Cultura

Nadal Suau: “El poder puede tomar formas amables y no por eso deja de ser poder”

El escritor y profesor mallorquín publica 'Temporada alta', uno de los libros más inquietantes del año

Nadal Suau, escritor, retratado por Alejandro Maestro.
Nadal Suau, escritor, retratado por Alejandro Maestro.

Vivimos tiempos de homogeneización. Por culpa de este proceso, el crítico cultural Josep María Nadal Suau (Palma, 1980) ha podido escribir un ensayo sobre Mallorca con capacidad para apelar a casi cualquier habitante de una ciudad de Occidente. “El libro presenta Palma como un campo de pruebas del fin del mundo”, dijo el periodista Carlos Pardo en la presentación, reciclando una frase del pensador austriaco Karl Kraus. “Las tres presencias de mayor peso en el texto son Albert Camus, J.G. Ballard y Audre Lorde” , advierte, así que igual podemos encontrar distopía que mirada moral. La parte principal de Temporada alta (Sloper, 2019) analiza el turismo como metáfora ineludible de nuestra época, sin esconder el papel de Franco, las molestias que genera un gueto gitano ni los encuentros con una estatua de Miró de significado mutante, que lo mismo sirve de photocall plebeyo que de adorno en un centro estudios de Washington dedicado a extender el neoliberalismo.  Imaginen que les invitan a una boda de postín para ejecutivos de la City de Londres y ustedes fantasean con hacer ‘balconing’ para vengarse del turismo de borrachera británico y de los estragos de la especulación financiera. Estamos ante ese tipo de libro, así que se acumulan muchas preguntas, que el autor contestó para Vozpópuli.

Hay una frase que podría resumir el libro: “Vivimos en una promesa constante de futuro y en una imposibilidad de futuro”. Parece que una parte de la sociedad se ha dado cuenta y ha virado a posiciones reaccionarias, mientras que los progresistas cada vez tienen más dificultades para colocar su mercancía ideológica.

Creo que todos podemos sentir una cierta tentación reaccionaria en algún momento. Yo soy profesor, y cuando asisto a cursos de formación docente en los que me proponen como solución a los males del sistema que me ponga a bailar, gesticular como un ‘clown’ o lanzar una pelotita a los alumnos para estimularlos a intervenir, bueno… Por unos minutos, ardo en deseos de restituir El florido pensil. Luego se me pasa, naturalmente, pero el ejemplo quiere poner el dedo en la llaga de los componentes de farsa de ciertas soluciones pretendidamente progresistas; es difícil seguir creyendo en la buena conciencia de clase media y sus medidas cosméticas, cuando ya no pueden sostener ni la apariencia de un Estado del bienestar. Si traslado esto al tema del libro, es decir, la ciudad sometida a la tensión de una industria global como la turística, el resultado es que, efectivamente, los vecinos no tienen muchas razones para no esperar nada distinto de un Gobierno progresista que de otro abiertamente ortodoxo. La pelotita en el aula del ciudadano, ese resorte reaccionario, puede ser una caca de perro frente a su portal, los contenedores saturados en temporada alta, el ruido de un piso anexo… Pero no quiero sonar blanqueador: el reaccionarismo es un error en todos los sentidos posibles, una acumulación de mezquindades.

"Los pedagogos que me enseñan cómo tratar con mis alumnos son neoliberales y no lo saben. Lo mismo ocurre con buena parte de los dirigentes de izquierda en España", lamenta

Ser reaccionario es un error…¿sin matices?

Otra cosa son las posturas antimodernas, que no construyen enemigos ficticios ni contribuyen a la desigualdad, pero sí descreen de cualquier idea tecnócrata de progreso o de los grandes relatos históricos. Cristóbal Serra, el autor al que dediqué mi tesis, era un antimoderno de tomo y lomo, una postura que resumía con su admiración al asno: un animal que es todo lo contrario de la ambición, la velocidad o la conquista. Paradójicamente, también me interesa la ambivalencia del pensamiento aceleracionista, que tiene cierto peso en Temporada alta, con su mezcla de fascinación perversa por el capitalismo y voluntad de hacerlo saltar por los aires a fuerza de tensar sus contradicciones y sus ritmos. De todos modos, estoy yendo muy lejos cuando mi libro es más literario que político, o mejor dicho, es político sobre todo en su concepción de la estructura y el tono literarios.

Su ensayo analiza el lenguaje de la disidencia, pero también el del sistema. Encuentra una expresión muy potente (“prosa exculpatoria”) para describir como los agentes con poder ocultan activamente las consecuencias de sus acciones. Además pone ejemplos: “Un ayuntamiento progresista dijo que iba a salvar un barrio abocado a la degradación, y para lograrlo envió a tres grafiteros que cubrieron dos o tres vallas con dibujos amables. Nunca pasó nada más”.

Déjame volver a los pedagogos que me enseñan cómo tratar jugando a mis alumnos: son neoliberales y no lo saben. ¡No se dan cuenta de que hablan como un gurú de Silicon Valley! Y ocurre lo mismo con buena parte de los dirigentes de izquierdas del país. Entonces, lo primero que debemos hacer es reconocer que el poder puede tomar esas formas amables, y no por ello deja de ser poder. Lo segundo, ir a los márgenes, a la periferia, y hacernos fuertes allí, tejiendo complicidades y afectos, sin pretender que ganaremos la guerra en dos días, porque no lo haremos. Hay que desarrollar una mentalidad de resistencia y de razia, y sostenerla conalegría y con descaro. 

