Dicen que el vinagre balsámico tiene ese apellido porque era utilizado como remedio terapéutico por los galenos de la Italia de la Edad Media, como alivio a los males del reuma. Donizone, monje tan amigo de los rezos como de los fogones, ya escribía de sus virtudes.

Por suerte, después de hablar con algún que otro experto en vinagres nunca utilizaría este delicioso ‘ungüento’ de LA Organic para aliviar mis dolores, porque es mucho más inteligente usarlo para aromatizar la triste vida de muchas de las lechugas que caen por nuestras cocinas. Un lujo gastronómico que demuestra como las grandes esencias siempre se guardan en frascos pequeños.

Los vinagres balsámicos de manzana y Módena son dos productos que deberían ser tratados como perfumes. Su presentación, en envases diseñados por Phillipe Starck, ya los convierte en un obscuro objeto de deseo para cualquiera que esté harto de esas masas densas que algunos llaman aceto.

El balsámico de manzana es un producto perfecto para acompañar algunos postres, costumbre que se ha ido perdiendo en los últimos años. Su delicado sabor agridulce y su fondo afrutado lo convierten, además, en un producto perfecto para vinagretas y aliños: una joya que siempre podemos afinar con delicadas hierbas aromáticas.

Si nos gustan los aromas intensos, hay que optar por el aceto de Módena. Este producto se obtiene de cocer lentamente el mosto de uva y madurarlo a través de una lenta acetificación; es el resultado de una fermentación natural y progresiva concentración. Un lujazo para cualquier cocina…

Poco le gustan a este producto los rigores del frigorífico o las largas estancias al sol. Su potente capacidad aromática lo convierte en un lujo para cualquier cocina. La botella de 125 centilitros cuesta unos 12 euros.


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