El sesgo totalitarista del proceso es algo innegable para cualquier observador imparcial. Aún y así, que los miembros de la ANC (Assamblea Nacional Catalana) y de Ómnium Cultural tengan instrucciones para, y citamos textualmente, “hacer una lista con todas las personas que no irán a votar por algunos de estos motivos: miedo, dudas o no son independentistas” rebasa los límites de la vergüenza ajena y entra, de pleno, en el señalamiento del disidente.

Los tablones de la vergüenza

Durante la pesadilla que supuso el Tercer Reich podían verse a la entrada de numerosos pueblos unos carteles. En ellos figuraba una lista con nombres y apellidos de los vecinos que no simpatizaban con el nacionalsocialismo; bien, hablamos de los tibios, porque a los abiertamente adversarios al régimen, la Gestapo y las SS ya se cuidaban de internarlos en los tristemente célebres campos de concentración. Denominados “Tablones de la vergüenza”, las frases que acompañaban a la lista de desafectos eran de este estilo: “Aquí tenéis los nombres de los traidores a su patria que viven en este pueblo, si deseas saber más, pregunta en la oficina local del Partido”. Escarnio público, miedo, incitación a la denuncia del disidente, todo en un solo cartel.

Pero no se crea que la colosal máquina que alimentaba a la policía secreta nazi de nombres de personas desafectas se nutría de sus policías, ni mucho menos. Eran los amigos, los vecinos, la familia, incluso los propios hijos o parejas las que acudían a delatar a quien veían como un ser asocial, contrario al dogma nacionalsocialista. Si leen ustedes, y se lo recomiendo de veras, el imprescindible libro de Richard Grünberger “Historia social del Tercer Reich”, verán cómo en el capítulo que dedica a la denuncia explica cómo a finales de 1945, estando las fuerzas aliadas a las puertas del pueblo de Konstanz, junto al lago del mismo nombre, sus habitantes seguían denunciándose unos a otros.

'Hacer una lista con todas las personas que no irán a votar por algunos de estos motivos: miedo, dudas o no son independentistas' rebasa los límites de la vergüenza ajena y entra, de pleno, en el señalamiento del disidente"

¿Había una afinidad ideológica en tales denuncias? Por supuesto. ¿Había esa parte miserable que tiene la condición humana y que nos hace ser envidiosos, criminales, crueles? También.

Eso mismo es lo que pretenden ahora las entidades secesionistas: convertir a los independentistas en delatores, en redactores de listas negras, señalando a los que entre sus vecinos o amistades no son afines al proyecto secesionista. Hace tiempo que algunos de los más conspicuos de sus miembros se pasean por las calles anotando quién tiene colgada de su balcón la enseña nacional o quién osa rotular en castellano el nombre de su negocio. Pero volviendo al tema que nos ocupa, en una hoja que se ha distribuido entre los miembros de las dos asociaciones, estructurada en diferentes pasos a seguir ante el referéndum ilegal del 1-O, hay un punto en el que se pide directamente que consignen la filiación independentista o no del encuestado. Quisiera creer que algunos de los que vayan casa por casa a pedir que se acuda a la votación, repetimos, ilegal, quizá no sean conscientes de lo que están haciendo. Señalar al discrepante en democracia es un método que solo emplean los partidarios del terror, véase a ETA en las Vascongadas y a sus famosas listas negras. Imagino ese “puerta a puerta”, con los militantes de ambas asociaciones sonrientes, amables, con sus folletos pagados entre todos los ciudadanos de Cataluña, interpelando a una persona que, creyéndose segura en su casa, no se da cuenta de la serpiente que la amenaza. “Así que usted no piensa ir a votar. ¿Puedo preguntarle la razón?”, le dirán con un guiño de complicidad. “Bueno, es que en casa nos sentimos españoles y catalanes, ¿sabe? Y como además es ilegal y se salta la Constitución, hemos decidido no acudir”. La buena fe que desprende la sinceridad de la respuesta se reflejará en la sórdida carpeta del inquisidor, retratando a aquella persona para quién sabe qué oscuros fines como alguien que, ay, está entre los traidores a su patria.

