Mariano Rajoy Brey nació en Santiago de Compostela el 27 de marzo de 1955. Pudo nacer en muchos sitios más, porque su padre, Mariano Rajoy Sobredo, era un joven juez que andaba saltando de destino en destino, y así pasó por Lalín (Pontevedra), Piedrahita (Ávila), Carballino (Orense), Oviedo, León y, por fin, Pontevedra, donde presidió la Audiencia Provincial desde 1969 hasta 1986. Esto quiere decir que el joven Mariano anduvo cambiando de ciudad y de centro educativo con más frecuencia de la habitual, si bien tuvo el privilegio de estudiar en el prestigioso colegio Sagrado Corazón que los jesuitas tenían (y tienen) en León. Allí destacó por dos cosas: por lo alto (mide 1,90) y por lo empollón, porque Mariano Rajoy ha sido siempre disciplinado con el estudio.

Procede de una familia de varias generaciones de juristas. Primogénito de cuatro hermanos, dos de ellos son registradores de la propiedad y el cuarto, Luis, fallecido en 2014, era notario. Mariano sacó las oposiciones al Registro con 24 años, lo que le convirtió en el titular de plaza más joven de España.

Contra la opinión más generalizada, Mariano Rajoy no es un vago. Ni lento de reflejos. Sencillamente, tiene un ritmo vital diferente del de la mayoría de la gente. Se esfuerza en conducir su vida mediante un plan previamente trazado, pero se deja asaltar por impulsos repentinos y aparentemente contradictorios. Es perfectamente capaz, por ejemplo, de estudiar durante meses unas oposiciones muy duras y sometido a un plan casi monástico: de seis y media de la mañana a dos de la tarde, y de cuatro a nueve. Pero también tuvo arrestos para largarse desde Pontevedra hasta Barcelona en autostop y luego meterse en un barco que le llevó a Ibiza, a vivir la vida.

Rajoy parecía destinado a la vida sosegada del registrador, tranquilo, sin prisas... pero le picó el escorpión de la política desde la adolescencia

A los 22 años tuvo un grave accidente de tráfico en Palas de Rei (Lugo). Se quedó dormido mientras conducía y su coche cayó por un barranco. Lo salvaron de milagro. De aquel hecho le quedaron cicatrices en la cara que él, desde entonces, disimula con la barba. Y esto da lugar a un curiosísimo fenómeno: con los años, la barba de Rajoy ha ido cambiando de color (del negro al gris y por fin al blanco), pero el cabello no. El cráneo del expresidente ha permanecido cubierto durante toda su vida por una mata de pelo que parece, en su espesura y sobre todo en su tonalidad, permanente e inalterable como aquellos principios fundamentales que había cuando él se metió en política por primera vez. Eso está, como todos sabemos, más allá de los límites normales de la biología. O es un caso de indudable interés científico, o este hombre es un artista veterano y consumado del Grecian 2000.

Rajoy parecía destinado a la vida sosegada del registrador, tranquilo, sin prisas, subido en la alta rama de su plaza en propiedad (Padrón, Villafranca del Bierzo y finalmente Santa Pola) y alimentándose regular y despaciosamente, porque su trabajo está muy bien retribuido. Pero le picó el escorpión de la política desde la adolescencia. Conservador por parte de padres y abuelos, empezó en un sitio raro: una de aquellas “asociaciones políticas” que, en su tramo final, permitió la dictadura franquista solo para quienes estaban de acuerdo con ella. El post-adolescente Rajoy, con sus gafas de pasta y su cara de pitagorín, eligió la Unión Nacional Española (UNE), un asunto de carlistas como Antonio María de Oriol, José María Zamanillo y alguno más. La presidía el exministro de Franco Gonzalo Fernández de la Mora. Pero en 1976 Manuel Fraga puso en marcha Alianza Popular (AP), una federación destinada a convencer a todo el “franquismo sociológico” (abundante entonces) de que aquel era el sitio en que habían de conservar sus empleos y prebendas. La UNE se sumó, como tantos más. Pero cuando año y medio después, en 1978, Fernández de la Mora y los suyos abandonaron AP, clamando que Fraga y cuantos le seguían eran todos unos rojos, el joven Rajoy se quedó. Los escindidos regresaron a una intemperie política en la que ya no quedaba casi nadie, y se extinguieron. Rajoy, sin embargo, comenzó su lento pero constante ascenso por el tronco del árbol político hasta llegar, años después, a la no siempre robusta rama de la presidencia del Gobierno.

