Nieve

Parador de Gredos: un verdadero refugio de montaña

Para algunos, el doblar la última curva de la carretera que viene desde Puerto Menga (la Venta Rasquilla, para ser más precisos) y ver la puerta al Parador es como llegar a casa. El Parador de Gredos, en Ávila, es un símbolo del turismo de siempre. Hoyos del Espino es un referente del turismo activo y el Valle del Tormes presume de tener algunos de los rincones naturales más bellos. Los años le van dando al entorno una pátina de calidez que se entiende mejor los días que hace mucho, pero mucho, frío.

Siempre impresiona la parte histórica del edificio. Detrás de los días de caza de Alfonso XIII, las sesiones de pesca de Francisco Franco o las discusiones de los padres de la Constitución están los numerosos personajes anónimos de la zona, que han cuidado del Valle de Tormes y su fantástico escenario natural.

No es nada difícil encontrar en la zona los recuerdos de Pablo, el molinero de Navarredonda; de don Santiago, el médico; del abuelo Rosendo, el pastor que llevaba en verano las ovejas a Extremadura; o de Pedro, que tenía el coche de línea con el correo y acarreaba toda clase de productos en la baca del viejo autobús. En el valle, la gente todavía se conoce por el apodo: el tío Matamoros, los Taramba o Los Zorras son parte del escenario.

Por suerte, el parador mantiene parte de ese espíritu. Su edificio está muy por encima de los hoteles de diseño o los apartamentos turísticos. La piedra de sus muros muestra el lustre de su 85 aniversario, pero su alma guarda el sabor de los grandes refugios alpinos. Aquellas primeras 150.000 pesetas que costó su edificación parecen hoy una inversión razonable y los guisos de cuchara que podemos tomar en el restaurante, no tienen nada que envidiar en nada a aquel cocido de Lhardy, que se trajeron hasta 1929 “a modo de ensayo”.

Sobremesas y cenas

La sobremesa en la terraza que apunta a las cumbres de Gredos suele acabar en la eterna discusión. ¿Son más bonitos los días de anticiclón con cielo azul reflejándose en la nieve que hay sobre los pinos, o cuando las nubes matinales quedan aplastadas en la parte baja del valle? Pues es difícil decidirse. Aquí siempre hay emoción.

Hay un extraño placer en volver cansado a nuestra habitación después de una caminata desde San Martín del Pimpollar o una ruta en bicicleta desde Serranillos. Nuestra habitación se valora más después de una de esas excursiones en las que duelen un poco las piernas, en las que se necesita una ducha caliente o un cena temprana, pero generosa: probaremos truchas del Tormes, judías de El Barco de Ávila o algún solomillo de los “Chotos” que se recrían en los prados cercanos a Navarredonda.

El Gredos de Marañón

Aquí la vida es austera, sencilla, pero sana. Ya lo decía el mismo Gregorio Marañon…“Gredos es algo extraordinario, es la suma de todas las cosas sanas y admirables… En ninguna parte del mundo se dan, reunidos bajo un cielo tan maravillosamente azul la dulzura de los valles templados de Arenas, los climas más tónicos… ¡Y qué incomparable retiro para los sanos: que buscan una tregua en la lucha de la vida…!

En estos días, una coqueta exposición nos ayuda entender la evolución de Paradores en sus 85 años de existencia. El Viejo salón central sirve para darnos una idea de lo que ha supuesto esta firma en la evolución del turismo en España. Menús, uniformes, vajillas o personajes son parte de una película en que también hemos sido actores.


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