Porque, vamos a ver, si no es para tener esa lista de malos catalanes, según la terminología independentista, ¿me quieren ustedes decir por qué diablos precisan hacer tal recuento? ¿Para invitar a los que se sienten españoles y catalanes a tomar café con Puigdemont y que éste les convenza de las bondades del proceso? ¿Para enviarles un lote de libros del instituto Nova Historia en los que se cuenta, entre otras barbaridades, que Leonardo Da Vinci era catalán y que las montañas que se ven en segundo plano en el cuadro de la Gioconda son Montserrat? (totalmente cierto, busquen en internet y lo verán).

Si no es para tener esa lista de malos catalanes, ¿me quieren ustedes decir por qué diablos precisan hacer tal recuento? ¿Para invitar a los que se sienten españoles y catalanes a tomar café con Puigdemont y que éste les convenza de las bondades del proceso?"

Mucho me temo que la lista de Sánchez, del Jordi Sánchez que empezó en la malhadada Crida, siguió de segundo de a bordo con el Síndic de Greuges (el defensor de pueblo catalán, el comunista Rafael Ribó, uno de los cargos más suculentos de Cataluña, no tenga una finalidad tan pedagógica, por llamarla de alguna forma).

Españoles denunciando a españoles

La duda metodológica, que no moral, porque ésa está más que clara, se plantea con los miembros de la asociación “Súmate”, organización de castellanoparlantes que apoya sin reservas la independencia catalana. Su primer presidente, el cordobés Eduardo Reyes, ¿piensa ir casa por casa, bolígrafo en ristre, y anotar a los que no comparten su furor contra España? ¿Lo hará su presidente actual, Chema Clavero? ¿En barrios de Cornellá, de L’Hospitalet, de Badalona, de Santa Coloma, de Sabadell o de Viladecans, irán a inquirir quiénes están en contra de una Cataluña independiente? ¿Les explicarán que todo esto no es más que un burdo montaje que oculta el deseo de unos pocos de proclamar la independencia, aunque solo acudan a votar los de siempre? ¿Tendrán el coraje de poner el paño al púlpito y reconocer que los mismos que no han tenido el coraje de proclamar la DUI en sede parlamentaria, teniendo mayoría para hacerlo, son los mismos que ahora se emboscan detrás de subterfugios, de los voluntarios, de las mismas leyes y tribunales españoles que tanto dicen denostar?

Hemos dejado que esto llegase demasiado lejos y la inacción de unos y otros nos ha llevado a este punto terrible: catalanes denunciando a catalanes o, lo que es lo mismo, españoles denunciando a españoles"

Eso por lo que respecta a grandes ciudades, pero imaginen lo que sucede en los pequeños pueblos. ¿Quién se atreverá, entre los que no están por el separatismo, a decirlo y más cuando tienen delante de ellos a un comisario político apuntando? ¿Alguien puede siquiera suponer lo que representa estar señalado por el dedo acusador del independentismo en un pueblecito de mil habitantes en el que el ayuntamiento esté en manos de Junts pel Sí y no digamos de la CUP? Hay que tener mucho valor para afrontar esa situación.

Hemos dejado que esto llegase demasiado lejos y la inacción de unos y otros nos han llevado a este punto terrible: catalanes denunciando a catalanes o, lo que es lo mismo, españoles denunciando a españoles. Sabemos que las listas negras no son cosa de hoy y que en Cataluña hace años que circulan en los despachos oficiales de la Generalitat. Los que intentamos ejercer el periodismo lejos del incienso nacionalista lo sabemos muy bien. Pero si es repugnante que un político te incluya en su carpeta –yo he visto una en la que figuraba mi nombre– de “gente que no es de fiar políticamente hablando”, es infinitamente mucho más perverso, diría que criminal, que esa labor se encomiende a gente de la calle, a personas con las que incluso te relacionas en el trabajo, en el mercado, en la escalera, en el bar de la esquina tomando un café. Hace bien la Fiscalía en tomar cartas en este asunto, porque clama al cielo.

Las buenas maneras y las sonrisas no siempre son heraldos de bondad. Bien lo sabía Mauriac al decir que hay cierta cantidad de gentileza en el traidor. La revolución de las sonrisas ha acabado en esto: elaboración de listas negras por parte de los independentistas y con Artur Mas pidiendo que los catalanes paguemos su multa por desobedecer las leyes que juró defender.

Un triste destino para Cataluña.


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