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Karina Sainz Borgo

Cultura

El ateísmo de Don Mario

  • Mario Vargas Llosa, en 1967, recibe el Premio Rómulo Gallegos de manos del escritor.
    Mario Vargas Llosa, en 1967, recibe el Premio Rómulo Gallegos de manos del escritor.
  • Mario Vargas Llosa, en 1967, recibe el Premio Rómulo Gallegos de manos del escritor.
    Mario Vargas Llosa, en 1967, recibe el Premio Rómulo Gallegos de manos del escritor.

Mario Vargas Llosa preside una mesa del Salón Bolívar de la Casa de América. El Nobel de Literatura tiene 81 años y el tono exhausto de quienes han vivido. La rueda de la senectud, avanzando con su aplastante lógica: el escarmiento como la única revelación ideológica. Así luce Mario Vargas Llosa esta mañana y así lo percibe el lector en las páginas de Conversaciones en Princeton (Alfaguara), un volumen que reúne sus conferencias sobre literatura, historia y política impartidas junto con Rubén Gallo el año pasado en esa universidad y que devuelven la foto, a todas luces lógica, de quienes han dejado de creer. Los pajaritos preñados de las buenas intenciones, derribados con la pedrada de la experiencia.

Quien lo observa esta mañana encuentra a Don Mario algo mayor que en otras ocasiones. La versión platinada y elegante de sí mismo acumula años. Muchos ya. Justo 50 antes, en 1967, le concedieron a Vargas Llosa el Premio Rómulo Gallegos de Novela por La Casa Verde. El Premio literario ya no existe, el país que lo concede -a su manera- tampoco. Entonces, Don Mario era un menesteroso tirapiedras. Todos en su década quisieron ser eso. Todos ellos asaltaron con más fortuna la literatura que la batalla ideológica, y acaso ésa fue la razón por la cual todavía hacen Boom. La insurgencia ocurría en las estructuras de sus novelas. No en otra parte.

Este miércoles de septiembre no queda rastro en el Nobel de ninguno de aquellos entusiasmos: ni los que experimentó en los sesenta ni los que lo llevaron a lanzarse a la presidencia del Perú como contendor de Alberto Fujimori, en 1990. De no creer, Don Mario parece ya no creer ni siquiera en el poder movilizador de la literatura. O al menos eso se desprende de sus frases taimadas, con viento de 'apaga y vámonos'. Esta mañana de septiembre, Vargas Llosa ya no se reconoce en nada. O casi nada. Los años desaguan cualquier fe. Hacen exégesis del voluntarioso: primero del revolucionario, luego del liberal.

Los años desaguan cualquier fe. Hacen exégesis del voluntarismo: primero del revolucionario, luego del liberal.

"No reconozco en la Barcelona de estos días a la Barcelona que yo viví", dijo refiriéndose a los años en los que la ciudad condal se volvió el epicentro del Boom Latinoamericano. "Durante los cinco años que viví en Barcelona no conocí ningún nacionalista. De hecho, los pocos que existían eran vistos como viejecillos anticuados y reaccionarios", dijo el novelista en Casa de América este miércoles. Y la opinión le valió un aluvión de irrespetuosos reproches en redes sociales. Y no es el nacionalismo o el independentismo, Vargas Llosa parece hablar de algo más. Como si en lugar de un tiempo pasado, hablara de un mundo extinto.

De todo cuanto el Nobel dijo aquella mañana, una frase se alza por encima del resto. Habla Vargas Llosa de la desmovilización política de los escritores. "Es algo que no comparto”, dice, aunque puede comprender que haya ocurrido. A diferencia de los años de su generación, hoy abundan las democracias (excepto en Cuba y Venezuela, aclaró)."Mi generación estuvo muy comprometida políticamente porque predominaba la dictadura y las democracias, además de débiles, no tenían el aval y apoyo del que gozan hoy". 

En su discurso durante la entrega del Premio Rómulo Gallegos, en 1967, el entonces joven Mario Vargas Llosa dijo: "El escritor en nuestras tierras ha debido desdoblarse, separar su vocación de su acción diaria, multiplicarse en mil oficios que lo privaban del tiempo necesario para escribir y que a menudo repugnaban a su conciencia, y a sus convicciones. Porque, además de no dar sitio en su seno a la literatura, nuestras sociedades han alentado una desconfianza constante por este ser marginal, un tanto anónimo que se empeñaba, contra toda razón, en ejercer un oficio que en la circunstancia latinoamericana resultaba casi irreal”. Él, sus palabras y su corbata lucían afiladísimos en la foto que pude conseguir de aquella velada.

Insurrección, ese sustantivo -entonces de evocación militar- debió despertar el oscuro escepticismo en el viejo Gallegos

El joven novelista insistió esa noche: “Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera. Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza”.

Imagino a Rómulo Gallegos escuchándolo. El primer presidente democráticamente electo de su país, derrocado en 1948 por una Junta Militar, el autor de Doña Bárbara, la Biblia de la literatura como proyecto civilizador que él tenía en su cabeza. Lo imagino deletrear en su mente las palabras que leía –casi declamaba- el ganador del premio creado en su honor por aquella Venezuela, su país, que había conseguido mantener en pie la democracia pese a todo pronóstico en aquella década de lucha armada. Insurrección, ese sustantivo -de evocación entonces militar- debió despertar el oscuro escepticismo en el viejo Gallegos. Algo de eso se respira en la fotografía que he conseguido de ambos, Vargas Llosa y él, ese año. Una especie de ateísmo. La exégesis -insisto- que hoy hace Vargas Llosa de sí mismo.

Tocado por el ateísmo de la vejez, que todo lo descree.  Ahí está Don Mario Vargas Llosa, a sus 81 años. La literatura ya no es fuego.  La Casa Verde se ha quemado

Cincuenta años más tarde de aquel discurso, el Nobel peruano recuerda más al decrépito Rómulo Gallegos –en ese año, el 67, ya bastante apaleado por los muchos exilios- que al joven huracanado de aquella velada. Lo contrario sería imposible, cómo no. Nadie llega a los 81 esperando tomar por asalto la historia, porque ya se encarga la vida de aliñar con esguinces esa carrera. Y, después de todo,  para quien ha sido bendito por la Academia Sueca darse cuenta de que Sartre era un hombre equivocado puede que sea un mal menor. Sin embargo, me quedo con el gesto de Vargas Llosa. El entrecejo de hombre cansado. Tocado por el ateísmo de la vejez, que todo lo descree.  Ahí está Don Mario Vargas Llosa, a sus 81 años. La literatura ya no es fuego. La Casa Verde se ha quemado. La historia también. 



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