Algunos críticos reseñan libros como si fueran islas: tratando a cada texto como si nada quedara fuera, reduciéndolo a sí mismo, envasándolo al vacío y aplicando el mismo método a la lectura que a la crítica gastronómica; desenvolviéndose igual con un manuscrito en la mano que con un chorizo. Pensar que algo puede valer por sí solo, desposeído de todo vínculo, es una enfermedad muy turbocapitalista; la metodología con la que escriben muchos críticos, obligados —por falta de tiempo— a no leer más que la nota de prensa y su contraportada, también.

Poco podrá sorprendernos que casi nada se haya dicho sobre lo que une a tres libros publicados en algo menos de un año y escritos por uno de los matrimonios —en pretérito— más importantes de la literatura española contemporánea: por un lado, La nueva masculinidad de siempre (Anagrama), de Antonio J. Rodríguez; por el otro, Caliente (Lumen) y Poesía masculina (La Bella Varsovia), de Luna Miguel. Se han redactado muchas entrevistas superfluas a un autor y al otro, pero análisis cruzados de estos libros construidos en paralelo no abundan. Y, sin embargo, es imposible entender sus verdaderos posicionamientos e intuiciones sin elaborar una imagen global, que necesita la coordinación de formas más o menos parecidas a la poesía, el ensayo y la novela. Vaya en ese sentido esta tentativa de crítica triangular, alejada de cualquier tipo de programa del corazón literario o careo con rumores de poco valor; descubramos comparando si estos tres libros tan gozosos de verdad hablan del poliamor (y de su final), o si lo que está en juego es otra cosa.

Defender el poliamor o defender a los hombres

Las primeras páginas de La nueva masculinidad de siempre esbozan una defensa del poliamor o del amor plural, por hablar de él casi en términos eufemísticos: una liberación del deseo que llama a multiplicar las parejas sexuales, duraderas o efímeras. El ensayo, claro, no se reduce a eso: su defensa del slalom sirve para establecer un enlace de parentesco con Eloy Fernández Porta, ensayista cuyas formas imita con mayor o menor tino, saltando de un concepto a otro sin desarrollos demasiados profundos; el poliamor, por rico que sea el tema, no ocupa más que las primeras páginas, con varios argumentos en su defensa.

No son argumentos demasiado sólidos. El primero es probabilístico-estadístico: sería hipócrita denigrar el poliamor cuando, según los datos, la gran mayoría de la población finiquitará tarde o temprano sus relaciones y se verá, incluso en ellas, atraída por otros cuerpos que no son el de sus parejas. Esto lleva al autor a construir un enfrentamiento entre una supuesta naturaleza humana deseante, castrada, frente a las constricciones culturales que harían que las relaciones afectivas se desarrollaran bajo otras pautas y guías. El reflejo, por perezoso, es etimológico, y Rodríguez lo liga a cuestiones etimológicas: la infidelidad es negativa por romper con la fidelitas cristiana, igual que el adulterio o los términos de fuckboy o fuckgirl.

Rodriguez ignora gran parte de lo que hace que el poliamor pueda suponer otra trampa más para las mujeres, liberando a los hombres

Aunque el autor no tenga problemas en otros momentos en no mostrarse demasiado crítico con muchas construcciones culturales capitalistas, otra de las grandes defensas de lo poliamoroso viene por un deslizamiento de sentido o metáfora: el hecho de establecer relaciones exclusivamente con una persona vendría por una supuesta concepción colonial del otro como “territorio”, en un sentido patriarcal; este “territorio afectivo” es de alguien y exclusivamente de esa persona. Pero esta abstracción sirve para negar lo inmediato y olvidarse de la necesidad de cuidar las relaciones: concebir la limitación de lo amoroso a una persona como una relación de posesión es no tener en cuenta un marco en el cual las relaciones han pasado de ser propiedades a ser objetos de consumo. Y, en esto, ignora gran parte de lo que hace que el poliamor pueda suponer otra trampa más para las mujeres, liberando a los hombres… igual que han estado liberados toda la vida dentro de lo que Rodríguez llama la realpolitik burguesa, con amantes más o menos aceptadas, pero con mayor censura si quien ama es una mujer.

