Es difícil criticar a Pedro Vera porque es un genio. Lleva varios años dedicado en cuerpo y alma a ilustrar sobre las costumbres que pudren el alma de los españoles, pero que explican, en parte, su idiosincrasia y su encanto. Entonces, uno encuentra en sus páginas la ilustración del botijo de Antonio Tejero -de los que se agarraban para beber por un pitorro inconmensurable- y se le viene a la cabeza el que tenía en casa, recuerdo de Benidorm. Sol, playa, menú del día, hotel sin aire acondicionado, bermudas y poco más. Si la sátira sobre nosotros mismos no nos destruye un poco, es que está mal hecha.

Hace unos días, Vera publicaba una tira cómica sobre la campaña de vacunación de la covid-19 y criticaba la costumbre del personal de hacerse una fotografía mientras recibe el pinchazo. Abrió la puerta del infierno, mostró al lector el contenido y le hizo reír y, a la vez, sentir horrible. Porque las selfie de Pfizer y AstraZeneca, y las manidas bromas sobre la implantación del chip, son horrendas. Son una muestra de la dictadura que ejerce el postureo sobre nuestras vidas. De que la existencia se concibe hoy en día como un inmenso álbum de fotos. No eres nadie si no regalas a tus seguidores una imagen sentado en una silla y con una jeringuilla clavada en el brazo. ¿En qué momento comenzó la decadencia?

Pedro Vera publica sus Ranciofacts en El Jueves, pero se ha convertido en una excepción dentro de la revista. Porque lo suyo es efectivo, pero no así lo que se hace en el resto de las páginas. La sátira ha servido históricamente para disparar a quien ostenta el poder y ridiculizar a quien manda. Es un desahogo inteligente, una eyaculación de frustración que hoy ya no se aprecia en esta publicación, que se ha convertido en un panfleto irrelevante.

La no-sátira de El Jueves

Porque el fin de la sátira es retratar a quien tiene la sartén por el mango. Al Obispo se le dibujaba con una ristra de chorizos escondida bajo la sotana y al ministro franquista, con un liguero bajo el traje. En la revista La flaca apareció durante la Restauración una ilustración con un cartel que decía: “compra de votos al por mayor”; y que estaba junto a la figura de un cacique. Y en 1869, tras la Gloriosa Revolución, publicó una viñeta sobre la búsqueda de un monarca para España con el siguiente cartel: “Se colocan reyes”. ¿Qué mejor muestra de la locura decadente de esta patria?

Hubiera tenido fácil El Jueves retratar en estos tiempos a quienes manejan las protestas callejeras y fijan las lindes que separan lo políticamente correcto de lo incorrecto. Esto último, por cierto, hoy convertido en un acto delictivo para pasmo de quienes opinan que el odio ni se genera con chistes ni se combate de otra forma que con buenos argumentos.

La izquierda, otrora reivindicativa, calla a este respecto porque le conviene. Si El Jueves no fuera agitprop y una publicación de parte, retrataría a quienes han sentado las bases del puritanismo moderno. A quienes celebraron la dimisión del jefe de Opinión de The New York Times por haber cometido la 'gravísima falta' de publicar el artículo de un senador que se opuso a la violencia generada por el movimiento Black Lives Matter.

Puritanos sin control

Una viñeta perfecta de El Jueves la hubiera podido protagonizar la inconsciente que, en marzo de 2020, se manifestó en Madrid con una pancarta que decía: “El machismo mata más que el coronavirus”. O con el personalismo machista de Pablo Iglesias. Pero El Jueves es hoy más que nunca una publicación con adscripción ideológica y no explorará esos terrenos. Sus críticas podrían ser construidas por los guionistas del panfleto de Dina Bousselham. A los periodistas de derechas los llamó 'gilipollas'. Y a Ortega Lara le puso a secar al sol. ¿Y qué hay en la izquierda? ¿Sólo razón?

Dicho esto, se equivoca Vox señalando en redes sociales a su editor con estilo de macarra de barrio bajo. Lo hace porque en su departamento de comunicación hay quien ha sabido de la inteligencia a través del relato de terceros y porque piensa que el “a por ellos” trae algo bueno a largo plazo. Es lamentable que la revista bromee con una víctima del terrorismo, como es Ortega Lara, que, además, ni pincha ni corta en Vox. Pero no es menos patético que esta formación política responda a través de un llamamiento indirecto a que los lunáticos vayan a buscar al dueño de la publicación a su despacho. ¿Para qué?

La receta que emplean ambas partes es sencilla: cuentan lo que su público quiere escuchar. Agasajan a los suyos con lo que más le gusta a los propagandistas, que son los mensajes facilones y fanáticos. Les dan de comer gachas porque llenan el estómago y mantienen la mente al ralentí. Lo más llamativo es que todos ellos suelen tener la piel bastante fina ante las críticas, pues saben que el victimismo hace ganar lectores y votos.

Desconozco quién todavía compra El Jueves esperando encontrar algo inteligente; o una viñeta que no le reafirme en lo que ya piensa. Y desconozco si sus autores son plenamente conscientes de que la transgresión es un recurso que, cuando se practica de forma constante, se convierte en forzada, escasa de interés y pestilente. Lo que está clara es una cosa: entre retratar con sátira a quienes llevan la manija de la sociedad española y hacer agitprop ideológico, han optado por lo segundo. Por eso han perdido interés.