Cultura

Diez años del suicidio de Foster Wallace: ¿Quién quiere llorar por un monstruo?

El próximo 12 de septiembre se cumple una década del suicidio de David Foster Wallace, el autor que marcó a una generación entera. Alguien que vivió una primera muerte y ahora experimenta una segunda, la que ha asaltado su obra luego de que Mary Karr dijese que la maltrataba. 

David Foster Wallace (1962-2008)
David Foster Wallace (1962-2008)

Se cumplen diez años desde que David Foster Wallace(1962-2008) se colgó de una viga. Ocurrió un 12 de septiembre de 2008, en California. Quisieron la luz y los taquígrafos, los hashtag de Twitter, el infortunio o sólo la verdad, a fin de cuentas la verdad, que la denuncia de la escritora Mary Karr sobre el acoso y maltrato al que la sometió Foster Wallace consiguiera arrancarlo del pedestal de la santidad laica al que lo subieron quienes nunca pararon de encender velas a sus novelas, incluso sin haberlas leído. Foster Wallace era un monstruo al que muchos leyeron de oídas, acaso sin recorrer las alambradas de sus propias obcecaciones. 

David Foster Wallace era un monstruo. Sí, lo era, así que quizá convenga olvidar sus libros o renunciar del todo a leerlos -La broma infinita es una novela de la que muchos presumen pero con la que pocos han echado los espumarajos por la boca en la página número cuatrocientos-. David Foster Wallace era un monstruo. Sí, lo era. Alguien que alojaba en su interior dos fuerzas opuestas. La capacidad de transparentar y enturbiar. De crear y destruir, todo en un mismo renglón. Antes, su recuerdo pendular colgado de la percha del aniversario de su muerte nos compungía, ahora horroriza y empuja a algunos a militar en la causa de su olvido, si no su destierro definitivo de la literatura del siglo XX. Con lapidación y todo. El día que leamos, de verdad, a Philip Roth ocurrirá algo parecido.

Foster Wallace era un monstruo al que muchos leyeron de oídas, acaso sin recorrer las alambradas de sus propias obcecaciones 

David Foster Wallace era un monstruo. Un maniático. Un psicótico diagnosticado. Una persona expansiva y titubeante, hecho de la levadura que infló el pan de sus demonios al contacto de los medicamentos con sus propias miserias. David Foster Wallace era un monstruo, claro. Un ser pustulento, fermentado en Fenelzina, la misma droga que usaba Sylvia Plath para mantener a raya su trastorno bipolar. A ninguno, por cierto, los salvó aquella droga: ni a él de la soga con la que se asfixió ni a ella del horno donde metió la cabeza después de servir el desayuno a sus hijos. 

"Vendrá la muerte y tendrá tus ojos", escribió Cesare Pavese. Él la encontró, un verano por cierto, en el fondo de una caja de somníferos. La monstruosidad escala, resitúa. En ocasiones, la empatía, por excesiva, embiste contra la paradoja para eliminarla, en lugar de hundir los pies en el fango de su contradicción. ¿Puede un monstruo escribir como Dios? No siempre. Pero cuando ocurre, cuando se gesta la criatura moralmente insuficiente que nos toca el corazón, sentimos el miedo de la turba y sacamos las piedras de los bolsillos de Virginia Woolf para arrojarlas en nombre de lo deseable, no de lo que es. 

¿Puede un monstruo escribir como Dios? No siempre. Pero cuando ocurre, cuando se gesta la criatura moralmente insuficiente que nos toca el corazón, sentimos el miedo de la turba

Criado en una familia de clase media –hijo de profesores universitarios-, Foster Wallace estudió filosofía y escribió, con apenas 25 años, La escoba del sistema (1987), una novela que mezclaba la lógica modal, su interés por Wittgenstein y la profunda influencia de Thomas Pynchon. Brillante según quienes le dieron clase en Amherst College –universidad de la que tuvo que retirarse en dos ocasiones a causa de sus tempranas crisis nerviosas-, Foster Wallace tenía sin embargo una pulsión destructiva que arrojó contra sí mismo y contra quienes lo amaron. Perfeccionista, inseguro, tan ególatra como maltratado por una autoestima endeble, el joven escritor construyó, a fuerza de disciplina, una obra que se caracteriza, como su personalidad, por un cierto carácter hambriento y desaforado, casi totalizante. Una monstruosidad. Esa vieja mecha de melancolía y locura que todo lo quema a su paso.