Lo peor del ensayo, después de esta primera parte, es su acumulación de ideas que quedarán demodés en apenas unos años, esbozadas desde el punto de vista de alguien que vive a través de las generaciones próximas para redimirse de sus pecados propios: sirvan como ejemplo la afirmación de que la generación Z es la más abstinente hasta la fecha, rechazando supuestamente el alcohol, “el vodka y la cocaína”, o aquel párrafo que abre diciendo que “la espiritualidad es un tema más o menos desterrado de nuestra conversación”… ignorando la vivacidad con la que debates sobre el cristianismo aparecen en la esfera pública contemporánea.

La distinción entre lo vivido y lo político

El ensayo de Antonio es, al final, más interesante para ver en qué puede ser respondido por los libros de Luna Miguel que en sí mismo. El mito capitalista del hombre hecho al sí mismo, curtido en gimnasio y veganismos, es destrozado por Poesía masculina. En el poema “Tengo 50.000 euros en el banco”, la autora, colocándose en el lugar de enunciación de Rodríguez, explora su ascensión social de clase. “Cincuenta mil / pavos cómo te quedas criajo cuántos billetes de autobús / a tomelloso son eso cuántas descargas ilegales de rap nórdico”: la transmisión de la masculinidad va ligada a los hábitos de una clase social baja, que aparece al principio del poemario de Luna casi como una maldición. Un jovencísimo Antonio se dice que él nunca será así, como su familia y, particularmente, como su padre; busca convertirse él mismo en el hombre al que lleva “toda la vida buscando […] imitar”. Tristemente para el sujeto lírico, transposición de Antonio J. Rodríguez, no se podrá escapar de las cadenas de la hombría o de lo masculino: es “hombre al fin y al cabo”, con los abusos a ello ligados.

Es el mismo Antonio J. Rodríguez imaginado el que afirma, en referencia al poemario La belleza del marido, de Anne Carson, también citado en La nueva masculinidad de siempre, creer “ciegamente en la serenidad y en la pulcritud”, reflejo de una estilística y estética presente en el ensayo. Aquí radica la gran diferencia entre los estilos de Luna Miguel y de su exmarido, por ella enunciada abiertamente. El ensayo-novela de Miguel se inscribe perfectamente en una tendencia explorada por autoras como Olivia Sudjic, Maggie Nelson, de quien dice tomar la estructura, Marguerite Duras, de quien toma la brevedad, o Annie Ernaux, de quien toma el calentón: su perspectiva es situada, su reflexión expansiva y en diálogo. En cambio, el ensayo de Rodríguez cultiva una cierta asepsia, salvo en momentos en los que habla, por ejemplo, de la paternidad de su hijo. En otros libros, particularmente en sus novelas, lo que Antonio elaboraba eran trasuntos de su vida real, ficcionalizados, con vínculos difícilmente rastreables; por contraste, Luna Miguel construye la realidad descarnada de su vida en su obra y no deja nada sin confesar. Así, Caliente nos ofrece también herramientas para reinterpretar sus obras anteriores, explicando que, en su primera novela, El funeral de Lolita (2018, Lumen), lo que ponía sobre el papel era “su propia historia de abuso vivida en el instituto”, o hablando de un relato de ficción para Cuadernos de Medusa (2018, Amor de madre) como el ejercicio de sublimación del propio vídeo de su violación.

Ella expandirá el deseo hacia sus amigas y experimentará con la bisexualidad, pero encontrará mayor liberación en la masturbación

Caliente abre in medias res, en el momento en el que Antonio “le rompió el corazón”, fórmula varias veces repetida en el texto: se hablará del año en que Antonio le quebró el pecho como aquel en el que expulsó “la mayor cantidad de fluidos de su cuerpo”, o bien de los días en los que creía tener su corazón roto como aquellos en los que comenzó “a desnudarse a diario, colocando un espejo grande en la cabecera de la cama”. Pero la herida, y el principio de la separación, tiene también para Luna una vocación emancipadora, y le permite desvincularse de la mirada masculina: explica cómo, cuando su marido entonces regresaba a casa, le lanzaba un cumplido, pero a ella ya no le hacían falta para creerse su belleza (y su melancolía).

Una de las cosas más interesantes de este período es la racionalización de la ruptura y la búsqueda de una narrativa o incluso andamiaje teórico capaz de sostenerla. Así, Luna cuenta cómo empezó “a leer manuales de poliamor, ensayos sobre el fin de la monogamia, la sexualidad femenina, los autocuidados, poemarios, novelas y memorias de escritoras divorciadas” para lidiar con lo que en ese momento era su situación personal. Expandirá el deseo hacia sus amigas y experimentará con la bisexualidad, pero encontrará mayor liberación en la masturbación.

