El sociólogo Michael Billig se preguntó una mañana repasando el periódico por qué sentía placer al leer que un compatriota llegaba antes a la meta, saltaba más alto, o metía más goles que un extranjero. El ciudadano termina alegrándose por el punto decisivo de una joven que remata con una raqueta nunca antes vista, o por la llegada a meta de un adolescente a 200 km/h. Hemos asumido e interiorizado esta alegría como algo natural, pero como apunta Billig, estas reacciones y nuestra propia concepción de nación tiene un componente místico que dejaría perplejo a un paisano medieval.

El sociólogo describió la identidad nacional como una maquinaria psicológica que todos portamos. Como nuestros móviles, la mayor parte del tiempo, este dispositivo psicológico permanece en silencio, pero la activación es tremendamente sencilla y podemos sentir su vibración y sonido al momento, el click se puede activar por mil vías, y el gol es una de ellas.

Las identidades nacionales necesitan de estas alertas a nuestro sentir nacional y Billig desarrolló el concepto de nacionalismo banal para toda esta serie de elementos o situaciones que sirven para “enarbolar o recordar la nación de forma continuada”.

En este sentido la prensa juega un papel fundamental, y estos recordatorios van desde la propia estructura de un periódico a la predicción del tiempo: véase los mapas de TV3 incluyendo a los “Països Catalans”; a medios independentistas vascos incluyendo en el parte a Navarra y el País Vasco francés; y en general, a todos los medios sombreando como si de la Terra incognita se tratara al vecino, al otro, ya sea Aragón o Portugal.

La nación representada en 11 jugadores

Y si un mapita con soles y nubes puede ayudar a hacer patria, difícilmente se puede conseguir una mejor plasmación visual de la nación que en un partido de fútbol: un grupo de personas viste un uniforme con alguno de los colores de la bandera nacional, su misión consiste en defender su territorio y tratar de conquistar el contrario, defendido por otros 11 deportistas ataviados con otra enseña. La encarnación deportiva de una de las aspiraciones de todo nacionalista, crear el ellos y el nosotros. Entra la tentación de pensar cuánto dinero público estaría dispuesto a pagar/malversar el Govern por un España-Cataluña. Casi el mismo que el número de editoriales de la prensa política tras la victoria española en el Mundial de Sudáfrica, estableciendo conexiones entre la unidad de España y la gesta ejecutada por una base de catalanes, que contaron con momentos estelares de vascos, reflejos madrileños, y un remate final manchego.

Años antes de Billig, Benedict Anderson, había ofrecido una de las más precisas definiciones de las naciones como “comunidades imaginadas”. Anderson destacaba que cualquier ciudadano de cualquier nación del mundo no conocerá jamás a la inmensa mayoría de sus compatriotas, no se cruzará con ellos, no los verá, ni escuchará, pero la idea de nación, también sucede con las religiones, y otra serie de grupos, asentará la imagen de su comunión. 

La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos

Eric Hobsbawm, Naciones y nacionalismo desde 1780

Esta facilidad para activar la notificación en nuestro sentimiento nacional también la señaló Eric Hobswabm (Naciones y nacionalismo desde 1780) que apuntó al deporte como una de las mejores vías para que hasta los menos políticos puedan identificarse con la nación. Prácticamente todo el mundo ha soñado en algún momento de su vida con emular las hazañas de unos jóvenes y atléticos. 

Tras la Primera Guerra Mundial, se multiplicaron los encuentros entre los estados-nación. Más de medio centenar disputó la selección española antes de la Guerra Civil. Los jugadores simbolizaban la unidad de los estados y se convertían en expresiones primarias de las naciones. “La comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos. El individuo, incluso el que se limita a animar a su equipo, pasa a ser un símbolo de su nación”, señaló el historiador británico. 

España, de la furia al tiquitaca 

El propio relato en torno al juego y a la personalidad de los equipos ha estado marcado por la narrativa de la imagen nacional. Como el viajero francés del XIX que quería ver a la Carmen de Merimée en cada mujer morena en los pueblos en los que se aposentaba, la primera selección española de los Juegos Olímpicos de Amberes fue retratada como la “furia”, por ese carácter apasionado supuestamente inherente a los españoles.

Un juego de espejos en el que entrelazaron los estereotipos creados en España y los clichés originados en el extranjero. La España futbolística acarreó la exageración de los tópicos provocada por la Guerra Civil y la dictadura, y el fútbol español navegó por décadas de ese fatalismo que parecía consustancial a la propia nación. La furia y el fracaso de los comentaristas deportivos europeos servían para describir tanto los designios de 11 jugadores, como a un país que padecía una dictadura vencedora de una guerra fratricida y que era incapaz de modernizarse. 

Fútbol como relato de una nación

Alejandro Quiroga en Goles y banderas explicó esta evolución de las narrativas futbolísticas que apuntalaban los relatos nacionales, deteniéndose también en los casos vasco y catalán y la trascendencia política de equipos como el Athletic Club de Bilbao o el Fútbol Club Barcelona en el nacionalismo vasco y catalán.

El historiador analizó la capacidad para pasar del mito de la “furia” que entonaba a la perfección con la "imagen racista, machista y quijotesca" de los primeros años del Franquismo. A la reivindicación y normalización de símbolos nacionales con el ciclo glorioso de fútbol inteligente y sofisticado de 2008, 2010, y 2012. Una experiencia de normalización de símbolos como el himno y la bandera que también experimentaron países como Francia y Alemania, en 1998 y 2006, respectivamente.

Italia ya está en la final de la Eurocopa, es probable que Inglaterra sea su rival. Todo apunta a que el lunes, el sociólogo inglés desayunará argumentos de la derrota o fortaleza de su país, de la vigencia del Brexit o de la Unión Europea a través de un resultado deportivo. El fútbol seguirá marcando el relato de una nación.

Título: Nacionalismo Banal

Autor: Michael Billig

Editorial: Capitán Swing

312 pp.