El francés Quentin Dupieux, director de cine y productor musical, sabe que la comedia no siempre es universal, pero en su última película hasta la fecha, Mandíbulas, ha conseguido la unanimidad de la crítica tras volver a poner a trabajar su máquina de locuras, extravagancias y sinsentidos con un resultado que no decepciona y que se puede ver a partir de este viernes en los cines españoles. La premiere de este filme tuvo lugar en el Festival de Venecia y poco después ganó el premio al Mejor Actor en el Festival de Sitges, otorgado a la popular pareja cómica protagonista.

En líneas generales, Mandíbulas puede describirse como una "buddy movie", esas películas que se desarrollan en torno a una amistad inquebrantable que experimentan dos colegas y las calamidades que les ocurren en la trama. Para ello, Dupieux saca oro de la pareja de cómicos que forman Grégoire Ludig y David Marsais, para quienes escribió el guion. Su objetivo, tal y como señala en las notas de producción y recoge Vozpópuli, fue obtener toda la "complicidad" y el "jugueteo" que fuera posible, y esta química se plasma en la gran pantalla.

Llegados a este punto, parece que lo más importante y llamativo de Mandíbulas es la relación entre dos amigos de la infancia, y precisamente esta es la mayor genialidad del cineasta, capaz de centrar la atención donde él quiere a pesar de introducir una especie de monstruo gigante en el argumento que difícilmente puede pasar desapercibido.

Jean-Gab y Manu son dos amigos no muy inteligentes y buscavidas. Un día, uno de ellos recibe un encargo y, para llevarlo a cabo, toma prestado un coche al azar y pide a su amigo que le acompañe. Sin embargo, sus planes se ven interrumpidos cuando descubren una mosca gigante viva y atrapada en el maletero a la que llaman Dominique, le alimentan con comida de gato y suministran algún somnífero para no crear alarma entre los extraños. Sin asustarse y sin gritar, tienen la brillante idea de adiestrarla como si fuera un mono para ganar dinero con ella, un plan sin fisuras que probablemente se convierte en el propósito más tenaz y duradero de sus vidas.

Despropósito tras despropósito, incluso cuando uno no espera que las situaciones hilarantes lleguen a su fin, el polifacético artista se aleja de prejuicios y apuesta por mantener el nivel de surrealismo y paranoia aunque, eso sí, sin descuidar ni un segundo la diversión más pura e inocente de esta película, ni tampoco la ternura que despierta la pareja protagonista. El equilibrio en esta película está asegurado y la duración -menos de 80 minutos- permite que el desfase no llegue a empalagar porque todo encaja y nada sobra.

Mandíbulas: el protagonista más insospechado

Si por algo se caracterizan las películas de Quentin Dupieux es por introducir elementos fantásticos o inverosímiles, darles protagonismo pero no convertirlos en el centro de la trama, tal y como ocurre en Rubber (2010) o La chaqueta de piel de ciervo (2019). Sin embargo, tal y como él mismo ha afirmado, mientras que hasta ahora sus películas se centraban en la muerte, en esta ocasión es la vida el asunto que centra sus retratos surrealistas y las relaciones humanas retorcidas.

Dupieux cuenta con una importante faceta como productor musical bajo el pseudónimo de Mr. Oizo y suyo es el tema Flat beat (1999), banda sonora de un clásico anuncio de una famosa marca de ropa vaquera. En el cine, afirma trabajar "en serio" y se describe como un hombre de familia, con esposa e hijos, que lleva una vida aparentemente normal, si no fuera por la obsesión por hacer cine y sacar adelante cada idea que llega a su cabeza, por hilarante que pueda parecer. Su presencia en festivales (a Venecia y Sitges se suma Cannes en varias ocasiones) cree que se debe a que se trata de un cineasta poco obvio. "Intento hacer que una comedia tonta parezca una película seria", señala. Ahí está la clave y por eso Mandíbulas es imprescindible.