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Carlos Gorostiza

Opinión

La Euskadi que tanto calló

La batalla no sangrienta del relato es ahora lo que nos preocupa y nos ocupa, porque hay poco de lo que enorgullecerse, y a la clase dirigente le gusta salir siempre guapa en los libros de historia

El ex presidente del PNV Xabier Arzalluz
El ex presidente del PNV Xabier Arzalluz EFE

El comunicado de ETA en el que anuncia su disolución resultó tan previsible como todos los anteriores, salvo en que pide perdón a las llamadas víctimas colaterales, las que nunca hasta ahora merecieron para la banda más consideración que la que se daba a los destrozos físicos que causaban sus bombas alrededor de las víctimas buscadas.

Entiendo que el comunicado pide disculpas al entonces niño que pateó en Rentería una mochila abandonada en la calle sin saber que contenía una bomba que le arrancaría la pierna, pero que nada hay que decir sobre la pierna arrancada a Eduardo Madina con una bomba en su coche. También supongo que la disculpa se extenderá a los trabajadores que murieron en Ordizia por la bomba con la que trataron de matar al concejal Iñaki Dubreuil, que se salvó por metros. La duda es si este perdón alcanza a las víctimas nunca reconocidas, como los jóvenes gallegos asesinados en Francia por ETA o a la niña Begoña Urroz, de pocos meses, la primera persona con la que “se estrenó” la banda en 1960 matándola con una bomba incendiaria en la estación donostiarra de Amara.

Estas víctimas, las reconocidas y las ocultadas, no “formaban parte del conflicto”, según nos dice ahora ETA, y eso deja claro que sí lo hacían los guardias civiles, los policías, los ertzainas, los afiliados a la UCD, los políticos electos, los parroquianos del bar de la Casa del Pueblo de Portugalete, los cocineros civiles del cuartel de Intxaurrondo, los periodistas no afectos, los concejales no nacionalistas, los chefs que no pagaban. 

Hoy ETA ha perdido definitivamente, pero mientras existió, hubo ganadores. Vaya si los hubo, algunos bien conscientes de quién les allanaba el terreno"

Efectivamente, no tragar o no callar ante lo que proponía y defendía el nacionalismo vasco radical te hacía “parte del conflicto”, así que para no serlo mucha gente calló y a lo largo de interminables años de podredumbre tomó forma en Euskadi un discurso biempensante y socialmente muy exitoso, que era a un tiempo protector e inmoral y que a lo largo del tiempo tuvo como algunos de sus eslóganes más significativos “algo habrá hecho”, “tú no te metas en líos” o “ya sabía dónde se metía”.

Esa actitud social expulsó a las tinieblas sociales y políticas a muchísimas personas, de toda clase y condición, y el espacio público que les negaba una sociedad timorata y conformista como es la vasca, fue ocupado por quienes sí se acomodaban a lo que ETA admitía o, al menos, toleraba. Hoy ETA ha perdido definitivamente, pero mientras existió, hubo ganadores. Vaya si los hubo, algunos bien conscientes de quién les allanaba el terreno, como Arzalluz con aquel: Ellos agitan el árbol y nosotros recogemos las nueces, y otros con el engreimiento suficiente para no ver lo evidente, como Joseba Egibar cuando dijo en la tribuna del Parlamento Vasco: A quien perjudica objetivamente ETA es al nacionalismo vasco, y lo hizo delante de los parlamentarios constitucionalistas cuyos escoltas les esperaban en la puerta.

La iglesia vasca, siempre al quite de quien esté ganando la partida, ha pedido perdón esta misma semana conscientes de que también se han dado entre nosotros complicidades, ambigüedades, omisiones, por las que pedimos sinceramente perdón”, para, a renglón seguido, evocar inmediatamente las necesidades de los presos. Tanta prisa hoy como santa paciencia tuvieron antes.

A nadie se le puede obligar a ser un héroe y los vascos no lo fuimos. Lo que no vale es hacerse pasar por uno de ellos cuando la tormenta ya pasó. A ETA la derroto la democracia española y el trabajo y sacrificio de las fuerzas de seguridad. Se consiguió con la ayuda valerosa de muchos vascos, con la abstención comprensible de la mayoría, pero contra la actitud renuente y ventajista de una élite social vasca, económica, religiosa o política, mayoritariamente instalada y acomodada al calor del nacionalismo. Por eso es por lo que la batalla no sangrienta del relato es ahora lo que nos preocupa y nos ocupa, porque hay poco de lo que enorgullecerse, y a la clase dirigente le gusta salir siempre guapa en los libros de historia. 

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