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Matthew Bennett

Opinión

Ferdinand, la inocencia y el valor

Ferdinand en uno de los fotogramas de la película de Disney
Ferdinand en uno de los fotogramas de la película de Disney Europa Press

El domingo fui a ver 'Ferdinand', el nuevo dibujo animado de Disney sobre el toro que no quiso ser toreado, con mi hijo. Vi que al crítico taurino de El País le había dado un disgusto la obra nueva. Que un toro, aunque sea uno de fantasía infantil, no quiera luchar y morir en la plaza "es profundamente antinatural" y conlleva un grave peligro para las mentes infantiles y el resto del país: "Y el paso siguiente sería la total desnaturalización de la sociedad actual". La decadencia en pantalla no tiene límites. Es "una mentira como una catedral" y peca de "americana". Lógico, es de Disney. El autor, Munro Leaf, era estadounidense. El ilustrador original, Robert Lawson, también.

Disney hizo otra recomendable versión animada del cuento, que no llega a ocho minutos, en 1938. Parece que el autor tardó menos de una hora en escribirlo y los casi 480 segundos de la versión antigua sientan mejor que las casi dos horas de la nueva. Han tenido que rellenar mucho, inventando personajes nuevos—tres erizos traviesos, tres caballos bailarines—que no aportan gran cosa, y construir largas secuencias de "la vida de Ferdinand mientras", que tampoco. Incluso han creído oportuno meter una especie de 'Operación Triunfo' entre los animales de la granja, y la cinematografía del Siglo XXI incluye varias referencias a la vida moderna, cambiando así de manera explícita la contextualización del dibujo: pierde inocencia y pierde el relato político subyacente del original.

Desaparecen la madre de Ferdinand (la que le deja seguir oliendo flores en el cuento original), los cinco hombres extraños (sustituidos por un chulesco torero andaluz) y los buitres (que algunos estudios relacionan con el fascismo de la época). A cambio, aparecen una niña y su padre (para cuidar de nuestro héroe después de escaparse del malvado cortijo), un matadero para infundir miedo (con una chimenea oscura, cual Auschwitz taurino), y una carrera bovina por las calles de Madrid y la estación de Atocha (cual 'Fast & Furious' sobre cuatro patas). La misión del protagonista ya no es sólo no luchar sino rescatar a sus amigos del campo de concentración (¿'La Lista de Ferdinand'?) y convencerlos de su visión del mundo. Lo dicho, tenían que llegar a dos horas partiendo de ocho minutos.

El Puente Nuevo de Ronda mantiene su papel como referencia geográfica.

La calidad de la narrativa es menor en 2017 que en las versiones de los años treinta, pero el mensaje central sigue siendo el que es—aunque menguado—y el que tanto ha deprimido al Sr. Lorca en El País. Tal vez le guste más la réplica que escribió Hemingway en 1958 (721 palabras, era otra éopca): El Toro Fiel. A ese le daban igual las flores, siempre estaba dispuesto a pelear, y luchaba hasta la muerte, sin piedad y por su naturaleza. Enviado a semental por tener tan buena sangre, se enamora de una sola vaca ("fiel") y entonces es reenviado a la plaza, dónde muere matado por un torero que acaba teniéndole respeto, por fiera: "Que toro más bravo", concluye, mientras, ojo, "la sangre gotea de la hoja de la espada".

Frente a Ferdinand el afeminado aficionado a las flores.

Según qué película, no soy fan de muchos de los dibujos animados nuevos porque pierden esa calidad y criterio narrativas para poder hacer un más amplío uso de las modernas técnicas digitales, pero independientemente de la época, ¿en qué momento hemos hecho dibujos animados con el propósito de enseñarles a los niños la cruda realidad de la vida y que al final todos morimos? En ninguno. 'Toy Story' no es 'Seven', el 'Libro de la Selva' no es 'El Exorcista' y 'Bambi' no es 'El Cazador'.

Si hablamos de realidades humanas, la inocencia infantil es un bien objetivo que cualquier padre quiere proteger, al menos hasta cierta edad. Ya habrá tiempo para muerte y sangre, odio y desesperación, asesinatos y violaciones. Véase cualquier telediario de los últimos meses, o cualquier película bélica, de aventura o de acción hecha en los últimos 10 años: como ya es posible hacer explotar y sangrar todo en la pantalla con efectos especiales digitales, pues lo hacen, y los adultos disfrutamos de esas experiencias vicarias como nunca. Pero con los niños pequeños hacemos bien en alejar esa realidad unos años mientras dan sus primeros pasos, mientras disfrutan de su infancia.

Si hablamos de realidades humanas, la inocencia infantil es un bien objetivo que cualquier padre quiere proteger

Y oigan, si a la vez se trata de enseñarles algún valor, o hacerles reflexionar sobre algo, ¿tan malo es el cuento de un toro que quiere ser fiel a sí mismo y a su propia naturaleza benévola, diga lo que digan los demás, pase lo que pase ahí fuera para impedírselo? Si en estos años en España he aprendido bien las enseñanzas de los amigos más taurinos, la lidia como alegoría, como arte o cultura, va precisamente de eso: el maestro mantiene la compostura ante las vaivenes de esta existencia, ante el espectro de la muerte. Fiel a su estilo, fiel a su arte, fuerte y con coraje. A ver si en Ferdinand el torero es el toro.

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