La Venezuela bolivariana está llena de misterios. El Cuartel de San Carlos, en Caracas, encierra uno de ellos, la muerte “trágica” de Paul del Río, un veterano revolucionario que en 1963 secuestró a Alfredo Di Stefano, la máxima estrella del Real Madrid.

Paul era hijo de una pareja de españoles exilados tras la Guerra Civil, en la que su padre había sido militante anarquista. Nació en La Habana en 1943, pero lo llevaron enseguida a Venezuela, donde crecería en un medio politizado de izquierdas. Tuvo desde niño vocación artística, pero también un fervor revolucionario animado, como el de tantos jóvenes latinoamericanos, por el triunfo de la Revolución cubana en 1959.

A los 17 años se afilió al MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) y luego participó en la primera acción de las llamadas FALN (Fuerzas Armadas de Liberación Nacional), una organización que pretendía seguir en Venezuela el ejemplo de la guerrilla castrista de Cuba, aunque en Venezuela no había ninguna dictadura, sino una democracia en la que se alternaban en el poder democristianos y socialdemócratas. El estreno de la guerrilla venezolana fue el secuestro del buque mercante Anzoategui, el 12 de marzo de 1963. La operación la llevaron a cabo 9 jóvenes entre los que estaba Paul del Río, de 19 años, que para ocultar su identidad a la policía adoptó el nombre de guerra de “Máximo Canales”. No era muy ingenioso el seudónimo, porque Canales era el apellido de su madre.

Dos años antes un grupo revolucionario de portugueses y españoles había secuestrado el trasatlántico Santa María, con casi mil personas a bordo. El barco era portugués, pero entre los pasajeros había europeos y, sobre todo, norteamericanos, lo que le daría una dimensión internacional al golpe de mano. El secuestro del Santa María, acosado por la US Navy hasta que se entregó en Brasil, estuvo cargado de dramatismo por la suerte de tantas personas y constituyó un éxito mediático para sus organizadores. El secuestro del Anzoategui, que siguió el mismo rumbo que el trasatlántico portugués, hasta entregarse en Brasil,  no alcanzó en cambio esas cotas de interés, porque solamente llevaba a bordo una tripulación venezolana de una treintena de hombres.

Imitando a Cuba

Las FALN estaban ansiosas por llamar la atención sobre su lucha, y el siguiente paso fue de nuevo una imitación de un suceso anterior. En 1958, meses antes de que Fidel Castro entrara triunfalmente en La Habana, los revolucionarios cubanos habían secuestrados a Juan Manuel Fangio, uno de los pilotos de Fórmula-1 más famosos de la historia, lo que tuvo gran repercusión en los medios de todo el mundo. Había por tanto que secuestrar a un deportista que fuese un número uno, y don Santiago Bernabéu se lo puso en bandeja.

Bernabéu había convertido al Real Madrid en el mejor club del siglo XX (según declararía la FIFA en el año 2000), ganando una tras otra las cinco primeras competiciones de la Copa de Europa (hoy Champions League). Con ese marchamo, Bernabéu llevaba al Real Madrid por todo el planeta, participando en exhibiciones que llenaban las arcas del club blanco. En agosto de 1963 había llegado a Caracas para competir en la Pequeña Copa del Mundo, y naturalmente traía a su estrella más rutilante y decisiva, Alfredo Di Stefano, considerado  por entonces el mejor jugador del mundo.

A las 6 de la mañana del 24 de agosto llamaron a la puerta de su habitación en el Hotel Potomac dos personas, que se identificaron como policías y le pidieron que los acompañara para aclarar unas cosas en comisaria. Su compañero de suite, Santamaría, le dijo que avisara a algún directivo del Real Madrid, pero Di Stefano, por razones inexplicables, no quiso hacerlo y se fue con los policías. Que naturalmente no eran policías, en cuanto subieron al coche que les esperaba le dijeron que era un secuestro político y le taparon los ojos.

Durante tres días lo tuvieron de un lugar para otro,  el jugador pidiendo que lo liberasen porque su padre estaba enfermo del corazón, los secuestradores asegurándole que no tenía nada que temer, pero sin soltarlo. El primer sitio al que lo llevaron era una casa que estaba llena de cuadros. Eran obras de Paul de Río, pues se trataba de su propia casa, así de precaria era la organización en la que el joven pintor de 19 años llevaba la voz cantante.

Al tercer día, en uno de los frecuentes desplazamientos, pararon el coche y le dijeron que bajase. Di Stefano temía que le pegaran entonces un tiro y echó a correr a esconderse detrás de un árbol, pero era simplemente que los noveles guerrilleros urbanos no sabían qué hacer con él. Fangio había sido víctima de un agudo síndrome de Estocolmo y decía que sus secuestradores le habían salvado la vida, pero Di Stefano no empatizó nada con los suyos. Años después, recién llegado al Madrid Florentino Pérez, tendrían la ocurrencia de invitar a Paul del Río a un evento del club, el estreno de la película Real, the Movie, pero Di Stefano rehusaría darle la mano.

Tras su liberación Di Stefano cogió un taxi y se fue a la Embajada española, desde donde telefoneó a Bernabéu. ¿Y qué le dijo el presidente?  “¡Mañana tienes que jugar!”. Lógicamente la Saeta Rubia no estaba para jugar la final del torneo contra el Sao Paulo brasileño, pero fueron inútiles sus pegas –que si la tensión, que si el cansancio, que tres días comiendo perritos calientes-, Bernabéu le dijo que los del Real Madrid tenían que mostrarse fuertes y que al campo. Así se las gastaba don Santiago.

Todos conocemos cómo fue la vida de Di Stefano, pero ¿qué fue de Paul del Río, alias Máximo Canales? Continuó con su carrera artística y con su militancia revolucionaria, pese al absoluto fracaso que supuso la insurgencia en la Venezuela de los 60. Anduvo de una parte a otra de América, participó en la revolución sandinista de Nicaragua, y encontró finalmente reconocimiento cuando Hugo Chávez –que también había intentado la vía armada sin éxito- se convirtió en presidente de Venezuela.

El régimen chavista le encargaba y pagaba generosamente obras de arte –hay una escultura suya en la sede de la OPEP en Viena, regalo del gobierno venezolano-, y le dieron una sinecura, la presidencia de una asociación de antiguos presos políticos. El cargo llevaba anejo vivienda en la sede de la organización, instalada en el Cuartel de San Carlos. Este edificio, declarado monumento nacional, fue construido por los españoles en el siglo XVIII para impedir las incursiones inglesas, pero en el siglo XX se convirtió en cárcel para prisioneros políticos. Allí estuvieron encerrados los camaradas de Paul del Río de la FALN, y también el propio Hugo Chávez tras su fracasado golpe militar de 1992.

Vivir en una antigua prisión debe ser deprimente. A primeros de abril de 2015, el defensor del pueblo de Venezuela publicó en tuit: “Ha muerto trágicamente en el Cuartel de San Carlos una leyenda de la insurgencia venezolana de los épicos 60, el amigo y artista Máximo Canales”. Sin más explicaciones.