La primera parte de su carrera la hizo en Galicia y a la sombra de Fraga. Los pasos fueron los habituales en los alevines brillantes de cualquier partido: concejal, diputado autonómico, alto cargo del partido, aunque no siempre por este orden. Presidió la Diputación de Pontevedra hasta 1986 (tenía 29 años), y la vicepresidencia de la Xunta de Galicia hasta el otoño de 1987.

Pero entonces se produjo el relevo en Alianza Popular. Tras el experimento de Hernández mancha, que salió fatal, el “patrón” Fraga refundó el partido (entre lágrimas), que pasó a llamarse Partido Popular, y ungió a José María Aznar como su sucesor. Aznar, inmediatamente, se rodeó de gente de su generación. Uno de ellos fue Rajoy.

Después de que Felipe González perdiese las elecciones de 1996, Aznar recurrió a Rajoy para llevar las carteras de Administraciones Públicas, Educación y Cultura, Interior, Presidencia y la portavocía del Gobierno

Es probable que nadie, en la España del último siglo, haya sido ministro de más cosas distintas. Después de que Felipe González perdiese las elecciones de 1996, Aznar recurrió a Rajoy para llevar las carteras de Administraciones Públicas, Educación y Cultura, Interior, Presidencia y la portavocía del Gobierno. Entre 2000 y 2003 fue el vicepresidente.

Pero entonces cambiaron muchas cosas. Aznar tuvo que cumplir su palabra de no estar en el poder más de ocho años. No tenía más remedio que designar sucesor, porque entonces lo de las primarias era considerado aún por mucha gente una extravagancia de americanos. Aznar intentó por dos veces (lo reconoció él mismo) que el designado fuese Rodrigo Rato, lo cual, visto lo que ha pasado y se ha sabido después, es prueba irrefutable del peculiar olfato político del entonces presidente, cercano a la anosmia. Pero Rato rechazó la oferta las dos veces. Y el elegido fue Rajoy.

Se estrenó con una inaudita derrota en las elecciones de 2004. La matanza de Atocha (11 de marzo) hizo que Aznar “impusiese” desde el primer minuto lo que en poquísimo tiempo se demostró que era falso: la autoría de ETA. Habían sido terroristas islamistas, pero el presidente se empeñó en “sostenella y no enmendalla”. Los ciudadanos se dieron cuenta del embuste en el plazo de pocas horas y, después de dos días de indignación, dieron la vuelta a las encuestas e hicieron presidente al socialista Rodríguez Zapatero con más de diez millones de votos. El PP pasó de la mayoría absoluta a la oposición, algo inédito en la historia de la democracia española. Aquel asombroso vuelco tuvo dos grandes frases. Una, de Alfredo Pérez Rubalcaba: “Los ciudadanos españoles se merecen un gobierno que no les mienta”. La otra, de Rajoy a Aznar: “¡Tú y tu maldita guerra!”.

Pero algo más sucedió. La prensa conservadora, en algunos casos con los dos pies metidos en lo que se llama extrema derecha, se empeñó en derribar al gobierno de Zapatero con una furia inaudita. Rajoy, convertido en líder de la oposición, dejó hacer, se dejó llevar. Nadie olvidaba que él era el candidato que había perdido las elecciones. Su distanciamiento de Aznar empezó a hacerse inocultable. Con la ambiciosa Esperanza Aguirre ocurría lo mismo, a pesar de que ambos llegaron a compartir un accidente de helicóptero del que solo el político gallego salió levemente contusionado.

Cuando la crisis económica desatada en 2008 se llevó por delante a Zapatero, que primero no la vio, después no la entendió y al final colapsó lastimosamente, Rajoy ganó por fin (al tercer intento) las elecciones y la presidencia del Gobierno. El largo ascenso por el tronco de la política había llegado a término.

Ningún presidente de Gobierno es feliz en el cargo, pero Rajoy lo pasó quizá peor que los demás. Hombre cordial, de buena voluntad y bien educado, se vio sometido desde el primer momento a presiones terribles

Ningún presidente de Gobierno es feliz en el cargo, pero Rajoy lo pasó quizá peor que los demás. Hombre cordial, de buena voluntad y bien educado, se vio sometido desde el primer momento a presiones terribles, tanto de sus adversarios políticos como sobre todo de sus propios “partidarios”. Ante su voluntad de gobernar civilizadamente, hubo un locutor de la extrema derecha que, desde la radio de los obispos, se complacía en llamarle, asquerosamente, “maricomplejines”; quizá haya sido la última vez que se usó la presunta sexualidad de un político (Rajoy está casado y tiene dos hijos) como insulto.  Es un buen parlamentario con facilidad de palabra, pero sus evidentes nervios, su difícil sonrisa y sobre todo su obsesión por sintetizar asuntos complicados en frases sencillas (las instrucciones de Pedro Arriola) le llevaron a meteduras de pata memorables que provocaban la hilaridad de sus adversarios y, una vez más, de buena parte de los “suyos”.