El amor plural en expansión, al final, por más que se construyan “planos mentales, definiciones y guiones detallados” con Antonio, existe más como pretexto y análisis de un “momento en caliente” que como propuesta teórica o receta real para los demás. La estructura, en realidad, es bastante clásica: partimos del trabajo de gestionar una ruptura para llegar al encuentro de una nueva relación, con Ernesto, al que besa por primera vez para “experimentar un orgasmo muy raro”. El ensayo-novela acaba construyéndose como un prefacio a lo que vendrá después, como una manera de darse cuenta de lo que sería necesario: uno de los diagnósticos más certeros de la autora es cuando habla de su dolor no como “un disgusto del presente”, sino en tanto que “la contracción del músculo al eliminar recuerdos lamentables del pasado”. Y la versión definitiva de esta purga, quizá la más interesante, será la presente en Poesía masculina.

El fin del (poli)amor

Hay una cierta impostura en lo masculino que afirma el amor plural como una manera de conquistar cuerpos: parecería que lo deseado fuera, en realidad, simplemente expandirse a más territorios. Luna abre Poesía masculina con una cita a Michel Houellebecq, que declara, muy solemne, que “los hombres sólo quieren que les coman el rabo, tantas horas al día como sea posible, tantas chicas bonitas como sea posible”: tanto viaje por los supuestamente rompedores campos del terreno poliamoroso para acabar definiéndose en estas consideraciones clásicas.

Sé que no estamos haciendo nada revolucionario / tal vez solo estemos dejando de querernos”

La triangulación de los tres libros nos lleva a considerarlos como la narración de una ruptura. Que acaben convirtiéndose en esto y no en una defensa del poliamor no implica que toda tentativa de amor plural esté condenada de antemano, o que tenga por destino fracasar: simplemente nos permite quitar el velo y descubrir cuál es la verdad de los textos. Y una cierta experimentación puede ser liberadora y agradable, aunque luego se caiga en fórmulas clásicas: la Luna Miguel narradora de Caliente, que experimenta con todo ello, parece decididamente más feliz y satisfecha que antes de esos descubrimientos.

Pero la conclusión sublime de Poesía masculina, que ya había aparecido en un fanzine profético, publicado en 2020 antes que cualquiera de estos libros bajo el título de Mesita de noche, parece dictar sentencia. “Sé que no estamos haciendo nada revolucionario / tal vez solo estemos dejando de querernos”: una de las grandes fuerzas de la voz de Miguel es su nula voluntad de dictarle a los demás qué tienen que dejar de hacer y qué no, decidiendo explorar solamente todos los rincones de su vida, removerlos y revelarnos su verdad sin querer imponer a nadie sus modelos. Tanta sinceridad deja demasiado al desnudo algunos intentos excesivos de intelectualización del poliamor presentes en La nueva masculinidad de siempre, que sí tomaba un cariz mucho más impositivo al enunciar, como comentábamos, que las relaciones tradicionales serían una forma de colonización: detrás de tanta teoría tomada de terceros se ocultaba el intento de salvaguardar los restos de un naufragio sentimental.

El final del libro, como inventario, es desolador: cuenta el Antonio ficcionalizado por Luna que “había una libreta donde anoté / todas las veces en las que su rostro gozaba / todas las veces en las que mi pecho reía / todas las veces en las que dije esto siempre debería ser así”. Una de las virtudes de estos libros —que no revelan grandes verdades ocultas, ni hacen temblar los cimientos sobre los que se construyan las relaciones del resto del mundo—, particularmente de los de Luna Miguel, es mostrar con tanta generosidad el duelo de un largo amor, de un gran “proyecto en común”, y la duda radical que subyace cuando se plantea si algo como lo que tuvieron volverá a ser posible con otro. Ella se desnuda a sí misma y desnuda a Antonio como seres más o menos frágiles, que se justifican, que buscan amar: revela su humanidad y la de aquellos que la rodean. Hay quien ha escrito sobre el poemario de Luna, hinchado de sí mismo, que la voz masculina de la autora resulta impostada, casi implicando que tendría que dedicarse a narrar intimidades en lugar de divagar sobre las relaciones entre sexos, comparándola despectivamente… ¡con Beyoncé! Miguel es capaz de hacer ambas cosas, particularmente con Poesía masculina, probablemente uno de sus mejores textos, superando tanto a su Caliente como a La nueva masculinidad de siempre de Rodríguez, capaz de iluminar todo el triángulo literario con luces nuevas.