En el número de mayo de Gentleman ofrecemos un selecto abanico de posibilidades para ampliar los horizontes hacia espacios donde el tiempo parece detenerse. Destinos que exploran la ecología y el turismo sostenible, desde el emblemático glaciar Perito Moreno al sur de Argentina hasta las balsámicas playas de Bora Bora, seleccionamos los paraísos terrenales en los que merece la pena perderse este verano.

Bungalows en la playa de Bora Bora, en la Polinesia francesa.

Polinesia

Lujo, calma y voluptuosidad. Los versos de Baudelaire, los cuadros de Gauguin o la película Rebelión a bordo son responsables del aura legendaria que envuelve las islas de la Polinesia francesa. Sin embargo, también en esta ocasión la realidad supera la ficción: todo es extraordinario entre Tahití, Bora Bora, Tetiaroa y Rangiroa, un archipiélago de aguas templadas y cristalinas, con todas las tonalidades imaginables de azul. Para dejarse arrullar por el mar, bucear entre corales o incluso presenciar los banquetes que los pescadores organizan para los tiburones.

Parque Nacional de Nyungwe, en Ruanda.  

Uganda y Ruanda

De Uganda y de Ruanda no se vuelve igual que se llegó: el alma del turista se agita mientras explora las profundidades de su propia naturaleza humana cuando se encuentra frente al inmenso gorila de montaña que allí vive. La expresión de felicidad y de dolor en el rostro, la ternura materna y su forma de usar instrumentos nos hacen pensar, indefectiblemente, que en el fondo no son animales, sino algo mucho más cercano a nosotros. Magia, un salto hacia atrás en dirección al origen de la especie. Los gorilas no son fáciles de ver, sobre todo para los impacientes, los ruidosos, los incautos que olvidaron los prismáticos en la habitación de hotel o los que no están dispuestos a recorrer caminos escarpados y no asfaltados. En ningún otro lugar del planeta hay tal variedad de monos, gorilas y chimpancés como en esta región africana.

El emblemático glaciar Perito Moreno, en Argentina.

Patagonia

Tierra de hielo y tempestad, Patagonia es el extremo sur del planeta habitado o, más bien, el fin del mundo donde el peligro se funde con la poesía. Si no lo creen, lean a Bruce Chatwin y a Luis Sepúlveda o, mejor, descúbranlo con sus propios ojos. Eso sí, se trata de un viaje exigente: sin resistencia física, ropa adecuada o espíritu de adaptación al medio la experiencia puede torcerse. Quien se aventura a conocer esta región no puede darse la vuelta antes de llegar al Parque Nacional de Cabo de Hornos, el lugar en el que la tierra da paso al encuentro salvaje de los océanos Atlántico y Pacífico. Si las condiciones climáticas lo permiten, pueden visitarse también los increíbles glaciares de la Tierra del Fuego.

Imagen del Parque Nacional Julia Pfeiffer Burns, en México. 

Baja California

Al oeste de México, se extiende una franja de tierra de 1.200 km de largo, separada del continente por un golfo llamado Mar de Cortés. Una dura naturaleza ha convertido Baja California en una zona escasamente poblada cuya imagen remite a lo que debió ser la Tierra en los albores de la humanidad. A un lado, el visitante encuentra un semidesierto en el que sobreviven cactus gigantes entre la escasa vegetación. Pero mirando al continente, la extensión infinita de mar habitado es un asombroso lugar en el que los hoteles boutiques ofrecen el cobijo perfecto. 

El monolito de gres rojo Ayers Rock, Australia.

Australia

Para explorar la isla más grande del mundo se necesita tiempo y un plan para priorizar los lugares que más nos interesan, porque abarcarlo todo es imposible. Muchos eligen sobrevolar los 2.600 kilómetros de la Gran Barrera de Coral frente a las costas de Queensland y después alojarse alguna noche en una de las 900 islas esparcidas por esa zona paradisiaca. También resulta muy popular la visita al Uluru (conocido como Ayers Rock), un enorme monolito de arenisca situado en el corazón del árido Centro Rojo del Territorio del Norte, patrimonio de la UNESCO y que más de cien mil personas escalan cada año. Los nativos lo consideran un lugar sagrado y se oponen a su turistificación. Ananga Tours, un operador propiedad de los aborígenes, organiza paseos y excursiones en la zona.

La ciudad fortificada de Khiva.

Uzbekistán

Solo por su nombre merece visitarse; por lo que evoca, por su historia. Hablamos de Samarcanda, la reina del imaginario del viajero, sinónimo de caravanas, especias y aventura. Era una parada irrenunciable de los mercaderes de la Ruta de la Seda que, con sus recuerdos e historias, construyeron un mito colectivo que todavía hoy pervive. En el bazar  actual, situado sobre una colina, sigue flotando el espíritu de la ciudad que apareció ante los ojos de Marco Polo. Menos célebre, pero también indispensable para comprender la Ruta de la Seda, es Bujará, cuyo centro histórico es una inagotable sucesión de colores maravillosos.

Vista área del delta de Okawango.

Botswana

Pocos países pueden rivalizar con Botswana en variedad zoológica y belleza paisajística. El delta de Okawango es uno de los lugares más especiales del continente, si no del mundo, porque el río desemboca en el desierto y allí se ensancha y forma una inmensa zona húmeda donde conviven búfalos, elefantes, leones, monos y un número increíble de pájaros. Están todos juntos, como si de un nuevo jardín del Edén se tratara. Este paraíso está perfectamente equipado para organizar safaris itinerantes con todas las comodidades.