Análisis

La Complu tiene nuevo rector y sigue siendo de izquierdas. ¡Venga alegría!

Con jolgorio ha recibido la izquierda la derrota de Federico Morán en las elecciones al rectorado de la Complutense. La primera universidad madrileña, de la que no hay rastro en el ranking de las primeras 200 mejores del mundo, seguirá sesteando en la sombra, ajena al drama de un país que vive inmerso en una crisis política de caballo y que apenas vislumbra la salida de la mayor crisis económica de su historia.

La Universidad Complutense de Madrid
La Universidad Complutense de Madrid Archivo

Con generalizado jolgorio ha recibido la izquierda española la derrota de Federico Morán, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, en las elecciones al rectorado de la Universidad Complutense de Madrid (la mayor de España, con casi 82.000 estudiantes, 5.900 profesores, 4.420 funcionarios, 4.169 administrativos y un presupuesto anual de 520 millones). Un diario de izquierdas describía con entusiasmo el resultado de la primera vuelta: “El PP ha recibido esta semana un severo varapalo en la Complutense. Su candidato declarado, Federico Morán, ni siquiera ha sido capaz de pasar a la segunda vuelta. Finalmente, dos hombres con notorio perfil de izquierdas, José Carrillo y Carlos Andradas, ambos matemáticos, jugarán la partida definitiva el próximo miércoles”. La partida se jugó en efecto este miércoles, y en ella Andradas le ganó el pulso a Carrillo. La primera universidad madrileña, de la que no hay rastro en el ranking de las primeras 200 mejores del mundo, seguirá sesteando en la sombra, ajena al drama de un país que vive inmerso en una crisis política de caballo y que apenas vislumbra la salida de la mayor crisis económica de su reciente historia. No importa, la Complu tiene nuevo rector y sigue siendo de izquierdas. ¡Venga alegría!

Una de las situaciones más llamativas que estos años de graves dificultades ha deparado el devenir español ha sido la incapacidad de la universidad no ya para dar soluciones, que por supuesto no ha dado ninguna, sino siquiera para emitir opinión y proponer algún tipo de debate sobre la salida o posibles salidas a la gran crisis política y económica, que es también crisis de identidad, que sufre España. De la universidad, teórico centro de pensamiento, supuesto think tank con capacidad para remover conciencias, no ha habido noticias. Es como si hubiera estado cerrada o de vacaciones. Los españoles que han sufrido los embates del ajuste ni siquiera hubieran notado su ausencia. “La elección del rector es la elección política de un político” (…) “No había política [antes] y, por lo tanto, no había proyecto político” (…) “He estado cuatro años en el rectorado de esta universidad haciendo política” (…) “Convertir una universidad grande en una gran universidad no puede hacerse sin política”. Las frases pertenecen a un artículo publicado por Carrillo el 9 de mayo en el diario El País.

 Esa politización extrema explica el silencio atronador de la universidad española a la hora de aportar soluciones a los problemas del país

Ahí le duele. Política a palo seco, pero, además, sectaria política de partido. Es conocida la querencia que la izquierda española ha mostrado siempre por el control de la Educación, materia que considera suya por una especie de derecho cuasi divinal y en la que aplica con denuedo los principios ideológicos de la igualdad por decreto, con menosprecio de los valores de mérito y esfuerzo, y de espaldas a ese principio de excelencia que mueve las grandes universidades del mundo, convertidas en centros generadores de ideas y propuestas mediante el fomento de la reflexión y el debate colectivo. Lo cual es también política, naturalmente, pero política abierta a todos los colores. En España, los rectores son gente de izquierdas y, en general, con poco peso académico y científico (tanto Carrillo como Andradas se han dedicado fundamentalmente a la gestión universitaria. Ambos han sido, en distinto periodo, vicerectores con Carlos Berzosa, el peor que ha tenido la Complu en democracia, gran responsable de su politización y sectarismo), con el norte puesto en hacer política de izquierdas en la universidad, que no política universitaria. Esa politización extrema (que arranca del propio sistema de elección del rector: 51% profesores, 25% alumnos, 12% personal de administración y servicios (PAS) y 12% resto de docentes no fijos), explica el silencio atronador de la universidad española a la hora de aportar soluciones a los problemas del país.

La endogamia universitaria

Naturalmente, con este tipo de rectores es muy difícil acabar con problemas como la endogamia universitaria, una de las lacras de nuestros centros, y tal vez siquiera plantear el debate, porque acceden al cargo con tal cúmulo de compromisos adquiridos con quienes les han dado su voto que se encuentran con las manos atadas. Solo una norma impuesta desde fuera podría acabar con esa mediocridad que inunda tantos departamentos de tantas facultades donde el alumno aplicado, o el simple pelota, hace su posgrado agarrado a las faldas del titular de la cátedra para incorporarse de inmediato a la docencia bien pegadito a su sombra, un sistema que rechaza la meritocracia y no reconoce ni promociona el talento. El rector es el gran padrino que, con su corte de acólitos reunidos en el Consejo de Gobierno, controla el acceso a la docencia, lo que explica que más del 90% del profesorado que contrata una universidad sea ya miembro de esa universidad. La voz pasiva de esta práctica corrupta es que no pocos de los profesores e investigadores mejor preparados se ven obligados a buscarse la vida fuera de España.

