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¿Por qué ya nadie quiere a Belén Esteban?

La que fuera la princesa del pueblo, la que firmaba sartenes con su cara, la que estrenaba documentales con alfombra roja, la que se paseaba por los platós ganando millones, la de Paracuellos, la de San Blas, Belén Esteban, ya no interesa a nadie. Desde hace meses hemos podido comprobar como su estrella se iba apagando. Hoy les contamos el porqué.

Parecía que este día nunca iba a llegar. Belén Estaban no interesa. Hay quien pueda pensar que nunca ha interesado, pero eso sería negar la realidad. Desde que Jesulín de Ubrique presentara en sociedad a su novia Belén, una chica sencilla, trabajadora, de extrarradio y que soñaba con formar una familia con el diestro, no ha pasado una semana sin que generara noticias. Desde la comodidad del sofá hemos asistido a su llegada a Ambiciones, a su embarazo, a las broncas con la familia del torero, a su expulsión de la familia y a la eterna enemistad con su némesis, María José Campanario. Casi quince años televisados, de exclusiva en exclusiva, de plató en plató, que transformaron a aquella joven tímida en un monstruo mediático capaz de todo. El fenómeno Esteban traspasó fronteras y se estudió en otros países. Y es que no es para menos. ¿Cómo consigue una chica sin estudios y sin demasiada educación convertirse en un ídolo de masas?

Desde entonces, los belenazos han sido constantes. Cada vez que la Esteban aparecía en televisión, se rompían los audímetros. El drama de su segunda boda, con el vestido de boda que ninguna marca quería confeccionarle y la intervención de Ana Rosa Quintana, la comunión de Andreíta, los desencuentros con Jesulín, las idas y venidas con Fran -su segundo marido hasta la fecha- la reconstrucción total de su cara, las campanadas de fin de año y hasta un documental sobre su propia vida. Todo lo que Belén tocaba se convertía en oro. Incluso consiguió paliar el desastre del programa ¡Más que baile!, concurso que ganó pese a tener las mismas habilidades físicas que una tabla de planchar. El público quería más Belén y ella lo sabía. Abandonó a Ana Rosa con cajas destempladas y apareció reconvertida en copresentadora de Sálvame, un título a la medida de la estrella del canal, pero que aparte de un buen sueldo, no implicaba nada.

La Esteban presumía de no acudir nunca a las reuniones, de no seguir el guión y de coger el bolso para irse a su casa cuando le daba la gana, y todo el mundo tragaba con ello. Desde el presentador, Jorge Javier Vázquez, que hacía todo lo posible para calmar el temperamento de la colaboradora, hasta sus compañeros, que se mordían la lengua ya que sabían que era la niña mimada del canal y no se la podía tocar. Pero al final, todo cansa. El pleno ataque de ira decidió abandonar Sálvame durante unos meses para tranquilizarse, olvidarse de la televisión y tratar de recuperar su vida. El programa, evidentemente, aceptó, ya que sabían que la vuelta de Belén siempre despierta interés y buenos datos de audiencia. El problema es que la Belén que regresó era todavía peor que la que se había marchado. Irascible, altiva y soberbia, su vuelta duró pocas horas. Estaba claro que Belén iba en caída libre.

Un personaje en declive

Telecinco, la productora del programa y las revistas del corazón hicieron pacto de silencio, en respeto a la rubia que más dinero les había hecho ganar en los últimos años. Belén se refugiaba en Benidorm y se alejaba de la prensa. Engordó 18 kilos, se puso en manos de un psiquiatra, se divorció de su marido y empezó una nueva vida. A la Esteban solo le quedaba un cartucho por quemar y lo hizo en octubre de 2013. Con muchos silencios, resolvió el misterio de su nariz menguante. De un plumazo, dio la razón a todos los que habían estado especulando durante años. Declaró que estaba “limpia por dentro y por fuera”, enseñó unos análisis y aseguró estar tranquila y dispuesta a empezar una nueva vida. El problema es que esta nueva vida no interesa.

Belén Esteban no tiene nada que aportar más allá de ella misma. Sus enfados, sus gritos, su forma de dirigirse a la cámara, ese personaje enfadado con el mundo que se ha ido creando es lo que el público quiere ver. Para pasar la tarde sentada en una silla, negándose a opinar sobre cualquier cosa que le toque de cerca ya tenemos a Karmele Marchante. Ya sabemos que Jesulín no va a ver a su hija, que la Campanario la odia y que toda la familia del torero no le dirige la palabra, pero, ¿y qué más? Durante los últimos meses, la ‘autenticidad’ de Belén se ha visto eclipsada por la de su compañera Rosa Benito, o incluso por la de Raquel Bollo. El trono de  princesa del pueblo cada vez se tambalea más.

La televisión está plagada de eso que la gente se empeña en llamar juguetes rotos, que no son más que personajes que un día son noticia y al otro están en su casa esperando a que alguien les llame. Famosos que han tratado de avivar el fuego, hasta que, al final, las llamas han terminado enfriándose de forma irreversible -¿quién se acuerda ahora de Belinda Washington y Chapis?-. Reyes de la televisión que desaparecieron sin dejar rastro. Pero había una excepción que confirmaba la regla, un huracán que parecía que nunca iba a terminar, la persona más famosa de España, Belén Esteban. Pero si la Esteban ya no ofrece el juego de la Esteban, ¿de qué va a vivir? ¿Tendremos que esperar hasta que Andreíta sea mayor de edad? ¿Se reconciliará con Jesulín? ¿Cuál será el próximo movimiento de la de San Blás? Seguro que en Telecinco ya están buscando la respuesta.


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