Gourmet

Mas de Flandi: el aceite como perfume

La zona del Matarraña, en Teruel, tiene todo lo necesario para generar grandes emociones. El aceite ha sido uno de sus grandes patrimonios y gracias a personas como Eduard Susanna el reconocimiento internacional está dejando de ser algo simplemente nominativo. Mas de Flandi es más que una finca de olivos. Su zumo de aceituna es una manera de entender el oleoturismo, ya que interesa a todos aquellos que buscan un producto marcado por la calidad. Aquí hay mucho más que una etiqueta bonita.

Una pequeña indicación amarilla nos marca el camino. Mas de Flandi es posiblemente el mejor ejemplo que hay en España de pequeña almazara. Diseño, tecnología y funcionalidad para elaborar un aceite tan especial como inesperado. De la mano de Eduard Susanna y su equipo, podemos conocer y sentir la nueva forma de hacer aceite. Aquí todo es pequeño, razonable y sumamente pulcro. Y eso llama la atención.

La base del producto es una finca ubicada a pocos kilómetros de Calaceite, pueblo famoso por ser la capital cultural de la zona y refugio de numerosos artistas, intelectuales y algún que otro vividor amante de los placeres cotidianos. Casi cuarenta hectáreas de olivos, mimados como si fueran un jardín francés, se han convertido en un ejercicio de paisajismo agrícola. Aquí los rigores de la climatología de Teruel se ven dulcificados por la influencia mediterránea y el influjo de los Puertos de Beceite.

Esta opción empresarial es un buen referente de cómo entender la nueva agricultura. Recuperar antiguas casas de labranza, revitalizar terrenos abandonados y plantar de nuevo especies autóctonas parecen los deberes que se ponen cada día para elaborar el producto. Sin prisas, pero con estilo. Con calidad, pero sin renunciar al negocio. No es extraño que Fruit & Branca, marca con la que se comercializa su aceite, sea ya conocida en Estados Unidos, Japón y Holanda, tanto o más que en España.

Eduard ha entendido el aceite como un producto de añada.

Esos olivos de las variedades Empeltre y Arbequina son las bases de los aceites que Eduard tiene en su cerebro. Su vinculación empresarial al mundo de los olores y la cosmética le han llevado a centrar sus energías en una gran pasión, el aceite de Oliva Virgen Extra. Después de viajar por todo el mundo, ha entendido que la elaboración necesita de una tecnología, que en este caso la aporta los italianos, y un entender el aceite como un producto de añada.

Cada año es distinto. Cada árbol tiene un rendimiento y el producto final depende del artesano que le da el toque final. La optimización de esos recursos es la labor de ‘oleólogo’, palabra que no se usa que debería servir de enganche para un ‘oficio’ cada vez más necesario.

El aceite es un producto vivo y necesita conocerse para disfrutar. Por eso su almazara es unaula de formación para todos aquellos que quieren entender esta forma de hacer aceite. Por eso es necesario conocer el proceso de extracción, calentar entre las manos un vaso con el producto, ver su color, sentir sus aromas en la nariz y beberlo. Solo así se entiende las virtudes de este ‘zumo’.

Una cuestión de calidad

Por supuesto, no faltan las críticas en la zona. Su temprana recolección de la cosecha, los bajos rendimientos, la delicada manipulación del producto y la especial conservación, lo han convertido en un producto diferente. Aquí no se apuesta por la cantidad. Es una cuestión de calidad. Desde el diseño de los depósitos para una perfecta conservación hasta las formas en las que llegan al cliente final, el aceite se mima, en una guerra continua contra la luz y la oxidación. Saber valorar este perfume no es cosa fácil; pero el tiempo dará la razón a los que creen en la calidad. ¡Benditos caprichos! (Calaceite, Teruel. 978 851 317).


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