La universidad de Stanford, por ejemplo, no contrata como profesor a nadie que haya hecho allí su doctorado, de forma que todo aquel que lea su tesis en dicha universidad tendrá que buscarse obligatoriamente la vida como profesor en otra, y solo con el paso del tiempo y la evidencia de un nivel de excelencia contrastado podrá aspirar a que Stanford le haga una oferta para enseñar en sus aulas. Por encima del nivel de cualificación, muy dispar, del profesorado de cualquier centro educativo, lo que distingue a las mejores universidades es la existencia de un pequeño porcentaje de docentes francamente instalados en un nivel de excelencia tal que actúa como locomotora capaz de llevarles en volandas hasta los primeros lugares del ranking. Muchas universidades españolas cuentan con ese profesorado de nivel, pero su afán choca con esa politización extrema que todo lo impregna. La clave está en la ausencia de políticas universitarias no sectarias, políticas que desprecian la meritocracia y sirven de caldo de cultivo a ese servilismo intelectual de quienes se han graduado en la que alguien con cruda ironía ha dado en llamar la Lewinsky Business School.

¿Alguien ha preguntado a los contribuyentes si están de acuerdo en que parte del dinero de sus impuestos se dedique a sacar titulados en serie, candidatos a las listas del paro, sin ninguna garantía de exigencia y/o excelencia?

¿Tiene algo que ver con la excelencia el que para poder tener derecho a una beca sea suficiente aprobar curso con un 5 pelado? La parte más sindicalizada y gremial de la comunidad universitaria, en alianza con la izquierda política, ha convertido las becas en un derecho desligado de cualquier exigencia de esfuerzo académico, pero, ¿alguien ha preguntado a los contribuyentes si están de acuerdo en que parte del dinero de sus impuestos se dedique a sacar titulados en serie, candidatos a las listas del paro, sin ninguna garantía de exigencia y/o excelencia? Volvamos a Stanford. El dinero que pagan los alumnos –mucho- por acceder al campus de Palo Alto apenas representa el 12% de su presupuesto anual. El resto se consigue con la gestión patrimonial, la venta de las patentes que salen de sus laboratorios, las donaciones, etc. En España, esta universidad ineficiente, tan vieja como los edificios de la vieja Complu, vive colgada del Presupuesto, con los catedráticos convertidos en funcionarios. ¿Tiene algún sentido que un profesor de universidad sea funcionario? En Austria, por ejemplo, los nuevos docentes que acceden a los centros lo hacen desde 2003 en la condición de contratados por la universidad, ya nunca más como funcionarios.

Sacar la política de partidos de la Universidad

Muchas de las cosas que aquí se denuncian figuraban en el programa de Morán, un candidato que ha resultado arrollado por el estigma de haber sido secretario general de Universidades dentro del equipo del ministro Wert hasta hace unos meses. A pesar de luchar contra ese sambenito, su propuesta de “sacar la política de partidos de la universidad” ha contado con el respaldo del 23% de los electores en primera vuelta, lo que indica que, a pesar de los pesares, la exigencia de cambio está muy extendida entre el profesorado de la Complu. Habrá que dar un margen de confianza al nuevo rector Andradas, que ha contado con un amplio apoyo del profesorado universitario y de los estudiantes, con un programa que habla también de la aspiración a la excelencia y de la necesidad de poner en marcha un proyecto de regeneración universitaria. Toda la suerte del mundo.  

Lo peor que se puede decir de la situación por la que atraviesa la Complutense, mascarón de proa de la universidad española, es que los problemas que le afligen son de sobra conocidos. Todo el mundo sabe qué es lo que habría que hacer para integrarla en el tejido institucional del país y convertirla en foco irradiador de ideas e iniciativas. Pero nadie mueve un dedo. Todo queda referenciado a la pelea política de la mediocridad y los derechos adquiridos. Es evidente que no se podrá abordar una reforma universitaria seria sin hacerlo al tiempo con las enseñanzas medias, donde también se ha hecho tabla rasa con el principio del mérito y el esfuerzo, y se ha degradado de forma temeraria la autoridad del profesor. También es evidente que ese cambio radical no será posible sin un gran pacto nacional que acabe con el campo de batalla político que es hoy la universidad, una aspiración tal vez inalcanzable si no es en el marco de esa regeneración global de nuestra democracia que reclaman tantos españoles. La universidad, mientras tanto, sigue sesteando. Cuenta un profesor madrileño: “La verdad es que cuando un colega te pregunta en el extranjero a qué centro perteneces, respondes muy bajito que a la Complutense, porque te da un poco de vergüenza decirlo en voz alta”. Esa es la vergüenza con la que hay que acabar. 


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