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Dice que Houellebecq tiene razón cuando señala a Franco como pionero e impulsor del turismo de masas. También hemos adoptado con entusiasmo general Airbnb, que es otro agente de colonización turística que nace el año después de las crisis global de 2008. ¿Es España la vanguardia entusiasta de la turistificación?

Desde luego, España ha sido un punto de vanguardia para la industria. Los hoteleros mallorquines están entre los mejores del mundo, todo el mundo lo considera así en su ramo. Y ocupan ese espacio, sobre todo, por su talento innato para el control de costes. Es decir, entre otras cosas, por su talento para no pagar ni un céntimo más del que puedan lograr racanear a sus empleados. Ellos crearon un modelo, ellos lo exportaron, y también han tenido la plasticidad y la jeta necesarias para apropiarse de algunos tópicos del ecologismo cuando han visto que la vieja encarnación de su modelo de negocio quedaba obsoleta. Una de las perversidades inherentes a la escritura de Temporada alta es que, por mucho que yo sospeche o desprecie el modelo turístico mallorquín, lo cierto es que puedo hablar del mundo en 2019 sin moverme de Palma, con pleno conocimiento de causa, gracias a ese turismo: nuestros conflictos son equivalentes a los de cualquier centro del mundo, a veces incluso los experimentamos antes. Claro, esto es muy estimulante para un cronista o un escritor, a condición de que no se engañe a sí mismo enmascarando la realidad.

"El libro es una crónica de la tensión entre arraigo y desarraigo, además de la contradicción de que cuando los procesos urbanos me expulsan del centro yseo ya no quiero r del centro", explica

Diría que la idea principal del libro es que el desarraigo se ha convertido en la norma. Usted confiesa al lector decisiones personales como no viajar, a no ser por imperativo profesional o porque tenga un amigo en el destino con quien vivir una visita que tenga sentido humano. ¿Estarse quieto y reforzar vínculos con el entorno es una estrategia de resistencia?

Sí, quizás esa sea mi convicción más absoluta ahora mismo. En la presentación que Carlos Pardo hizo del libro en Madrid, llegó a decir que yo sacralizo esa idea del vínculo personal. Lo decía como elogio, creo, y me encanta. Temporada alta, que en efecto es la crónica de la tensión entre arraigo y desarraigo, también es la historia de un doble movimiento en mi relación con la ciudad: al mismo tiempo que el turismo y la especulación inmobiliaria me echan del centro, yo experimento un proceso de puesta en cuestión de mis presupuestos vitales. Yo ya no quiero ser alguien del centro, es decir, alguien ajeno a las periferias culturales, económicas y sociales de la ciudad; quiero ser otra cosa, y quiero serlo desde el aprendizaje y la observación, porque no aspiro a enarbolar banderas a las que he llegado después de sus portadoras más legítimas. Pues bien, ese cambio lo he experimentado porque, como exige Andrea Valdés en su Distraídos venceremos, he escuchado. Creo en el vínculo inmediato porque estoy en deuda con él, y también porque esa es la distancia en la que todavía logro percibir, a veces y con suerte, algo parecido a la verdad.

El libro aborda la arquitectura y el urbanismo como transmisores de ideología pero también como áreas subordinadas a la moda y la tecnología. Destaca que las cadenas hoteleras buscan edificios que sean atractivos para Instagram. ¿Qué se puede hacer ante este giro?

Podemos atender a los terceros paisajes que surgen en ese entorno, esos fragmentos de territorio que escapan a la homogeneización. Obvio que ese tercer paisaje es una forma de referirse, también, a las personas irreductibles al discurso publicitario. En segundo lugar, me gusta mucho el ejemplo que utilizo del arquitecto municipal que, antes de morir, se embarca en el diseño de una fuente pequeña, discreta, condenada a ser casi invisible para el ciudadano o el turista. Ese arquitecto sabe perfectamente que su intervención no va a tener ningún protagonismo, y pese a ello, decide apostar por un diseño sofisticadísimo, complejo, que requiere trabajar en equipo con un artesano ceramista: para mí, es un caso de combate por un minúsculo fragmento de un entorno urbano que está siendo tomado al asalto por las grandes franquicias, las terrazas de los bares, etc. Esa, creo, es la actitud, y yo he intentado replicarla al escribir.

"El trato de cercanía nunca engaña: si alguien traiciona a otro es que puede traicionar a cualquiera", remata

Hacía el final del ensayo, habla de su mejor amigo de la infancia, que tiene un alto cargo en la poderosa HBSC. Usted le comenta que opina que él trabaja “haciendo el mal”, pero no explica qué le contesta. ¿Qué cosas considera inaceptables en su entorno social?

Ese amigo existe, aunque lo he reconfigurado un poco para mis intereses literarios. Su respuesta bien podría ser que él no hace el mal, sino que se sostiene sobre un alambre desde el que trata de intervenir en la realidad en la dirección correcta; también podría poner sobre la mesa mis propias contradicciones. Eso no hará que el HSBC deje de ser una entidad sospechosa. ¿Cómo gestiono eso? Bueno, uno no tiene tantos amigos de la infancia, ni tan buenos como él. Pero, desde una concepción adulta, diría que las ideas del otro son discutibles, susceptibles de cambio y, de hecho, muchas veces son menos ideas que construcciones identitarias ficticias. En cambio, y vuelvo al vínculo y a los afectos, el trato de cercanía nunca engaña: si alguien traiciona a alguien, desengáñate: es que puede traicionar a cualquiera.

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