Cultura

Netflix reedita la 'fórmula Velvet' con su primera serie original española

'Las chicas del cable' es a la vez un producto refinado y una contradicción; una apuesta por el empoderamiento de la mujer a la que le cuesta despegarse del romance cliché. Netflix ha apostado por una historia coral que tendrá buena acogida en el mercado español, pero que peca de comodidad.

Las protagonistas de 'Las chicas del cable', la primera serie española producida por Netflix.
Las protagonistas de 'Las chicas del cable', la primera serie española producida por Netflix. Netflix

Ya es una realidad: Netflix ha estrenado su primera serie original en España. Tras varias semanas de intensa promoción, 'Las chicas del cable', una dramedia de época protagonizada por cuatro mujeres que buscan la independencia, podrá verse en 190 países, con el potencial de llegar a más de 100 millones de suscriptores. 

Que la compañía de streaming haya apostado por producir una serie original en nuestro país ya es de por sí una magnífica noticia. Lo ha hecho de la mano de Bambú Producciones, responsable de éxitos de audiencia como 'Velvet' o 'Gran Hotel'. Y es ahí donde residen precisamente sus mayores fortalezas y debilidades.

La productora española ha aportado un buen casting, un estilo cuidado y una historia a la que, sin duda, es fácil engancharse; pero también la comodidad de reeditar una fórmula -la de la 'novela' de sobremesa española- que sume en contradicciones a un producto muy esperado y que podrá decepcionar a más de un espectador que tenga la expectativa de encontrarse con un formato innovador como el ofrecido por 'El Ministerio del Tiempo' (TVE). 

'Las chicas del cable' comienza con una declaración de intenciones: "En 1928, las mujeres éramos adornos que se llevaban a las fiestas para presumir de ellos. [...] Objetos sin poder ni decisión". Un alegato por la libertad, la ambición y la independencia femeninas enraizado en una trama en la que el protagonismo lo tienen ellas. 

Cuatro mujeres que buscan valerse por sí mismas recalan en el proceso de selección de telefonistas de "la compañía telefónica": una empresa que, por coincidencia espacial -la Gran Vía madrileña- y temporal -1928, el año en el que se inauguró la sede de la operadora- no puede hacer referencia sino a Telefónica. Lidia (Blanca Suárez) una joven con problemas con la justicia, hace malabares para que la contraten como operadora haciéndose con la identidad de otra candidata y persigue un objetivo mucho más perverso que el de Carlota (Ana Fernández) y Marga (Nadia de Santiago), dos chicas que sólo buscan valerse por sí mismas -una, frente a su padre militar; la otra, independizándose de sus labores de cuidadora familiar en el pueblo-.

Allí, las protagonistas se encontrarán con Ángeles (Maggie Civantos), una veterana que ve coartada su carrera por un marido que le exige dedicarse únicamente a su familia; y con más de una sorpresa de la mano de los dueños de la compañía telefónica, encarnados por Yon González (Francisco Cifuentes) y Martiño Rivas (Carlos Cifuentes). 

La trama, que desde el principio parece apostar fuerte por el empoderamiento de la mujer, acaba desembocando, en muchas ocasiones, en el romance cliché

La trama, que desde el principio parece apostar fuerte por el empoderamiento de la mujer, acaba desembocando, en muchas ocasiones, en el romance cliché. En una serie que declara su interés por las ambiciones y horizontes de la mujer, todos los personajes femeninos acaban teniendo un interés romántico en los primeros 50 minutos de historia. Y los encuentros amorosos tampoco destacan por su originalidad: se recurre a clásicos como el primer amor, el flechazo a primera vista o el héroe que salva a la damisela en apuros.

Los ecos de 'Velvet' llegan también a 'Las chicas del cable' en la propia selección de las tramas. Al igual que en la producción de Atresmedia, la gran historia de amor principal se produce tras un reencuentro de la infancia; hay escarceos amorosos dentro de la empresa con una dirección similar; y hasta la propia Marga recuerda a esos personajes de la España rural que, siempre colgados del teléfono para dar noticias a sus abuelas, se labraban un porvenir en las galerías de la exitosa producción de Bambú. 

Yon González (Francisco) y Martiño Rivas (Carlos) en una escena de la serie.
Yon González (Francisco) y Martiño Rivas (Carlos) en una escena de la serie. Netflix

Una de las fortalezas de la serie es sin duda su coralidad. Civantos, Fernández y De Santiago ofrecen una naturalidad que se echa de menos en la propia Blanca Suárez -centro de la historia principal y muchas veces sobreactuada-, mientras que los protagonistas masculinos -González y Rivas- se manejan con soltura en sus papeles, uno de joven conquistador, el otro de nostálgico empresario de éxito. 

Los guionistas aprovechan este talento equilibrando bien el relato principal con las tramas secundarias; pero se equivocan al acelerar los acontecimientos: desde el minuto uno nos encontramos con un giro dramático que desvela misterios que podrían haberse introducido más adelante para enriquecer la intriga... y en los que no podemos implicarnos sin ni siquiera conocer mejor a los protagonistas.

Una ambientación cuidada que falla en la música

No hay reproches para 'Las chicas del cable' en lo que a vestuario se refiere. El look de los protagonistas está cuidado hasta el último detalle y hará las delicias de los amantes de las series de época. Lo mismo ocurre con la ambientación y la dirección artística, que serían impecables si no fuese por la errática banda sonora, que opta por incorporar el pop, la electrónica y el hip-hop modernos en escenas en las que sólo se esperan los sonidos de los felices años 20. Emplear hits actuales en escenas en las que se baila claqué es una incorporación cuanto menos curiosa y que podría hasta resultar efectiva, pero que en este caso acaba con la experiencia inmersiva que crean el resto de elementos.

Blanca Suárez, como una 'flapper girl' en un fotograma de 'Las chicas del cable'.
Blanca Suárez, como una 'flapper girl' en un fotograma de 'Las chicas del cable'. Netflix

En lo que no yerra la serie es en la incorporación de la historia en su trama. En lugar de crear una 'burbuja' en la que no existen acontecimientos políticos, como sucedía en 'Velvet', ya en el primer capítulo se nos presenta un episodio histórico: la primera comunicación telefónica entre el rey Alfonso XIII y el presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge; una adición que es de agradecer en una serie que se supone de época.

Vistos los precedentes, se puede afirmar con seguridad que 'Las chicas del cable' tendrá una buena acogida en los mercados español e hispanoamericano. La calidad del elenco y del conjunto de la producción, así como la temática principal, pueden ser muy atractivos para los espectadores, pero las debilidades del guion y la tendencia a novelizar y romantizar toda la trama también son evidentes.

Por eso no podemos esperar que, como ocurrió con 'The Crown' -la apuesta regional de Netflix en el mercado británico-, 'Las chicas del cable' se convierta en un fenómeno a nivel mundial. Y mucho menos en un clásico que conquiste los corazones de un público que no guste del marcado estilo de las producciones de la marca Atresmedia



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