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Rubén Arranz

Prisa

El Rey emérito, Cebrián y los inconvenientes de revolver el gallinero

Juan Carlos I medió en la crisis de Prisa en favor de Juan Luis Cebrián. Trasladó a César Alierta y a Isidro Fainé que, pese a los fallos de gestión que le atribuyen los 'accionistas rebeldes', su permanencia al frente del grupo es buena para la estabilidad de España.

El presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián
El presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián Ballesteros

Negar la habilidad de Juan Luis Cebrián para tejer relaciones con el poder político e influenciarle en su toma de decisiones sería faltar a la verdad. Cuenta Mercedes Cabrera en la biografía de Jesús de Polanco que publicó hace dos años que, en 1979, en plena guerra de accionistas en el diario El País, sus enemigos ya atribuían al actual presidente del Grupo Prisa –treintañero en ese momento- un innegable talento para poner de su parte a quienes tienen voz y voto dentro y fuera de su casa. “Sus méritos periodísticos se reconocían aunque provenía de una familia de viva raigambre falangista, pero se le acusaba de abandonar sus obligaciones para hacer política interna con los consejeros, y política externa con los miembros del Gobierno”, expone, mencionando un artículo publicado por el extinto periódico Informaciones.

El complot al que se ha enfrentado recientemente en el Grupo Prisa le ha obligado a hilar fino y a emplear esa especial habilidad para modular voluntades. Eso sí, con cierta prudencia, pues el paciente está achacoso –la deuda del grupo ronda los 1.500 millones de euros- y porque algunos de los apoyos con los que contó para mantenerse al frente de la editora de El País le dieron la espalda y avivaron la rebelión, lo que ocasionó una inusual inquietud en Cebrián, según cuenta una persona de su entorno.

El principal fallo de los confabuladores –explican fuentes conocedoras del Consejo de Administración- es que fueron demasiado optimistas y muy poco sigilosos. No se puede conspirar en voz alta, ni proyectar la voladura de un edificio e intentar colar los barriles de pólvora a cara descubierta y por la puerta principal. Eso provocó que sus movimientos tuvieran un eco demasiado elevado. Tan elevado que le llegó al propio Cebrián. Y al Rey emérito.

Cuentan estos informantes que Juan Carlos I ha ejercido un papel activo en esta batalla entre accionistas, y lo ha hecho para proteger a Cebrián, pues, a su juicio, su permanencia en el trono de Prisa es positiva para España. O, al menos, no es perjudicial para sus intereses.

A César Alierta y a Isidro Fainé se ocupó de dejarles claro que los movimientos para descabezar Prisa no eran prudentes, dado que, si su plan tenía éxito y Cebrián capitulaba, la estabilidad del país podía correr peligro. Porque es bien sabido que mejor malo conocido que bueno por conocer. Y más en un momento en el que el barco zozobra. Y máxime si quien encabeza la rebelión -aparentemente- es uno de los tan temidos tiburones de los mercados.

Dos fechas importantes

Como detalló Vozpópuli recientemente, el calendario de los ‘accionistas’ rebeldes tenía dos fechas marcadas en rojo. La primera era en junio, cuando querían situar a una persona de su confianza -Luis Velo- como consejero delegado del Grupo Prisa. La segunda, en diciembre, cuando pretendían arrebatar a Cebrián el poder ejecutivo.

Cabe precisar a este respecto que barajaron la opción de mantenerle como presidente, pero sin poder de decisión. También pensaron en sustituirle por Fernando Casado, director del extinto Consejo Empresarial para la Competitividad (CEC), antiguo presidente de Catalunya Caixa y director general del Instituto de la Empresa Familiar. Incluso hablaron de que, en una situación de extrema necesidad, el propio César Alierta podría ponerse a la cabeza de Prisa.

Las fuentes consultadas por este periódico no descartan que este plan llegue a buen puerto, pero, en este punto, reconocen que las opciones de éxito del ‘bando rebelde’ son mucho menores que el pasado diciembre, cuando se celebró una reunión del Consejo de Administración de máxima tensión.

El apoyo de Moncloa a Cebrián parece fuera de toda duda a estas alturas. El presidente de Prisa trasladó recientemente a Mariano Rajoy y a Soraya Sáenz de Santamaría que su permanencia en el cargo es buena tanto para él como para el Gobierno; y que la responsabilidad con la que actúa desde su atalaya mediática no se puede comparar con el modus operandi de los fondos buitre (Amber Capital), especialistas en obtener réditos a partir de las desgracias de empresas en dificultades. Caiga quien caiga.

Dicho esto, lo que está por ver es la capacidad de influencia que ha tenido Cebrián sobre Fainé para desvincular a Caixabank (expresidente) y a Telefónica (consejero) del 'bando golpista'. La caja de ahorros catalana posee el 3,83% de los títulos de Prisa, mientras que la multinacional de las telecomunicaciones agrupa el 13%. El comandante de esta última, José María Álvarez Pallete, no ha mostrado gran entusiasmo por forzar la sucesión en el trono de Prisa, al contrario que Alierta, su antecesor, especialmente implicado en esta guerra de socios, según exponen fuentes de la empresa.

El principal fallo de los confabuladores –según reconocen fuentes conocedoras del Consejo de Administración- es que fueron demasiado optimistas y muy poco sigilosos

Del lado de Cebrián se encuentra actualmente el Grupo IAMSA, propiedad de Roberto Alcántara Rojas (8,9%), uno de los empresarios ‘de cámara’ del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto. También le respaldan International Media Group (8,1%), del sultán catarí Khalid bin Abdullah al Thani y la familia Polanco (17,5%), que desde el inicio de esta batalla no ha dicho esta boca es mía. Su principal opositor es Amber Capital, el hedge fund que el pasado julio se convirtió en el principal accionista del grupo y que está comandado por Joseph Oughourlian, un astuto inversor de origen armenio que en los últimos meses se ha visto obligado a aprender, a marchas forzadas, las dinámicas que rigen en la capital del reino.

No conviene perder de vista que los fondos oportunistas han adquirido los derechos sobre una buena parte de la deuda de Prisa y están dispuestos a cobrar pase lo que pase. Eso redobla la presión sobre los responsables del grupo, que están obligados a encontrar un comprador para Santillana antes de que se produzca el próximo gran vencimiento de deuda (965 millones de euros), en diciembre de 2018. Cebrián aseguró el pasado 23 de marzo en una entrevista a la Agencia EFE que esperaba tener ofertas vinculantes por la editorial a finales de abril. Pero, de momento, no hay noticias sobre los potenciales interesados en su adquisición.

Cebrián parece dispuesto a sobreponerse a estas circunstancias y a salir airoso de la enésima crisis de Prisa, pese a la incertidumbre que rodea a la operación de Santillana y pese al ruido que han realizado últimamente sus detractores. Así se expresaba hace unos días uno de los ejecutivos de prensa que mejor conoce lo que se mueve en los más altos despachos del sector: “Olvídate. se queda hasta que acabe su contrato (diciembre de 2018) y no descartes que renueve”.

Y añadía: “Se ha sabido mover bien”. Algo que -en su opinión- no han hecho los rebeldes, que quizá han subestimado su sorprendente capacidad para salir indemne de los incendios que se desatan a su alrededor. Muchas veces, tirando de agenda y apelando a Dios, al Rey, a la patria… y hasta al pueblo.


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