Cultura

La literatura navideña como fuente inagotable de trauma

¿Por qué todas las historias ambientadas en Nochebuena poseen una cierta oscuridad?

Harvey Keitel & William Hurt en un fotograma de Smoke, basada en un relato de  Paul Auster.
Harvey Keitel & William Hurt en un fotograma de Smoke, basada en un relato de Paul Auster. Filmaffinity

Dostoyevski, Chéjov, Scott Fitzgerald,Truman Capote o Pérez Galdós se asomaron a la Navidad en sus creaciones literarias, dotándola, eso sí, de una determinada truculencia, un sustrato dramático, culposo y en ocasiones tétrico que caracteriza al cuento de Navidad como género. Paul Auster ha escrito uno de los más humanos y hermosos, El cuento de navidad de Auggie Wren, un peculiar fotógrafo que retrata, diariamente, la misma esquina del barrio a lo largo de los años, y que fue la semilla del guión de la película Smoke. ¿Por qué todas las historias que ocurren en Navidad tiene un halo de tristeza?

Un repaso a algunos de los clásicos por excelencia muestra cómo fantasía, incluso terror o fatalidad, acompañan a algunos de los mejores cuentos al respecto. A Christmas Carol (1843), Una canción de Navidad, de Charles Dickens, puede que sea uno de los relatos más contados y versionados en la –siempre truculenta– historia de la literatura navideña. Se trata de una novela corta en la que el escritor británico cuenta la historia del señor Ebenezer Scrooge, un hombre avaro y tacaño que no celebra la Navidad, una fiesta que detesta.

A Scrooge no le importan los demás, ni siquiera su fiel empleado Bob Cratchit. Sólo le interesan los negocios y ganar dinero, hasta que una noche –la víspera de Nochebuena– la visita del fantasma del que fue su mejor amigo y socio, Jacob Marley, muerto siete años antes, lo cambia todo. El amigo, que lleva unas pesadas cadenas como castigo por su vida egoísta, le advierte a Scrooge sobre una visita que le hará cambiar de parecer. El avaro anciano no hace el más mínimo caso. Para ser una historia navideña, esta de Dickens reúne cadenas, espectros y sentimiento de culpa en cantidades apoteósicas.

Un repaso a algunos de los clásicos por excelencia muestra cómo fantasía, terror o fatalidad acompañan a algunos de los mejores cuentos

Incluso hay algo ejemplarizante. El amigo de Scrooge le advierte que recibirá la visita de tres espíritus: el de la Navidad pasada, la Navidad presente y la Navidad futura. Y así ocurre. Cada uno acude, y con una visión esclarecedora. El espíritu del pasado muestra a Scrooge su vida de infancia y juventud; el del presente le hace ver cómo celebra la Navidad su empleado Cratchit, quien a pesar de su vida precaria y la enfermedad de uno de sus dos hijos -Tim- sabe sacar lo mejor de esos días. Finalmente, el del futuro muestra la tragedia en la desembocará la vida de Scrooge y lo planta, sin anestesia, frente a su tumba.

Scrooge recapacita, empujado por tan tétrica escena. Sin revelar que se trata de él, le envía a su fiel empleado un pavo. Luego, le aumenta el sueldo. Se redime, claro, tras la apocalíptica escena y su demoledor –y no por ello menos espeluznante– desenlace con moraleja incluida. El futuro como castigo, también como lugar de redención. En la selección más ortodoxa de relatos navideños figura El cascanueces y el rey de los ratones (1819), de Hoffmann, casi siempre mal citado. El cuento narra la historia de un Cascanueces -como se llama al soldado de madera cuya boca obedece al mismo mecanismo del utensilio que se usa para abrir el fruto seco-. Él, junto a otros juguetes, aguarda bajo el árbol de Navidad de la familia Stahlbaum. Los niños Fritz y María están fascinados con los regalos. Su padrino, el magistrado Drosselmeier, les ha regalado un castillo cuyos habitantes bailan al compás de una caja de música.

Entre la multitud de muñecos, María queda prendada del Cascanueces, ese muñeco de mueca dulce y bondadosa. Al terminar la fiesta todos se van a dormir, pero María Stahlbaum -en las sucesivas versiones ha sido llamada Clara, Marie o María y con el apellido Stahlbaum o bien Silberhaus- entra en el cuarto y ve cómo los juguetes han cobrado vida. Dirigidos por el Cascanueces, los juguetes libran una batalla contra un ejército de ratones guiado por su rey. María se involucra también en esta guerra y se pone a favor de Cascanueces. No contento con el giro bélico de la apacible navidad, Hoffmann va más allá y le añade un puñado de dramatismo. En medio de la batalla, María rompe una vitrina y se hiere. Pierde el conocimiento y mientras está en cama, el viejo Drosselmeier le cuenta la historia de la princesa Pirlipat, que fue embrujada por la señora Ratona para vengarse de la reina por no haberla dejado comer todo el tocino. En la historia que le relata el anciano, el único que puede salvar a la princesita es un joven capaz de romper con los dientes una durísima nuez. Quince años después la princesa del relato es curada gracias a un chico que es transformado en un Cascanueces y con el que la princesa rehúsa a casarse.

