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Karina Sainz Borgo

Cultura

Nadie le pide que cante, pero ya es hora de hacer... algo

Íñigo Méndez de Vigo y Ángela Molina, en la entrega de los Premios Nacionales de Cine.
Íñigo Méndez de Vigo y Ángela Molina, en la entrega de los Premios Nacionales de Cine. EFE

Existe un largo desierto que separa lo que se desea de lo que se obtiene. El germen de una idea y la distancia con la versión final que adquiere: ya sea en forma de texto, flecha en la diana o premio de lotería. ¡Ah! La separación entre lo deseado y lo obtenido. En el medio queda eso: el pan y las migas; el Premio Gordo de la Pedrea; el salón de casa del vagón del Cercanías traqueteando a las nueve de una noche lluviosa; el cigarrillo que acaba del que arde de pura ansiedad. No en vano Félix Romeo dedicó un folio de su novela Amarillo a ese pasaje de las expectativas incumplidas. 

El jueves de esta semana, la medida del infortunio de quienes esperan y desean llegó a su punto límite –o uno de ellos-. Y el primero en darle unidad de medición fue el escritor Lorenzo Silva. Necesitó tan sólo cuatro caracteres. Apenas una palabra llana: Nada. Quienes esperaban un guiño; un espaldarazo; una coordenada de cambio, sorpresa, esperanza o velocidad, se quedaron con eso: con la prudencia, que en el caso de los populares es la nada.

La ratificación de Íñigo Méndez de Vigo en el ministerio de Educación, Cultura y Deportes podría verse de dos formas: como un voto de confianza, porque teniendo ahora al portavoz de Gobierno como pica en Flandes, el sector de la enseñanza y la cultura podría ser, ahora sí, objeto de atención. Pero también ese nombramiento, podría ser -mejor dicho, probablemente sea- la confirmación de que todo seguirá exactamente igual, todavía más cuando el señor Cristóbal Montoro permanece en la cartera de Hacienda –ejem, ejem IVA Cultural-. En otras palabras: la opción por defecto de dejar morir de mengua, de derribar por cansancio o aburrimiento a quienes desean algo más. Nadie le pide al señor Méndez de Vigo que cante, que lea, que vaya al cine. Tampoco afea su discreta e invisible labor. Sólo le pide rellenar la nada. Dotarla de algo. 

No ocurrirá nada distinto de cuanto ha acontecido en estos cinco años. Palo y zanahoria. Palo y zanahoria. ¿Una vez más? ¡Venga! Palo, zanahoria y ya que estamos: Premio Nacional por error, y Premio de Cervantes congelado, y Cuarto Centenario carnestolento, y huesos de Cervantes con errata en la lápida, y Ley de Mecenazgo sin Ley, y multa para creadores y escritores que no pueden cobrar al mismo tiempo pensión y derechos de autor, y Propiedad Intelectual con hoyos en el tejado, y canon con cargo a los presupuestos públicos, y las horas reducidas de filosofía en el programa de educación…

Acaso lo peor de toda esta historia es el derribo.  Aquello que padecen las versiones escarmentadas de los genios y los enamorados, esa reacción de los que ya ni esperan ni desean nada. Excepto la Asociación para el Desarrollo de la Propiedad Intelectual (Adepi), pocos actores del sector cultural afearon –oficialmente- el inmovilismo del ‘nuevo gabinete’ de Mariano Rajoy. Pocas figuras -Miguel Zugaza, Carmen Posadas, Fernando Trueba- pidieron (aisladamente, en entrevistas o apariciones puntuales) acercamiento y sensibilidad. ¿Acaso porque nadie espera ni desea? ¿De tanto palo y Zanahoria ha quedado en puro desierto ese lugar de los deseos donde cabría ya sin agua el Atlántico? ¿Traquetea eternamente el Cercanías de las nueve en el deseo insatisfecho de diálogo inteligente?

Queda por constatar la dimensión de la nada en la ratificación o relevo del equipo técnico. El largo espacio de los mares que se secan y las migas que ya nadie quiere comer. Ese largo deseo desertificado de los que ni esperan ni desean o la versión mejorada del escarmiento. Queda acaso eso. La palabra llana. Las cuatro letras. Que eso: Nada.



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