Fotógrafo uno, diseñador el otro, son múltiples las referencias que unen los nombres del alemán Peter Lindbergh (1944-2019) y el diseñador tunecino Azzedine Alaïa (1935-2017). La principal que, encaramados al máximo reconocimiento profesional en sus respectivos campos, tuvieron la oportunidad de colaborar estrechamente en numerosos proyectos durante casi 30 años, hasta forjar incluso entre ambos, y las grandes modelos de la época, la imagen de la moda y el glamur en los años 70 y 80 del siglo pasado. También su contrastada pasión por el negro, que el fotógrafo combinaba con el blanco para acompañar la autenticidad de que siempre pretendió revestir sus imágenes y color al que el diseñador recurría frecuentemente en sus creaciones monocromáticas.

Alaïa y la modelo Linda Spierings, fotografiados por Lindbergh en 1986 en la playa de Le Touquet, en el norte de Francia.

Hay algo más allá, quizás menos palpable pero más sólido, que entrelaza sus trayectorias y explica su interacción creativa: la forma de acercarse a las mujeres, protagonistas fundamentales del trabajo de ambos, desde el máximo y concienzudo respeto a su libertad. Dos frases explican esta filosofía común: “La responsabilidad de los fotógrafos –dijo Lindbergh en alguna ocasión– debería ser liberar a las mujeres, y a todo el mundo, del terror de la juventud y la perfección”. Alaïa, por su parte, afirmó: “Siempre he querido que las mujeres fueran libres. Espero que mis vestidos les den esa ligereza. El mayor cumplido es cuando se miran a sí mismas y me dicen: ‘Me siento libre”.

La colaboración entre ambos creadores es ahora objeto de una exposición, Azzedine Alaïa, Peter Lindbergh, en la Fundación parisina a la que da el nombre el diseñador tunecino, que a su vez ha suscitado la publicación de un libro por la editorial Taschen. Un homenaje, se dice en la presentación de la exposición, “a dos talentos que han escrito una página en la historia de la fotografía y la moda”. “Este libro –explica, por su parte, Taschen–

La supermodelo Naomi Campbell, musa de Alaïa y Lindbergh. París, 1992.

Atendiendo a los orígenes geográficamente tan dispares de ambos creadores, quizás no resultara nada fácil vaticinar que sus carreras acabarían encontrándose. Ni siquiera existen similitudes evidentes en ellas. Mientras Peter Lindbergh –nacido en la Polonia ocupada– veía crecer su reputación en Alemania gracias a su trabajo en la revista Stern hasta acabar instalando su estudio en París en 1978, Alaïa trabajaba envuelto en un aire de cierta discreción, manteniendo sus sofisticadas técnicas en el diseño y creación de prendas femeninas en un apreciado secreto entre las grandes clientes de la alta costura. Pero lo cierto era que el segundo esculpía cuerpos mientras el primero los iluminaba y dotaba de personalidad. Compartían, en fin, inspiración y valores estéticos que acabaron reflejándose en todo su trabajo. Con las grandes modelos y otras divas de la época como protagonistas: Naomi Campbell, una de las favoritas de ambos, Nadja Auermann, Mariacarla Boscono, Anna Cleveland, Dilone, Lucy Dixon, Vanessa Duve, Helene Fischer, Pia Frithiof, Jade Jagger, Maria Johnson, Milla Jovovich, Lynne Koester, Ariane Koizumi, Yasmin Le Bon, Madonna, Kristen McMenamy, Tatjana Patitz, Linda Spierings, Tina Turner, Marie-Sophie Wilson o Lindsey Wixson, entre otras… Si las prendas de Alaïa se convertían en el pedestal sobre los que erigirían su figura, las fotos de Lindbergh, que asentó su fama sobre las imágenes de estas supermodelos, se empeñaban en mostrar su autenticidad.

Azzadine Alaïa y la cantante Tina Turner, fotografiados en París en 1989.

Peter Lindbergh y Azzedine Alaïa no solo compartieron trabajos, también mesa, círculo de relaciones, risas, conversaciones y, por supuesto, ganas de vivir. Y también una amistad, la de Franca Sozzani (1950-2016), legendaria directora de la revista Vogue Italia, presencia influyente en el trabajo de ambos, a la que, de hecho, está dedicado el libro, editado por su hermana Carla.