Hay algo ejemplarizante en los relatos navideños: la culpa, la caridad, el sentido por el prójimo...

María se cura de sus heridas. Pero continúan los combates nocturnos en el cuarto de los juguetes. Para aplacar el hambre del rey de los ratones y salvar a Cascanueces, María le ofrece sus dulces preferidos y sus muñecos de azúcar. Una tarde, en casa del padrino, María se hace pequeña, cae de su silla y encuentra con el Cascanueces. Éste le pide casarse con él y reinar juntos en el palacio de mazapán. El final feliz existe, no sin transitar un alucinógeno pasillo de glucosa. María Stalilbaum reina de un país donde sólo se ven bosques de árboles navideños y transparentes palacios de mazapán. El argumento fue utilizado en 1892 por el compositor ruso Pyotr Ilyich Tchaikovsky se basó en una adaptación del cuento que había escrito Alejandro Dumas, para convertir esa historia en el ballet El Cascanueces, que se ha convertido en el ballet navideño más conocido.

Los relatos de Andersen, aunque no son estrictamente navideños, suelen ser muy de esta época. Puede que sean los relatos más traumáticos que jamás nos hayan leído. El danés, atormentado por su infancia precaria y su alcoholismo, imprimió en sus relatos buena parte de los fantasmas que poblaron su vida real. Suyos son El patito feoEl traje nuevo del emperadorLa reina de las nievesLas zapatillas rojasEl soldadito de plomoEl sastrecillo valiente... Uno de los más conocidos en su clave navideña es La vendedora de cerillas, también traducida como La pequeña cerilleraLa niña de los fósforosLa pequeña vendedora de fósforos o La nochebuena de Anita.

El argumento es sencillamente aterrador. La última noche del año, una muy dura y fría, en medio de las calles cubiertas de nieve, una niña descalza se mueve de un lado a otro. Vende cerillas que nadie le compra. Sentada en el suelo y hecha un ovillo, saca uno e intenta encenderlo. Y así, uno tras otro, mientras imagina aquellos lugares donde desearía estar. Mira al cielo y ve una estrella cruzar el cielo. “Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios”, le había dicho su abuela, a la que ve de pronto aparecerse ante sí. Justo en el último fósforo, ambas se resguardan del frío. Al día siguiente la pequeña cerillera es encontrada en la misma acera, sola y muerta de frío.

Los relatos de Andersen suelen ser muy de esta época. Son los más traumáticos que jamás nos hayan leído.

Menos conocido ahora que hace unos años destaca un pequeño texto incluido como capítulo del libro Cuore (Corazón), y en el que De Amicis recrea el diario de Enrique, un niño originario de Turín. En cada uno de sus relatos –uno por mes–. Enrique narra las experiencias –y la de sus compañeros de colegio– que forjarán su carácter y lo harán crecer. El libro está lleno imágenes de sacrificio (sobre todo en los relatos mensuales) en los que el patriotismo parece el mensaje más potente –fue escrito en plena unificación italiana–. Dentro de ese conjunto destaca especialmente el que corresponde al mes de diciembre. En esos días el joven Enrique invita a sus compañeros de colegio a pasar unos días en su pueblo.

Uno de ellos, el pequeño Votini, un niño adinerado hijo de un comerciante, escenifica una de las tantas imágenes que convierten este libro en una granada culposa. Enrique y Votini pasean por la calle. En un momento dado discuten. ¿La causa? Un reloj que posee Votini y que él insiste está fabricado completamente de oro. Enrique duda. Sugiere, acaso, que podría ser, también o al menos una parte, de plata.

Para comprobar su tesis Votini escoge a un niño cualquiera y le planta el reloj de pulsera ante los ojos. “¿Es de oro?”, pregunta. El niño dice no saber. Preso de soberbia, Votini pretende arrancarle una respuesta. Pero es imposible, el pequeño interpelado es ciego. Y como ésa, la historia de la primera nevada del año, el niño escribiente, el pequeño albañil… todo un nevado paisaje que aprovecha De Amicis para poner en escena una historia con la que han crecido -¿también descubierto la tristeza?– generaciones y generaciones de lectores.

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