Análisis

¿Y si Europa se bajara las enaguas hasta los zancajos?

   

Manifestantes griegos delante del Parlamento de Atenas.
Manifestantes griegos delante del Parlamento de Atenas. EFE

Pasado el fulgor de las hogueras de la plaza Syntagma, la situación vuelve do solía, exactamente donde estaba: sobre la mesa de la negociación, los mismos argumentos que existían antes de que las conversaciones se rompieran: ayudas a Grecia a cambio de reformas. En un lado de la mesa, un Alexis Tsipras empoderado por ese 61% de voto favorable en el referéndum del domingo, convencido de que ahora cuenta con respaldo popular suficiente para plantear una renegociación de la deuda helena con su correspondiente quita, que es la madre del cordero en esta carrera de resistencia. Y, en  frente, el resto de la eurozona.

En frente, en efecto, la heterogénea tropa de la “coalición de naciones” del euro, cada batallón con su propio jefe, sus vicios ocultos y confesos, su indefinición, sus miedos, sus complejos… No deja de ser llamativo, incluso alucinante, que un país en bancarrota que apenas representa el 2% del PIB comunitario tenga y mantenga en jaque a uno de los grandes bloques económicos del mundo, prueba del algodón del impasse en que hoy se encuentra el proyecto de unidad europea, lastrado por una ausencia de liderazgos realmente atronadora. Si Robert Schuman y resto de los llamados “padres de Europa” levantaran la cabeza, no podrían por menos de asombrarse del grado de postración en que hoy se halla la idea que cual geniales visionarios alumbraron un día.

Esto tiene mala pinta. Para quienes desde la atalaya liberal compartimos una serie de valores basados en la cultura del esfuerzo, la responsabilidad personal indelegable, y la creencia en que una familia, como un país, no debe gastar más de lo que ingresa, y que, además, país o padre de familia, el hombre libre (“el paso erguido del hombre”, que decía Block) está obligado a cumplir los compromisos contraídos, la esperanza de que el lío griego tenga arreglo sensato descansa ahora mismo en la Alemania de la señora Merkel, con todas las dudas que con frecuencia asaltan a la dama. Alemania ha endurecido su postura, cansada de las maniobras de vivaqueo griegas, seguramente porque una franca mayoría de su población está muy cabreada con Grecia y su Gobierno y hasta, tal vez injustamente, con los propios griegos. Y lo que ocurre en Alemania es moneda de curso legal en su hinterland: Holanda, Austria, países Bálticos y Escandinavia.

Ruptura de la UE en dos bloques

Porque el resto de la UE es un horror, empezando por la maquinaria burocrática de Bruselas, seguramente más pendiente de seguir manteniendo su momio que atender al futuro de la Unión, y siguiendo por Francia, que simplemente es un país echado a perder para los valores antes descritos, y siguiendo por todos los demás, incluida España. Y ahí se empieza a perfilar cada día con más fuerza una ruptura de la UE en dos bloques horizontales (ninguna novedad, por otro lado, pues que de una Europa a dos velocidades se viene hablando hace tiempo): el norte ortodoxo, por un lado, con Alemania al frente, y el anárquico, derrochón, incumplidor, infiable sur, por otro. Un sur dejado a su suerte.

El resto de la UE es un horror, empezando por la maquinaria burocrática de Bruselas y siguiendo por Francia, que simplemente es un país echado a perder, y todos los demás, incluida España

En el corto plazo, la eurozona, como la propia UE, sigue perdida en el laberinto griego en el que campa el Minotauro, otro de los mitos de la vieja Hélade. La decepcionante comparecencia televisiva de ayer tarde de Merkel y Hollande no hizo sino reavivar esa imagen fatigada de una Europa cortocircuitada por los miedos a la toma de decisiones. La Europa de la eterna duda. La Europa dispuesta a bajarse la enagua hasta los zancajos para disfrute de aventureros y oportunistas. Pocas dudas caben, empero, de que si Europa descubre sus vergüenzas en esta hora, ese podría ser el final no ya de la eurozona, que por descontado, sino de la propia UE, porque quedaría demostrado, por un lado, que el chantaje a este poderoso grupo de acollonados tigres de papel da resultado, y, por otro, que el euro es un Club donde no existen las reglas o, si existen, son tan laxas como los principios de Groucho Marx, de modo que cualquiera con arrestos bastantes puede saltárselas a la torera.

No se trata de apretar el gaznate a los griegos, algo que solo un sádico o un irresponsable podría desear. Grecia tiene derecho a usar en su provecho todos los mecanismos que otorga la pertenencia al Club, como lo tiene también para reclamar la solidaridad de sus socios. Pero los Gobiernos del resto de la eurozona y los ciudadanos que les eligieron, de cuyos impuestos han salido los 240.000 millones bombeados en Grecia, tienen igualmente derecho a que el Gobierno Tsipras aborde las reformas que se le vienen exigiendo desde hace tiempo. Lo decía ayer mismo, entrevistado en la SER desde Atenas, un economista griego que en enero pasado votó a Syriza: “es imprescindible una reforma de la Administración. Despedir funcionarios no da solución al problema de Grecia, porque el aparato del Estado no es productivo, no es eficaz: cuando uno quiere hacer una inversión y tiene que esperar dos, tres o cuatro años, a veces recurriendo al soborno, para conseguir los permisos, estamos hablando de una Economía que nunca podrá ser productiva, que no será capaz de salir adelante con semejantes trabas”.   

Modernizar la Administración Pública    

Los sucesivos Gobiernos griegos, todos, se han negado con determinación a meter la tijera en esa elefantiásica administración pública, porque el voto del funcionario es fundamental a la hora de ganar elecciones. Es un mal que procede nada menos que de la independencia de Grecia del Imperio Otomano en el siglo XIX y que, a lo que se ve, tiene muy difícil solución. Modernizar, liberalizar, cambiar hábitos, romper la espina dorsal de esas redes clientelares que coartan el crecimiento de la economía y frustran las reformas es tarea a la que siempre se han negado los Ejecutivos helenos. Querer imponer esas políticas desde fuera se ha demostrado igualmente un error. El fracaso de la UE ha consistido en querer reconstruir desde fuera un Estado fallido o casi, cuando deben ser los propios griegos los obligados a tomar las riendas de su destino y decidir, como decidieron ayer, qué quieren ser de mayores.

Una mayoría de griegos dijeron el domingo, en efecto, que no quieren reformas impuestas desde fuera, de manera que la UE debería dar a los griegos la oportunidad de resolver sus propios asuntos. Ese es el desafío de los Tsipras de turno. Pedir un tercer rescate, es decir, reclamar más dinero a los socios de la eurozona, además de contradictorio con el mensaje de orgullo e independencia del domingo, podría ser letal, como antes se apuntó, para el futuro de la Unión. Pocas esperanzas de que se alcance una solución rápida y puesta en razón: ayudas a cambio de reformas. Lo coges o lo dejas. Los riesgos para la UE, como ayer demostraron los mercados, son asumibles. Sólo hace falta un poco de valor. Pero no se engañen. Los socios de la eurozona, con el señor Hollande a la cabeza, seguirán manseando en tablas de manera escandalosa. Nadie se extrañe si en unos días ofrecen a Tsipras una reestructuración de la deuda con quita incluida, sí, con quita, y además un programa especial de inversiones en el país heleno, en cuyo caso veremos al camarada Alexis celebrando merecidamente su triunfo y tumbándose de nuevo a la bartola, sin cumplir, una vez más, sus compromisos. Y veremos, más pronto que tarde, a la eurozona saltando por los aires.


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