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Escandinavia, la especialista en consortes plebeyos

Se ha escrito mucho de las nuevas reinas o herederas de las monarquías europeas. Las llaman cenicientas del siglo XXI pero antes que ellas están algunas de las reinas consortes y madres de díscolos herederos. Ellas supieron hacerse hueco en el corazón de los que fueron príncipes y hoy son reyes.

Algunos se echaron las manos a la cabeza cuando se anunció el compromiso del Haakon de Noruega con una joven de gran afición a la noche, madre soltera y sin oficio ni beneficio. O cuando el entrenador personal se ligó a Victoria de Suecia entre sentadilla y sentadilla. En Holanda tampoco vieron muy bien cuando el que hoy es su rey se empeñó en casarse con la hija de uno de los mandamases de la dictadura argentina. Sin olvidar a Federico de Dinamarca recibiendo entre lágrimas en la catedral de Copenhague a su novia abogada pero de las Antípodas – aunque mucho más recatada que la ex novia modelo y cantante de rock tuvo sus detractores-. Y cómo no, nuestro Borbón casado con la pizpireta periodista divorciada que poca gracia hacía cuando era princesa y que tanto gusta ahora que es toda una it queen.

Pero ellos no fueron los primeros en pasar por el que debe ser el momento más estresante de la vida de un heredero al trono -porque poca ansiedad les debe de provocar el pago de la hipoteca, el llegar a fin de mes o encontrar trabajo-. El temido momento en el que presentaron a los padres al amor de sus vidas y dijeron eso de “Papá, mamá te presento a mi novia”.

La ventaja septentrional

Aunque algunos digan que es un tópico, los países del norte nos llevan ventaja en casi todo -por no decir en todo- y en lo de consortes por amor no iba a ser menos.  Bien es sabido que Mette-Marit fue la más “rebelde” de las aspirantes a princesa pero también una de las mejor aceptadas por los noruegos, muy dados a las segundas oportunidades y a la valoración de la superación personal. Ella supo pasar de chica de la noche a princesa-modelo y de ahí a nueva rica. Sin embargo, ella no fue la primera plebeya consorte nórdica.

Ante el temor que el primero de los herederos nacidos en Noruega como reino independiente renunciara al trono, Olaf aceptó el matrimonio de Harald y Marta.

La propia y hoy reina Marta tuvo que pasar de las suyas para casarse con Harald,  salvando las diferencias con su nuera. Marta era una niña bien, de familia rica y burguesa, pero eso no fue suficiente para que su suegro, el rey Olaf, la viera apropiada para casarse con el príncipe heredero. Se dice que mantuvieron en secreto su noviazgo durante 10 años. Y que la familia de ella la mandó a estudiar cosas de señoritas a una escuela en Suiza. Pero la distancia no fue el olvido y cuando ella cayó enferma de amor, su príncipe Harald fue a buscarla y volvieron juntos a Oslo. Y ante el temor que el primero de los herederos nacidos en Noruega como reino independiente renunciara al trono, Olaf dio su brazo a torcer. Como resultado de su amor nacieron Marta Luisa, que dice que ve ángeles y va a programas de televisión donde se deja entrevistar por el equivalente de nuestra Ana Rosa, y el heredero Haakon, que se dedica más a tocar la guitarra con su grupo de rock que a los menesteres reales.

Suecia y Dinamarca: dos estilos diferentes

Mucho más mundana es la historia de Carlos Gustavo y Silvia de Suecia. La risueña Silvia era una joven azafata de vuelo alemana que encandiló a Carlos Gustavo. Lo tuvieron más fácil porque cuando se casó con Silvia él ya era rey y no tuvo que pedir la aprobación de un padre carca. En su caso, de su abuelo. Del que heredó la corona sueca. Y poca resistencia encontró en el Parlamento al ser un rey que tiene más responsabilidad en su papel como jefe honorario del Grupo Nacional Scout de Suecia que como monarca, ya que su función es casi meramente protocolaria. Aunque el amor debió de durar poco entre el rey y la azafata, ya que, es bien sabido por sus súbditos la afición del monarca a las señoritas de compañía y bailarinas exóticas -gusto que ha heredado su hijo- y por lo que más de una vez ha tenido que decir algo parecido al “ Me he equivocado. No lo volveré a hacer” de Juan Carlos I.

Margarita de Dinamarca y su consorte son los más arty de los reyes escandinavos.

Menos gracia tiene la historia de Margarita de Dinamarca y su consorte. La reina está casada con Enrique, del que allá por los 60 decían que era un diplomático francés con título nobiliario pero con muy poco cash y venido a poeta. Es verdad que poca chicha se puede sacar de ellos pero sin duda son los más arty de los reyes escandinavos. Ella, reconocida pintora y ilustradora. Él, poeta y compositor de música. Además hacen gala de eso de “juntos pero no revueltos” y cada uno vive en un palacio diferente y dedicados a sus cosas de reyes.

Sólo cabe preguntarse cómo hubiera sido la cosa si Juan Carlos, por aquel entonces conocido como Juanito, se hubiera empeñado en casarse con María Gabriela de Saboya o con la condesa Olghina di Robilant por amor. Tal vez ahora no podríamos repetir una y otra vez las fabulosas leyendas negras del misterioso motorista que se para a ayudar en un accidente de moto a altas horas de la mañana. O comentar las historias de cama con vedettes de regio apellido, de posibles hijos bastardos o las rupturas de cadera con alguna que otra “entrañable amiga”. 


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