Cultura

No es lo mismo: Alejandro Sanz entrega otro disco sin pena ni gloria

El contenido de ‘#Eldisco’ es tan agradable como redundante, un paseo entre flamenquito, baladas y música urbana

Alejandro Sanz, en una imagen promocional reciente
Alejandro Sanz, en una imagen promocional reciente

Alejandro Sanz es uno de los grandes compositores pop actual. Puede presumir de haber forjado un estilo personal, cálido y contagioso, capaz de seducir a millones de oyentes a ambos lados del Atlántico. Su sonido resulta tan atractivo que es capaz de despachar una gira de estadios por España sin necesidad de que los compradores de entradas conozcan sus nuevas canciones. En realidad, hubo un adelanto: la canción Back In The City, colaboración con el reguetonero Nicky Jam, posiblemente el tema más soso en el que haya participado nunca el autor de El perdón. Su colaboración con Sanz es un ritmo latino estandarizado, con aires cubanos, pero claramente falto de ‘flow’ (el equivalente al ‘duende’ de los raperos). Seguramente sirva como sintonía de un late night tipo Buenafuente, pero no para animar una pista de baile. De estas piezas tipo “menos de lo mismo” está repleto #Eldisco, un trabajo que transcurre sin pena ni gloria.

Este nuevo trabajo se divide en tres tendencias: urbana, flamenquita y melódica (esta última, como siempre, la mejor). La urbana no termina de funcionar: Sanz lleva intentando sonar callejero desde aquel giro estilístico que fue No es lo mismo, pero carece de habilidad rapera y no le quedan bien los ritmos de barrio, donde suena más perdido que Miguel Bosé intentando imitar a Calle 13. Esta vez, incluso invita a Residente, que cumple su papel en Los lugares, una composición bonita, marca de la casa. La parte aflamencada fluye sin problemas, por ejemplo en Mi persona favorita, pero tampoco supera lo que ya ofrece el mercado, digamos Canelita o Demarco Flamenco. La sección melódica del álbum es donde Sanz sale mejor parado, sobre todo en Este segundo con Juddit Nedermann, sin duda la mejor pieza del disco. Se trata de una composición, sencilla, sentida y emocionante. En cambio, El trato va a peor a medida que avanza, ya que a Sanz le da por gritar en vez de cantar (una pena porque es capaz de conseguir mayor intensidad susurrando que subiendo el volumen).

Mejor que 'Sirope'

Azúcar en un bowl suena a funk caducado, como un no-single de Zucchero. Es donde se aprecia una mayor distancia entre la intención de meter 'fuegote' y la ausencia de calor. Aquí aparece el recuerdo de Sirope (2015), sin duda el mayor naufragio de Sanz, un acercamiento a los sonidos negros donde apenas había canciones salvables. Igualmente fallida es Te canto un son, que suena a mala copia de La Gozadera, de Gente de Zona con Marc Anthony. Mucho orgullo latino, mucha apelación a las raíces gaditanas, pero al ritmo le falta sabor y el estribillo no engancha. Pongan ambas seguidas en su próxima fiesta y comparen. La peor del lote, sin mucho margen para discusión, llega con It’s OK, donde otra vez aparece el fantasma del Miguel Bosé, disparando ‘espanglish’ flipado entre cadencias jazz propias de un 'afterwork' hortera. Es lo más ridículo de un disco que no aporta gran cosa al repertorio de Sanz.

Resulta llamativo como las canciones de su etapa considerada de ‘fans’  siguen sonando arrolladoras mientras que el material más moderno va caducando con rapidez

En este punto, hay que mencionar el síndrome de Bob Dylan, esa absurda regla por cual se considera mejor a una artista si compone sus propias canciones. Elvis Presley, Luis Miguel y Camarón de la Isla -entre otros muchos- no necesitaron firmar el grueso de su cancionero para llegar a la cima de la música popular. Hay un registro en el que Sanz es un maestro: la mezcla de balada italiana con canción aflamencada, en la onda de los descubrimientos de Ray Heredia. Resulta llamativo como las canciones de su etapa considerada de ‘fans’ (digamos Pisando Fuerte, La fuerza del corazón y Quiero morir en tu veneno) siguen sonando arrolladoras mientras que el material más moderno va caducando con rapidez.

El nivel compositivo de Sanz ha pegado un bajón considerable, pero no es algo que le ocurra solo a él, sino a todos los superventas globales. El último trabajo realmente bueno de U2 fue Achtung Baby (1991), el de los Rolling Stones probablemente Some Girls (1978) y el de Madonna Ray Of Light’(1998), siendo muy generosos en el último caso. El público de estadio es tan agradecido que considera que 12 grandes canciones de hace 20 años son motivo suficiente para pagar entre 60 y 120 por un concierto. Por eso Sanz alcanzó merecidamente el estatus de estrella con Más (1997), lo cimentó con el espléndido El alma al aire (2000) y podrá llenar el Wanda Metropolitano todas las veces que le dé la gana, por mucho que sus discos recientes no terminen de dar la talla.

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