Tanto en la ficción y la no ficción, Foster Wallace reflexionó sobre la adicción de la sociedad norteamericana a la pasividad y el aburrimiento –él mismo era adicto a la T.V-  y volcó en ellos, también, cantidades ingentes de material autobiográfico. Dedicó parte de su pluma a las campañas políticas, los comedores compulsivos, los programas de televisión pero también a la matemática, la filosofía o las drogas –legales e ilegales-, estas últimas reflejadas en su titánica La broma infinita (1996), una novela de más de mil páginas que, según el propio D.T. Max reúne "todas las virtudes y los demonios de David de forma única e irrepetible”, lo que hizo que “todas sus obras posteriores quedaran a la sombra". Muchos no consiguieron terminar de leerla en inglés -The infinite Jest- hasta que la tradujo Literatura Random House. Hay libros que hunden en la desesperación y el sinsentido, monstruosidades necesarias para atragantarnos con ellas. Este es uno de ellos. Porque, después de todo, ¿quién dijo que la soledad era confortable?

David Foster Wallace era un monstruo fermentado en Fenelzina, la misma droga que usaba Sylvia Plath. A ninguno los salvó aquella droga: ni a él de la soga con la que se asfixió ni a ella del horno donde metió la cabeza

Que a D.T. Max, el periodista de The New York Times que escribió la biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate),  se le afee la omisión a las agresiones a Karr en las páginas de aquel libro coloca, sin duda,  las bases para un debate  sobre cómo contamos a determinados seres excepcionales y por eso justamente monstruosos. Esas cosas pasan, muy a menudo. Tras las pastillas y los electrochoques, Ernest Hemingway no tuvo más fuerzas para sostener el espectáculo de su ruda masculinidad y se mató de un disparo. Todo monstruo, aunque lleve corpachón de armario, siempre destruye, a sí mismo si es necesario. 

Cuando Mary Karr -la magnífica autora de El club de los mentirosos (Errata Naturae)- dijo en Twitter que a Junot Díaz no le perdonaban el acoso y a Foster Wallace le encubrían y perdonaban su agresividad, la escritora añadió una apostilla. Y no cualquiera. "Pero Foster Wallace era blanco", dijo. Y ahí llegó el último clavo para esa enorme caja de pino donde enterraremos nuestra capacidad de reponernos de la fascinación por aquellas cosas que un monstruo puede llegar a crear en nosotros. Son los ecos de sus oscuridades lo que fascina al mismo tiempo que aterroriza. Aún estamos a tiempo de colocarnos un cilicio y hacernos un selfie. Provocarnos el dolor de nuestra propia alegría.  

Aún estamos a tiempo de colocarnos un cilicio y hacernos un selfie. Provocarnos el dolor de nuestra propia alegría  

En el año 2005 –tres años antes de su muerte- David Foster Wallace leyó un discurso a los alumnos que se graduaban en Artes Liberales en el Kenyon College, en Ohio. Esto es agua se titulaba.Una lectura atronadoramente hermosa al mismo tiempo que sencilla en la que Foster Wallace proponía para otros lo que no era capaz de aplicarse a sí mismo, la combinación perfecta de2 actos esenciales: vivir y pensar. Porque todo ejercicio de la razón debe teñir la existencia de quien lo produce, y toda vida debe sostenerse sobre la condición plural y consciente de su devenir. Esto es agua interpela en principio a un grupo de jóvenes a punto de completar su ciclo académico, sin embargo, nos habla a todos: a los distantes lectores de un acto en el que no estuvimos y cuyas palabras –reproducidas en la grabación que circula en la red o publicada por Literatura Random House en español- alborotan y remueven a quienes las leen. No nos gusta el agua cuando se enturbia ni confunde.

Un 12 de septiembre de 2008 David Foster Wallace se anudó una soga al cuello. Una que ya se había colocado años atrás y que aquel día decidió volver a probarse, como si de una corbata se tratara. Ajustó el nudo, subió a una silla y luego se dejo caer. Y entonces ocurrió: dejó sin aire a una generación literaria entera. David Foster Wallace, exponente entonces de una narrativa que muchos vieron llamada a cambiar la literatura norteamericana, apareció colgado en el patio de su casa en Claremont (California). Lo encontró su mujer. Su silueta se balancea todavía pendular como una sombra sobre quienes se fundieron con sus libros y los que ahora desean olvidarlo. David Foster Wallace era un monstruo, sí. Pero, ya ve usted lector, era blanco. 

Eso. Era blanco. 

El próximo 12 de septiembre se cumplen diez años de su suicidio. ¿Quién quiere llorar por él? Parece que en este mundo, empeñado como está en sonreír,  ya no somos capaces de arrojar una lágrima... ni siquiera por un monstruo. 



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