra y pensamiento de los cubanos. El resto era propaganda, con una isla repleta de retratos de Fidel Castro, del Che y de la bandera cubana, con ese culto totalitario al líder, en un patrioterismo que poco se compadecía con el desprecio por los cubanos, y con eslóganes publicitarios que hacían y hacen las delicias de los progres occidentales, como el de “Patria o muerte, venceremos”.

Cuba se convirtió en exportadora de “la revolución”, que llevó a Angola y Congo con gran coste humano y económico. También fue refugio de grupos terroristas, como los etarras

El comunismo castrista se benefició de la Guerra Fría. Kruschev utilizó la isla para medir la respuesta de Kennedy, y a cambio mantuvo económicamente la Isla. Cuba se convirtió en exportadora de “la revolución”, que llevó a Angola y Congo con gran coste humano y económico. También fue refugio de grupos terroristas, como los etarras –sí, los “hombres de paz”-, y en modelo para otros dictadorcillos, como Hugo Chávez. Esa emulación llegó al punto de que el caudillo venezolano financiara el mantenimiento de la tiranía en Cuba y, a cambio, los servicios secretos cubanos se ocuparon de la oposición en Venezuela. El paralelismo entre los dos países caribeños es notable: hay sanidad, pero no hay medicamentos; hay información, pero solo la progubernamental; hay supermercados, pero están vacíos. Ahora, los dos son países del Tercer Mundo, desgraciadamente.

Hoy, estos chicos de Podemos, burgueses hijos de burgueses, que jamás han pagado una factura de la luz, adanistas visionarios, despiden a Fidel Castro, el dictador corrupto y sangriento, como a un héroe

El vínculo entre la Nueva Izquierda de los sesenta que veneraba a Castro y al Che, con el populismo socialista que “lloraba Orinocos”, y hacía dinero privado para financiar proyectos políticos aquí, es más que curiosa. La exportación de la revolución, antes comunista, ahora de “la gente”, es una constante en los hijos del marxismo. Esa adoración por los caudillos, que tan bien describió el venezolano Carlos Rangel, como solución autoritaria y totalitaria a los problemas políticos, casi natural, tan arraigada en la América española, está en el centro del planteamiento de la dictadura del proletariado. Del mismo modo, ese totalitarismo que precisa de la ingeniería social para cambiar costumbres e ideas, eliminar tradiciones e instituciones, e imponer otras para crear el Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva, está en el germen de esos proyectos. En el castrismo, el chavismo y el populismo socialista de Podemos.

Y al igual que los chicos de Mayo del 68 llevaban un ejemplar del “Libro Rojo” de Mao en el bolsillo de su parca, y añoraban, con melancolía impostada, ser Guardias Rojos que impusieran su justicia, hoy, estos chicos de Podemos, burgueses hijos de burgueses, que jamás han pagado una factura de la luz, adanistas visionarios, aprendices de ingenieros, despiden a Fidel Castro, el dictador corrupto y sangriento, como a un héroe. Dime tus referentes políticos, y te diré quién eres.


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