Sabemos de Sergio del Molino (Madrid, 1979) lo que él nos ha contado. Que la peor orfandad es aquella que sufren los padres; lo escribió en La hora violeta (2013). Que la memoria de las familias se vacía, de la misma forma en que los pueblos pierden habitantes. Es eso lo que busca Sergio del Molino en sus libros: testimoniar ciertas demoliciones; propias o ajenas.

Cada vez que Del Molino se cuenta, nos cuenta. Ya sea en su muro de Facebook -una delicia de lectura- como en sus artículos, libros y sus dilemas con Edu Galán. Ahí donde teclea, Sergio percute. Es capaz de propiciar el escozor y la empatía de lo literario. Mejor dicho, la empatía. A secas. Lo que no duele no está vivo. 

Periodista, escritor, infatigable columnista, currante de lo buenos y Cultureta de número con Carlos Alsina, Del Mollino tiene un atributo: su capacidad para desdramatizar y decir, con humor e ironía, las cosas que nadie admitiría en público. Esa característica lo convierte en el colaborador ideal de este diccionario. Le hemos propuesto la B, de balcón y, por supuesto, sus definiciones de literatura y novela.

BALCÓN:

Espacio saturado de humos donde los fumadores chupan y hacen figuritas con el humo y bajan la voz y se cuentan secretos y dicen tacos y critican lo que no se atreven a criticar bajo un techo. Respiradero tóxico lleno de colillas, con algún geranio para disimular. En los casos más tristes, de un gancho cuelga una jaula donde agonizan periquitos y canarios. Para los buenos ciudadanos, un balcón es un púlpito y una atalaya delatora desde la que señalan y escupen a los malos ciudadanos que vuelven de comprar una barrita de pan. Para los malos ciudadanos, tanto si fumamos como si no, es el escondite donde se estrujan las colillas del alma, que se quedan en la tierra de los tiestos, como desahogo y exorcismo que no entra en casa.

NOVELA:

Relato verosímil que amarillea al contacto con la realidad inverosímil.

LITERARIO:

Lo que queda cuando la enunciación se desnuda de todas las metáforas y símiles.

Tras el éxito de su ensayo La España vacía (Turner), un libro  que abordó los territorios periféricos y despoblados (alcanza ya las 14 ediciones), Del Molino se ha convertido en un erudito de la ausencia, un experto en la fantasmagoría.  Lo suyo son las muchas muertes. Esas ausencias que sólo cobran sentido cuando se ponen por escrito: la de los padres, la de los hijos, la del lugar en el que se fue niño y la de aquel en el que habrá que envejecer. Del Molino habla de aquello a lo que cuesta darle orden y lugar. Él ha conseguido hacerlo, escribiendo.