Aparte del crecimiento casi sublevatorio del independentismo catalán, el trance más grave que hubo de pasar Rajoy en su presidencia fue, naturalmente, el estallido de los sucesivos casos de corrupción en el PP. Luis Bárcenas le señaló –y le señala hoy– como uno de los numerosos destinatarios de los sobornos, cohechos y sobresueldos que él mismo llevaba años repartiendo. La tormenta de los casos Gürtel, Kitchen, Camps y por ahí seguido hasta la extenuación hicieron en Rajoy una mella no solo política sino también personal. Acentuó su tendencia al ensimismamiento, a la inacción, a un laissez faire, laissez passer que no tenía nada que ver con la máxima del liberalismo sino con la falta de capacidad resolutiva ante los problemas; algo que sus adversarios (también los “de dentro”) llamaban pereza, y que el político gallego no había padecido jamás; o “dontancredismo”, que sí se le había visto más veces. A pesar del cuero criado en la piel política durante décadas de pelea, en aquellos tiempos se le veía sufrir. Parecía tener miedo. Eso se vio con claridad en su empecinamiento en negar la realidad tras la parodia de referéndum que organizaron los secesionistas catalanes el 1 de octubre de 2017.

La corrupción fue el pretexto (pero era un pretexto real) usado por prácticamente todos los partidos de la oposición parlamentaria para armar contra él una inaudita conspiración de equilibristas y ganar una moción de censura: 180 votos frente a 169 sacaron a Rajoy de Moncloa. Él y los suyos pasaron aquella tarde del debate (la última de mayo de 2018) encerrados en un restaurante. Alguien que allí estaba dijo después que el presidente, de costumbres moderadas salvo en su afición a los habanos, bebió casi con desesperación durante aquellas ocho terribles horas, de las que salió con la cara desencajada y los ojos húmedos.

Nadie como Mariano Rajoy ha dejado la presidencia del Gobierno con tanto alivio personal y con tanta discreción. Ahora sí ha asumido el papel de “jarrón chino” que no abre la boca. Ahora sí se dedica a la descansada vida del registrador de la propiedad que huye del mundanal ruido, primero en Santa Pola y después en Madrid. Ahora sí que tiene tiempo para ver pasar el tiempo. Tan solo Bárcenas, el “fuerte” Bárcenas, se acuerda de él para buscarle las cosquillas con un careo sobre sus “papeles” que probablemente no se producirá, porque a los jueces españoles no suele gustarles mucho el circo. Mientras eso llega o no llega, Rajoy está en su rama, tan tranquilo.

El perezoso

El perezoso es un animal folívoro o filófago. No hay que confundirlo con el llamado “oso perezoso” u "oso bezudo” del Indostán, que es, efectivamente, un plantígrado. Este no. Este es un mamífero que nada tiene que ver ni con los osos ni tampoco con los primates. Y habita en las selvas de América central y del Sur.

Varias características son propias del perezoso. La primera es, desde luego, su exasperante lentitud. Se mueve despacio, con paciencia infinita; va trepando por el tronco del árbol a veces durante horas enteras y al final, cuando llega a la rama que le gusta, se pone a hacer lo que mejor sabe: comer. Zampa constantemente. Se alimenta de hojas. Estas tienen pocos nutrientes y encima el perezoso las digiere con dificultad, de ahí su lentitud… ¡o no! Porque el perezoso, en su fuero interno, seguramente está convencido de que él va a la velocidad correcta; que los que van como locos son los demás. En cualquier caso, dosifica muy cuidadosamente su energía.

Cambia de árbol a su ritmo y cadencia, pero frecuentemente. No tiene preferencias especiales: lo mismo le da el áspero árbol interior que los más cómodos de la cultura o de la presidencia. Sus más peligrosos depredadores son las serpientes radiofónicas, pero hay muchos más, entre ellos los seres humanos de casi todos los partidos, los pumas rojos, los jaguares morados y todo género de halcones periféricos a rayas. Parece mentira que un animal tan calmado haya llegado a ganarse tantos enemigos.

Llaman la atención del perezoso, además de todo lo dicho, dos cosas. Una, su curiosa coloración capilar, sobre todo en la cabeza, que hace que algunas veces no se sepa bien si está del derecho o del revés. Y la otra, su configuración facial. Tímido como es, reacio al estrés y a las preocupaciones, parece sonreír constantemente. Pero no es verdad. El perezoso no sonríe. Es así de guapo, eso es todo.