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Natalia Bravo

Opinión

Cuando los votantes no son más que devotos

Los partidos, como se está viendo con el PP, han tomado a sus votantes más por devotos que por personas con criterio capaces de someterles a escrutinio diario

Archivo. Pasqual Maragall y Artur Mas, en una sesión del Parlament.
Archivo. Pasqual Maragall y Artur Mas, en una sesión del Parlament.

Vivimos al trote de la polémica de la semana, incluso del día, en las redes sociales, como si estas dirigieran la actualidad. Ya no importa tanto lo que cuenten los diarios y los telenoticias como lo que indigne en los debates producidos por personas desconocidas en Twitter. Pues bien, ni siquiera ese escenario (algo que puede trastocar nuestra construcción de la realidad) zarandea el inmovilismo de Mariano Rajoy. El actual presidente del país sigue sin asumir algún error en su partido (“el Gobierno nada tiene que ver con esos ayuntamientos”, refiriéndose a Pozuelo de Alarcón y Majadahonda en su comparecencia respecto a la sentencia del ‘caso Gürtel’). Las polémicas que envuelven a su formación política parecen ser un asunto ajeno a él. Nada le afecta, nada le derrumba.

En este caso, sin embargo, se trata de una sentencia judicial la que condena al Partido Popular y no la opinión pública. Si bien es cierto que Rajoy (ni ningún otro político en primera línea) no acostumbra a reconocer sus errores públicamente, que se equivocó o que cometió un delito por el que al menos disculparse, es porque tiene la tranquilidad de que un grueso de la población (en las últimas elecciones fueron 7.906.185 españoles) confía en él para dirigir el país y eso le hace aflojar el cinturón aunque una sentencia les condene. No sé si esa actitud solo se debe a puro cinismo o a una desconexión absoluta de la realidad que le rodea y le aborda, por mucho apoyo electoral que le respalde.

Un ejemplo de la ‘ceguera’ política de muchos electores es el caso catalán, con un partido, la antigua Convergència, implicado en todas las corrupciones pero que mantiene un alto respaldo ciudadano"

En los años dorados del bipartidismo resultaba más fácil identificarse con un partido. No tanto por creer a ciegas en uno de los dos, sino por simple descarte. Si A es mi antítesis, tendré que votar a B. Ahora que las opciones políticas han aumentado, con cuatro grandes partidos, no parece que se escoja por descarte sino con cierto grado de convicción. Y los partidos han tomado a sus votantes más por devotos que no por personas con criterio que puedan someterles a escrutinio diario. Si ellos me resguardan, si su apoyo me blinda, no hay peligro.

No obstante, quede dicho, no es un problema solo del PP. Es un actitud adoptada por todos, y no solo a nivel estatal. Véase cuando la honorabilidad de CiU quedó manchada el día que Pasqual Maragall (PSC) dejó caer en el Parlament de Cataluña aquello de que “ustedes tienen un problema y se llama 3%”. De esa acusación han pasado más de 13 años. En ese momento, cómo no, apuntaron que Maragall tenía un interés por destruir a los nacionalistas, de debilitar a un Artur Mas que había estrenado relevo de Jordi Pujol. Desde entonces, el partido más sólido de Cataluña desde la Transición se ha venido desmoronando al compás de la infinidad de irregularidades cometidas por miembros del partido.

Su Alfa y Omega, Jordi Pujol, confesó haber ocultado a Hacienda dinero; el que fuera tesorero de los ‘convergents’, Daniel Osacar, acabó cubierto hasta las cejas con el ‘caso Palau’, por el que fue condenado a cuatro años de cárcel; la condena por el caso Pallerols, el caso Ferrocarrils, Adigsa… En fin, una innumerable lista de casos que dañaron profundamente a CiU hasta el punto de primero dividir la coalición en 2015 y segundo obligarle a reinventarse en un nuevo partido en 2016, PdeCat, para lavar su imagen.

Con todo, el partido ha seguido contando con un sólido apoyo de la ciudadanía catalana y ha sabido capear lo que consideraron agravios, manteniéndose inalterables en el poder. Para mayor despropósito, no solo ha sido apoyado por sus votantes, sino que ha estado al abrigo de casi todas las fuerzas políticas, del PP en la legislatura de 2010-2012, y de aquellas históricamente antagónicas, como ERC o CUP, a razón de la “lucha” para alcanzar la independencia de Cataluña. Se ha llegado a escuchar al anticapitalista Quim Arrufat, en las antípodas de Quim Torra, defender al nuevo president ante las críticas que lo tildan de xenófobo o machista.

El escudo de las urnas tras el que se pertrechan los líderes de la vieja política también se aprecia en las ‘nuevas’ formaciones, como Podemos o Ciudadanos

No solo partidos de centro derecha reciben esa protección unánime de sus votantes (y de sus díscolos, como Santi Vila). Este escudo que los líderes políticos tienen en sus filas también se aprecia en las ‘nuevas’ formaciones como Podemos o Ciudadanos, aunque sus victorias de momento se cuenten a nivel autonómico o municipal. La cuestionable pureza de la que presumía Pablo Iglesias y que pone en duda todo su discurso político aún está por desvelar si recibirá el visto bueno de las bases. Aunque no se trate de un caso de corrupción, no sé cuánto hay de legítimo en descargar su conciencia en sus bases. Otro que se suma al juego de tratar a los suyos de devotos.

Ciudadanos, que venía a salvarnos de las garras de los corruptos y la deshonra de tantos políticos, ha regateado en los casos de Cifuentes o del PP y solo ha aprovechado para reivindicar esas ansiadas elecciones que cree que ganará. Y sus votantes, obedientes a sus decisiones. El PSOE, que parece sigiloso en todo este terreno pantanoso de la corrupción y la falta de credibilidad, sigue gobernando en Andalucía pese al caso de los ERE.

Este panorama tan “esperanzador” es el que hay. Añadido a eso, lamento decir que erradicar la corrupción es como creer que se puede aniquilar la prostitución, las mentiras u otras miserias que comete el ser humano. Igualmente, nuestra responsabilidad es exigir ese mínimo a los ciudadanos que saltan a la vida política y que aconseja hacer un buen uso de las instituciones, pero parece que eso solo se le reclama a los otros y nunca a aquellos en los que uno ha confiado. Resultará que esa responsabilidad es un mito, porque la confianza en “los nuestros”, como la fe en un Dios, es incuestionable. A pesar de la supuesta indignación que se palpa, nos acomodamos con el menos malo en vez de exigir lo mejor. Y qué bien les va eso a nuestros líderes.



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