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Sentencia Nóos: ni justicia ni razón

Hecha pública la sentencia, los focos informativos quedarán definitivamente fijados sobre Urdangarin, mientras que Cristina pasará a un salvífico segundo plano, hasta desaparecer por completo del panorama informativo. Y aquí paz y después gloria.

La infanta Cristina.
La infanta Cristina.

El trascendental enigma que la sentencia sobre el llamado ‘caso Nóos’ debía resolver es si, en España, la Justicia es igual para todos o no. Y lamentablemente, tenía que ser respondida en última instancia, mediante sentencia, porque todo lo sucedido anteriormente, es decir, el devenir de los 11 años de investigación judicial, dejaba patente que, cuando menos, existen poderosos intereses para que, en efecto, en España haya justicias distintas.

De lo que no quedaba duda es que la fiscalía, lejos de ser igual para todos, tiene distintas varas de medir

Para empezar, de lo que no quedaba duda es que la fiscalía, lejos de ser igual para todos, tiene distintas varas de medir: una para el común y otra para el personaje con posibles. También Anticorrupción y la Abogacía del Estado se han retratado, al recurrir en su día con vehemencia los intentos del juez Castro de sentar a la infanta Cristina en el banquillo. Y es que, por más que se intente distraer la cuestión, éste no era en realidad el juicio de Cristina de Borbón, menos aún el del plebeyo Iñaki Urdangarin o su todavía más plebeyo socio, Diego Torres, sino el de su padre, Juan Carlos; y también, por extensión, el del régimen del 78.

En efecto, ante la alargada sombra del rey emérito, y de la francachela política y mediática destinada a salvaguardarle, el juez Castro se las vio y las deseó, y tuvo finalmente que inspirarse en Eliot Ness para intentar hacer al menos un poco de justicia: maniobró e imputó a la infanta en base a un presunto delito fiscal y otro de blanqueo de capitales. Un planteamiento que el fiscal Horrach no recurrió, porque si en el peor de los casos tal delito quedaba probado, no sería difícil reducirlo a una simple multa, tal y como al final ha sucedido.

En España, quienes más empeño parecen poner en denigrar a las instituciones son precisamente aquellos que las ocupan

No obstante, Horrach, jaleado siempre por la prensa amiga, no se privó de acusar públicamente al juez de dar pábulo a teorías conspirativas y hacer reproches éticos. Una conducta inimaginable en un fiscal en países de nuestro entorno, donde, cuando menos, se guardan las formas. Pero en España no; muy al contrario, quienes más empeño parecen poner en denigrar a las instituciones son precisamente aquellos que las ocupan. Después habrá quien se lamente de que el populismo prolifere.

Sea como fuere, al final han sido tres magistradas, Samantha Romero, Eleonor Moyà y Rocío Martín, las encargadas de responder por la vía de los hechos a una cuestión que es la clave de bóveda de cualquier democracia que se precie, esa pregunta que el ciudadano corriente se formula a su manera: “¿por qué unos van a ‘chirona’ y otros no?” Y para bien o para mal, han respondido: finalmente Iñaki Urdangarin irá a prisión (seis años y tres meses de condena), Diego Torres también (más de ocho años de condena) y la infanta Cristina quedará en libertad. Y como guinda del pastel, el tribunal condena en costas a la acusación particular.

Hay quien califica la sentencia de “ejemplarizante”, por cuanto la pena impuesta a Urdangarin es severa. Después de todo, por más que la Casa Real lo haya repudiado de forma ostensible –no había otra–, sigue siendo a todos los efectos el marido de la infanta y, por lo tanto, miembro de la familia real. En consecuencia, que todo el peso de la ley, o al menos, bastante, caiga sobre él, debe ser interpretado por el populacho como prueba irrefutable de que, en efecto, la justicia es igual para todos. Esa ha sido desde el principio la estrategia, a la que se avino el propio Urdangarin una vez se le hizo comprender que todo era susceptible de empeorar si se echaba al monte.  

Cristina pasará a un salvífico segundo plano, hasta desaparecer por completo del panorama informativo. Y aquí paz y después gloria

Hecha pública la sentencia, los focos informativos quedarán definitivamente fijados sobre Urdangarin, del que se seguirá puntualmente informando, mientras que Cristina pasará a un salvífico segundo plano, hasta desaparecer por completo del panorama informativo. Y aquí paz y después gloria. El rey emérito puede estar tranquilo.

¿Ha sido respondida cabalmente la pregunta de si la Justicia es igual para todos ? Que cada cual saque sus propias conclusiones. Por nuestra parte, solo apuntar aquello que Montesquieu tan sabiamente dijo: “no existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencia de justicia”. No hay más que añadir, señorías.


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